Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Te asomas al balcón y los remolinos de la tarde
se asoman al brocal de tus pestañas.
Te miro detrás con el presentimiento
de que saltarás por la ventana o la ventana saltará de ti.
Pero estás quieta, mirando sobre los tejados
como si hubieras perdido un barco en el cielo, o el cielo.
No vas a ningún lado, pero inmóvil llegas más lejos.
Escucho los cristales reventarse contra el asfalto
seis pisos debajo de tus ojos: tu silencio atropellado
se revuelve con la prisa de la ciudad
por huir hacia la noche y abrazar a su fantasma.
Pienso en tus fantasmas, los siento sobre tus hombros.
Te estremeces como si escucharas
un murmullo agazapado y distante,
de escrutador y de cuchillo, de veinte años de sueños
y pescado en la heladera.
El sol de las seis arroja un cerillo a las cortinas;
el aire se incendia de tu pelo
y un brazo del crepúsculo se adueña de tu talle
como te fuera a cicatrizar entre mis párpados.
Otra vez me invade la necesidad de conjurar una caída
hacia la oscuridad del tiempo: la mía.
Me detengo en tu espalda, planto mi boca en tu cuello
y mi voz en la raíz de tu oreja: ¿El martes de nuevo?
Tu mano detiene la intención de cuenco de mi mano
y vierte su ascendencia sobre la estación de tu pecho.
Tu corazón es una tórtola convertida en nido
y nuestros ojos alcanzan asiento en la última nube del día.
El horizonte también nos está mirando.
se asoman al brocal de tus pestañas.
Te miro detrás con el presentimiento
de que saltarás por la ventana o la ventana saltará de ti.
Pero estás quieta, mirando sobre los tejados
como si hubieras perdido un barco en el cielo, o el cielo.
No vas a ningún lado, pero inmóvil llegas más lejos.
Escucho los cristales reventarse contra el asfalto
seis pisos debajo de tus ojos: tu silencio atropellado
se revuelve con la prisa de la ciudad
por huir hacia la noche y abrazar a su fantasma.
Pienso en tus fantasmas, los siento sobre tus hombros.
Te estremeces como si escucharas
un murmullo agazapado y distante,
de escrutador y de cuchillo, de veinte años de sueños
y pescado en la heladera.
El sol de las seis arroja un cerillo a las cortinas;
el aire se incendia de tu pelo
y un brazo del crepúsculo se adueña de tu talle
como te fuera a cicatrizar entre mis párpados.
Otra vez me invade la necesidad de conjurar una caída
hacia la oscuridad del tiempo: la mía.
Me detengo en tu espalda, planto mi boca en tu cuello
y mi voz en la raíz de tu oreja: ¿El martes de nuevo?
Tu mano detiene la intención de cuenco de mi mano
y vierte su ascendencia sobre la estación de tu pecho.
Tu corazón es una tórtola convertida en nido
y nuestros ojos alcanzan asiento en la última nube del día.
El horizonte también nos está mirando.
09 de enero de 2025