danie
solo un pensamiento...
Y acaricio la noche pero no me alcanza
si tu ajustado sostén estrangula uno de mis testículos.
Son poses extrañas pero encantadoras
“olvidadas las tenía”,
plagiamos al kamasutra
en nuestro enfermo insomnio
e izamos la bandera de nuestro patriotismo en alto.
Que se entienda, no hablo de banderas de países,
para nosotros el mejor símbolo de patria,
el único que vale la pena,
es tu brasier colgando del mástil.
Entre besos semi-amargos mezclados
con peperina, cedrón, yerba mate y más yuyos
(nos falta alguno afrodisiaco,
el jengibre es bueno pero pica como el demonio)
nos duchamos, nuestro rito sagrado, con la necesidad imperiosa
de penetrarnos uno al otro.
Como animales sedientos que somos (siempre hay sed)
nos bebemos sudor a sudor, lágrima a lágrima, semen a orina
y como cauce de este incansable río
erosionamos hasta las pieles más ásperas
y finalmente morimos.
Sí, no hay nada de malo en morir;
muchas neuronas, espermatozoides y borrachos
se cagan muriendo al día, más los estúpidos ebrios
atropellados por algún colectivero que llega tarde a su turno.
Y, por otro lado,
hay formas y formas de perecer y
hasta los más escépticos a veces resucitan.
Pero ya hartamos bastante con la descripción
de una simple garchada o cómo morir/resucitar
(es que después de leer todo esto
hasta dan ganas que desfallezca de verdad,
y lo más patético para los pobres lectores
es que la agonía recién empieza)
entonces nos vestimos y nos fuimos para la marcha LGBT.
Resulta que tengo un par de amigas tortilleras
que no veía de hace años, pasan buena música
y se ven buenos culos. Mucho más no sé puede pedir.
Encontrar algo bueno es tan complicado
como que resucite una rosa
debajo de una avalancha por la nevisca
en la Cordillera de los Andes.
Y por eso mismo, la exigencia
es una puta cara e inaccesible
que hay que dejar semi-desnuda
y atada, bien relegadita, en el clóset.
Volviendo a lo de la marcha LGBT,
ahí, realmente se pueden ver muchas cosas.
Desde la luna con Rush y lentejuelas,
una ballena flácida con colaless,
y ni hablar de los kilos de silicona amorfa
menando la rima de un reguetón.
Ahí está “Cachito” la del barrio,
con unos pelos de dos centímetros de largo en las gambas
que sobrepasa sus medias de lycra, zarandeando el culo en un dos
por cuatro, moderno, actual… bien a la moda.
Pero no importa tanto lo que los ojos ven,
lo que importa es la diversidad y lo que tus oídos oyen
y, claro, la revolución poética
con todos sus diferentes matices. Y más hoy
que es símbolo de la cultura y del arte.
Es que les confieso que el rojo carmesí es realmente hermoso
pero mejor es el arcoíris
pintado en el cuerpo desnudo de unas feministas bisexuales
como formando una pancarta de dos cuadras de largo.
Eso transmite paz y, claro, también guerra
en la cremallera de tu pantalón.
Y como, mi amiga, Martha fiel a su sindicato de camioneros
“no faltaría nunca que a una marcha de Hugo Moyano no asistiera”
me demuestra una vez más que a la vida
no siempre hay que tomarla por la fuerza.
Sí, a esa puta vida habría que violarla y pasarla por las armas
“cosa que tome algo de su propia medicina”
pero también
invitarla a una cena romántica bajo la luz de las velas
y platicarle al oído de forma suave y pacífica
las notas en diapasón de un tema de Fito.
El tema es escribir poesía
o escribir a lo hijo de puta me dice Martha
haciendo énfasis en los reguetoneros de la corriente kirchnerista
y recalca
o vives o simplemente eres un hijo de puta más.
—¿Y quién dice que las filántropos
no pueden ser también camioneras tortilleras? —
Finalmente, cae el sol y sentados en el borde de la acera,
los tres, Martha, tú y yo,
bebemos Fernet de una botella de Coca Cola cortada a la mitad
“el chupi pase” y yo, desde entonces opto por quedarme ahí…
con mi viejo rock “anticuado y obsoleto”
Me quedé/ me quedo hasta ahora, en ese momento,
prendido a tu cuello como bufanda haraposa,
buscando tu perfume,
describiéndote en esa acera de la calle,
guitarreando en mis memorias el fantasma de mi adolescencia,
acariciando a la noche
como una endiablada cerveza bien helada
y, tal vez, soñando un poco más que aún,
a pesar de todo, estamos en los dorados 90.
si tu ajustado sostén estrangula uno de mis testículos.
Son poses extrañas pero encantadoras
“olvidadas las tenía”,
plagiamos al kamasutra
en nuestro enfermo insomnio
e izamos la bandera de nuestro patriotismo en alto.
Que se entienda, no hablo de banderas de países,
para nosotros el mejor símbolo de patria,
el único que vale la pena,
es tu brasier colgando del mástil.
Entre besos semi-amargos mezclados
con peperina, cedrón, yerba mate y más yuyos
(nos falta alguno afrodisiaco,
el jengibre es bueno pero pica como el demonio)
nos duchamos, nuestro rito sagrado, con la necesidad imperiosa
de penetrarnos uno al otro.
Como animales sedientos que somos (siempre hay sed)
nos bebemos sudor a sudor, lágrima a lágrima, semen a orina
y como cauce de este incansable río
erosionamos hasta las pieles más ásperas
y finalmente morimos.
Sí, no hay nada de malo en morir;
muchas neuronas, espermatozoides y borrachos
se cagan muriendo al día, más los estúpidos ebrios
atropellados por algún colectivero que llega tarde a su turno.
Y, por otro lado,
hay formas y formas de perecer y
hasta los más escépticos a veces resucitan.
Pero ya hartamos bastante con la descripción
de una simple garchada o cómo morir/resucitar
(es que después de leer todo esto
hasta dan ganas que desfallezca de verdad,
y lo más patético para los pobres lectores
es que la agonía recién empieza)
entonces nos vestimos y nos fuimos para la marcha LGBT.
Resulta que tengo un par de amigas tortilleras
que no veía de hace años, pasan buena música
y se ven buenos culos. Mucho más no sé puede pedir.
Encontrar algo bueno es tan complicado
como que resucite una rosa
debajo de una avalancha por la nevisca
en la Cordillera de los Andes.
Y por eso mismo, la exigencia
es una puta cara e inaccesible
que hay que dejar semi-desnuda
y atada, bien relegadita, en el clóset.
Volviendo a lo de la marcha LGBT,
ahí, realmente se pueden ver muchas cosas.
Desde la luna con Rush y lentejuelas,
una ballena flácida con colaless,
y ni hablar de los kilos de silicona amorfa
menando la rima de un reguetón.
Ahí está “Cachito” la del barrio,
con unos pelos de dos centímetros de largo en las gambas
que sobrepasa sus medias de lycra, zarandeando el culo en un dos
por cuatro, moderno, actual… bien a la moda.
Pero no importa tanto lo que los ojos ven,
lo que importa es la diversidad y lo que tus oídos oyen
y, claro, la revolución poética
con todos sus diferentes matices. Y más hoy
que es símbolo de la cultura y del arte.
Es que les confieso que el rojo carmesí es realmente hermoso
pero mejor es el arcoíris
pintado en el cuerpo desnudo de unas feministas bisexuales
como formando una pancarta de dos cuadras de largo.
Eso transmite paz y, claro, también guerra
en la cremallera de tu pantalón.
Y como, mi amiga, Martha fiel a su sindicato de camioneros
“no faltaría nunca que a una marcha de Hugo Moyano no asistiera”
me demuestra una vez más que a la vida
no siempre hay que tomarla por la fuerza.
Sí, a esa puta vida habría que violarla y pasarla por las armas
“cosa que tome algo de su propia medicina”
pero también
invitarla a una cena romántica bajo la luz de las velas
y platicarle al oído de forma suave y pacífica
las notas en diapasón de un tema de Fito.
El tema es escribir poesía
o escribir a lo hijo de puta me dice Martha
haciendo énfasis en los reguetoneros de la corriente kirchnerista
y recalca
o vives o simplemente eres un hijo de puta más.
—¿Y quién dice que las filántropos
no pueden ser también camioneras tortilleras? —
Finalmente, cae el sol y sentados en el borde de la acera,
los tres, Martha, tú y yo,
bebemos Fernet de una botella de Coca Cola cortada a la mitad
“el chupi pase” y yo, desde entonces opto por quedarme ahí…
con mi viejo rock “anticuado y obsoleto”
Me quedé/ me quedo hasta ahora, en ese momento,
prendido a tu cuello como bufanda haraposa,
buscando tu perfume,
describiéndote en esa acera de la calle,
guitarreando en mis memorias el fantasma de mi adolescencia,
acariciando a la noche
como una endiablada cerveza bien helada
y, tal vez, soñando un poco más que aún,
a pesar de todo, estamos en los dorados 90.
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