Yo, la delincuente
En la primera recogida de cañas, las caras se olían de lejos. Cuanto antes se hace antes se acaba, ¿no? ¿No trabajábamos por un salario? ¿No teníamos un horario común? Lo único que nos restaba méritos era el uniforme. Pero el concepto de echarnos una mano ya daba mal olor. Ahora, en la semana de camiones, cada vez que se unían a nosotros por la acumulación de poda, el segundo grupo se asentaban en que nos venían a ayudar. ¿De quién fue la gran idea? La rivalidad entre los dos equipos era más que palpable. Ir al lugar de recogidas para trabajar conjuntamente era como si nos hicieran un favor. De qué. ¿Por dónde? Como si yo, por sus faltas de asistencias, no hubiese trabajado con ellos. Que si estuvieran solos metían las cañas de una en una en el camión. Alargando la jornada toda la semana.
En la incómoda recogida de las cañas, los expertos de boquilla ponían su empeño en cómo se debía de hacer. Entre las discordias del momento las verborreas estaban de más. Les costaba arrancar, claro. En los inconvenientes de la labor, mientras hacía equilibrios por no caer me agachaba e iba retirando algunas cañas que caían a nuestros pies, las que se iban de los brazos antes de entrar en la caja del camión. Que en sus tubulares formas me hacían resbalar. Pero Valentín se quejó de mí, que no a mí. Diciendo al resto de la cuadrilla que yo no tenía por qué recoger las cañas del suelo, que debía dejarlas para el final. Hecho que hacía por necesidad, no por otro motivo, por el peligro que veía si se acumulaban en demasía. Pero Narco, que estaba en la caja del camión, secundó a Valentín, acusándome de estar siempre en medio. Como el jueves, me afirmé. Muy original por su parte. Sumándose Ángel al jolgorio. Lloviéndome a tres bandas las críticas. Y alguna que otra voz más; reiteraciones propias del capataz. Sin cambiar lo más mínimo las frases que me dedicaba. Parafraseando sus burlas. Vamos, solo les faltó levantar sus manos en posición de juramento: Palabra de Malababa.
¡Cansinos!, los espeté. Y continué, ahora resulta que me pueden hacerme daño, Ya me cuido muy mucho de que eso no suceda. ¿No está a la vista? Sin contenerme. Porque después de ir en mi contra, Valentín intentó dulcificarlo indicando que era por mi bien. Que me podrían herir. Que aún escuche entre en sus burlas con el consabido interrogante: ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¡La mugre!, respondí en alto; sin que me preguntasen, claro. A fin de cuentas, como si no nos lo dijera el propio abecedario, ¿No está la eme antes que narices? Debe ser así, ya que cuando nos interesa somos todos del mismo saco. Que lo somos. ¿La locura individual nos define? ¿La que nos motiva? ¿Nos hacemos a nosotros mismos?
Al día siguiente, en el punto de encuentro Valentín intenta volver a lo mismo. Gusto que no le iba dar, por supuesto. Aunque no sea de mucho cumplir en cuestiones del lenguaje. La verdad, no sé por qué me extrañaba oír que compraban y vendían en chatarras. Será que los descuidos se prestan por sí solos o están para hacerse cumplir. Y es que no hay hechos sin que un capellán esté para verlos. —¿No es así?—. Eran capaces de hipotecarse por el hecho de salirse con la suya, ¿con la razón por delante? Con los días me enteré de que Valentín buscaba dañarse, es decir, accidentarse con las cañas. Vamos, que fui el obstáculo de quedar ileso. ¿Por que no lo dijo? Por cobarde. Con lo fácil que hubiera sido dañarse. Como que Valentín, Tuco y Narco, los tres hombres del segundo grupo, buscaban provocarse un accidente laboral. Como para no dormir.
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