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Blogs — Mundo Poesía

miguegarza miguegarza · · 0 comentarios · ♥ 1
Linda tarde, compañeros de viaje.
Comparto de nuevo mis sonetos alojados en este magnánimo portal.
Con cariño: Miguel

Para otra musa
En el íntimo reino del delirio
nada impide tomarme por monarca,
puedo sentirme un Lope o un Petrarca
e igualar tu fulgor con el de Sirio.

Puedo encenderte, como a Laura, un cirio
y portarlo en la proa de mi barca.
Como Isabel, llevar tu eterna marca
que condense mi gloria y mi martirio.

Me puedo imaginar que eres Violante
pidiendo que te escriba cien sonetos,
o puedo suponer que desafiante

Cual Lisi, amor, me pones en aprietos
o hacerme la ilusión de ser feliz
dedicando mis versos a Beatriz.
frank_calle frank_calle · · 0 comentarios · ♥ 0
En la lucha cotidiana de existencia,
intentando aceptar mi circunstancia,
sin ceder a los embates del destino,
es imposible aceptar lo que nos ata,
si queremos mantener nuestro camino.

Ser poeta implica compromisos,
no son simples amores que nos llaman,
ni un modernismo de palomas que no vuelan,
porque van en dirección equivocada:
no son días para poesías perfumadas.

Dice el refrán que vendrán tiempos mejores,
y volverán al nido los amores,
y saldrán las flores a los jardines,
en poemas que suspiran en silencio,
y palomas que riman las palabras...

Yo me niego a vivir ese destino,
aunque tenga que aceptar mi circunstancia,
de ser poeta de un tiempo indefinido,
que te impide soñar con tu destino,
si tu pluma no escribe tus palabras...

Frank Calle (12/ oct/ 2026)
Zulma Martínez Zulma Martínez · · 0 comentarios · ♥ 1
Asusta el silencio, soberano
entre paredes blancas; estático espectro
usurpador de los poros de desprevenida piel.
Candado que cierra gargantas mudas de espanto.
Autómata de rostro de hielo y manos de arena,
deja escapar, en oleadas, los recuerdos.
Lo espían los inviernos a través de los cristales
y las primaveras preservan a los pájaros
cuando abren, con sus cánticos, las madrugadas.

Rey de amargo rictus que pretende el mundo.

El xilofón de la lluvia lo derrotará con su embrujo
y el fuego, vencedor de tantos fríos, sonrojará
con su cortejo a las paredes blancas.
Katia N. Barillas Katia N. Barillas en EfÍmera ilusión · · 0 comentarios · ♥ 0
Hola, amigos, seguidores, colegas.

A continuación les dejo la secuencia de fotos relacionadas con mi colaboración al "Volumen 15" de la Revista Digital "Libertad Poética Femenina" de Colombia con motivo de su III Aniversario en internet.

Mi agradecimiento a la escritora, poeta y compositora colombiana, Lucero Jordán Molina, fundadora y directora de este magacín virtual.
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Seguimos en contacto. Gracias por su atención. Bendiciones y saludos a todos.
Robsalz Robsalz · · 0 comentarios · ♥ 0
Deborah estaba en el sillón, con el teléfono en la mano, escribiendo a máxima velocidad, si fuese secretaria podría escribir hasta quinientas palabras por minuto con la devoción que tenía. Acostada con las piernas cruzadas, mientras que yo trataba de inventar algo para la cena. La carne totalmente congelada, porque nadie había tenido la gentileza de ponerla a descongelar durante el día. Yo con las uñas recién pintadas, era imposible preparar algo para cenar antes de las ocho, hora que yo tenía como límite, porque no como nada luego de esa hora para que el cuerpo pueda digerir con tranquilidad y la comida no encuentre habitaciones disponibles en mi cuerpo. Entonces seguí el camino que tomaba siempre que lo necesitaba, una torta de huevos y dos trozos de jamón para cada uno, acompañados de una limonada.

- Mamá, no ¿en serio? – Deborah estaba junto a mí observando con cara de agonía aquellas tortas de huevo – otra vez no.

- Y se va a poner peor, te lo advierto.

- ¿Peor que esto?

- Sí.

- Ocupo terminar de crecer, sabes.

- Pues sí, pero si me ayudaran a hacer las cosas. Si, por ejemplo, tú no tardaras cinco horas con el teléfono o tu hermano no pasara toda la tarde con sus videojuegos.

- Y ¿por qué dices que se va a poner peor?

- Mañana empiezo a trabajar. Me llamaron de la floristería y vuelvo a trabajar ahí.

- Y ¿quién hará la comida?

Eso era yo para mis hijos, una criada que lavaba la ropa, que además planchaba, cocinaba y aseaba la casa sin derecho a cobrar. Ya había trabajado en la floristería anteriormente, la verdad es que el trabajo se me daba bien y el turno que me habían ofrecido tenía buen horario, trabajaría de ocho a tres, con tiempo suficiente para mis cosas. Los hombres de la casa tampoco estaban enterados, lo supieron esa noche, luego del jamón y los huevos.

- Dinero es dinero – así dejó Alejandro claro, que estaba de acuerdo con que volviera a trabajar, le hice una cara de asombro, ante el ánimo tan descomunal que mostraba por aquello. Luego se fue a la sala, encendió la televisión y se puso a observar un partido de fútbol que por la claridad del día no era de aquí.

- Recuerda – le dije a Deborah – no busques un hombre que cubra tus necesidades como mujer, no lo vas a encontrar.

- Y ¿yo? – dijo Gabriel, que estaba jugando con una de las rebanadas de jamón – imagino que tampoco me ves cumpliendo las expectativas.

Miré a Alejandro, ido en aquel partido, luego lo miré a él. Quizás el problema en sí no era que Gabriel fuese hombre, bueno, ese era un problema. Pero el problema más grave es que no tenía el mejor ejemplo a seguir.

- Hablaremos cuando tengas novia ¿te parece? – no pareció muy convencido y entonces se levantó, fue donde estaba Alejandro, se sentó con él y ambos se quedaron dormidos mirando el juego.

Deborah recibió una videollamada de una de sus amigas para invitarla a una fiesta y yo busqué ropa para mi primer día de trabajo. El amanecer encontró a Alejandro con dolor de espalda por dormir en el sillón, a Gabriel con la cabeza en los regazos del papá, al televisor encendido con un programa de aeróbicos, a Deborah bailando sin música en la puerta de su habitación y a mí arreglándome las cejas para ir a trabajar. Ojalá los hombres cumplieran las expectativas que las mujeres tenemos sobre ellos, pero esas cosas, pasan muy rara vez.
Robsalz Robsalz · · 0 comentarios · ♥ 0
- ¿Qué? ¿Qué pasó con Gabriel?

- Lo que tenía que pasar – le dije tranquilamente a Cristina – va camino al quirófano.

- ¡Qué terrible! – sacó algunos polvos de maquillaje y comenzó a pasarlos por su rostro – nunca se sabe cuándo te tocará la suerte de un doctor guapo - yo aproveché para hacer lo mismo, no por romance, si no, porque una mujer debe andar siempre hermosa.

- ¡Chicas! – era Angélica - ¿qué diablos están haciendo aquí?

Así comencé a contarle los detalles de aquel día que nos habían llevado a Cristina y a mí a estar en licras en el hospital. Pero aquello no era todo, resulta que a la mamá de Angélica le iban a practicar una ureteroscopia para despedazarle las piedras mediante láser, había un espacio y dado que las piedras estaban avanzadas, el médico procedió de una vez.

- Esto es trágico – comentó Angélica – dos tragedias en medio de nosotras – Cristina y yo asentimos con la cabeza mientras mirábamos al techo.

Entonces las tres encontramos una manera de pasar aquellos ratos tan amargos, Cristina sacó un papel doblado que llevaba en el bolso, yo saqué un lapicero y comenzamos a contar la cantidad de doctores que se ajustaban a nuestros gustos femeninos. Los primeros tres que pasaron frente a nosotras, ni siquiera entraron en la lista de reemplazos. El primero era un anciano que seguramente estaba allí terminando de pagar los estudios de algún nieto, porque hace muchos años que tuvo que cobrar la pensión. El segundo era un caballero de pobre andadura que aparentaba llevar consigo el espíritu de la pereza. El tercero podría haber sido la inspiración para que Carlo Collodi hubiese inventado la historia de Pinocho.

- ¡Gloria a Dios! – y acto seguido arqueó la cabeza. Las dos seguimos la mirada de Cristina y confirmamos sus palabras. Aquel doctor hubiese servido para que las tres nos sintiéramos mujeres – eso es lo que ocupo para terminar de consumar el divorcio, un revolcón con un hombre así.

- Pásamelo cuando termines – añadió Angélica – yo lo puedo ayudar en lo que quiera.

Y en eso, en medio de la puerta, apareció Alejandro, con las manos metidas en los bolsillos, la camisa por fuera del pantalón y una barba mal rasurada. Se acercó donde estábamos no sin antes rodear con la mirada a una de las enfermeras cuya tanga se hacía notar en su trasero.

- Señoras – y buscó silla junto a nosotras. Así se acabó el juego que llevábamos con papel y lapicero. Entonces, Cristina me metió un pellizco en la pierna, frente a nosotras estaba un dios pelirrojo, de unos veintiséis o veintiocho años, preguntando por la mamá de Gabriel, yo me pasé la mano por el cabello, di un salto y me reporté con él.

Todo había salido bien, el ángel, digo, el doctor había sido quien operó a Gabriel y durante las próximas dos semanas yo debía fungir como enfermera, quizás menos tiempo, pero eso era relativo. A Angélica le tocó el mismo empleo, su mamá salió sin mayor problema. Camino a la casa le hice notar a Alejandro la manera estúpida en que las tres lo habíamos agarrado mirándole el trasero a aquella enfermera que con seguridad no pasaba de los veinticinco, una chiquilla para alguien como él. Lo peor, porque había cosas que empeoraban aquello, como si él no tuviera mujer en casa, como si yo, no estuviera en mis mejores años. Todos los hombres no son iguales, eso lo habíamos constatado en el hospital, hay hombres de hombres y existen mujeres que, como yo, debemos observar a nuestros esposos haciendo el ridículo frente a nuestras amigas.
bristy bristy · · 4 comentarios · ♥ 3
Esa última marea ha encontrado un esplendor mas fino
que los ojos llameantes y el rojo apasionado de los rubores,
que enmarcaban hermosamente la necesidad elegida de
las prendas infantiles.

Es otoño, el deseo de sus bocas se posa resignado y cansado,
a la muerte.
Solo la bondad, persistente en el amor, puede bendecir
incluso al más amargado.

Ahora, en la pura luz de los días dorados, el alma emprende
su larga y empinanda peregrinación hacia la ciudad
alta e inquebrantable del amor.
El pecado y el remordimiento se fundan en un relato nebuloso.
Pero se declara como la luz matutina de lo divino, y silenciosa
como la paz ciega de la tarde.
Robsalz Robsalz · · 2 comentarios · ♥ 1
- Amor, acuérdate que hay que ir a comprar algo de carne, porque si no, no comemos en la noche.

- Y ¿qué hago? – le respondí a Alejandro de la manera más amable que pude e hice una mueca al teléfono – no puedo partirme en cinco.

- Yo te digo, porque seguramente llego tarde.

- ¡Entonces que no coman! – y terminé la llamada antes de que pudiera responderme cualquier cosa.

El gimnasio estaba apenas con un par de personas, muy poco movimiento para un viernes en la tarde. Aunque el almuerzo acabara de pasar hacía apenas un rato. Ninguna de las chicas había llegado hoy. Angélica estaba en una cita con su madre, al parecer la señora está padeciendo de piedras en los riñones y están por definir la fecha para operarla. Tampoco ha llegado Cristina, pero ya sabía que no vendría hoy, a esta hora debe estar dando su firma para divorciarse, su marido es uno de esos hombres que no aprovechan la mujer que tienen en la casa y se la pasan jugando de casanova. Terminó enredado con una muchacha de veintidós y resulta que la desgraciada ha quedado embarazada ¡Válgame, Cristo redentor!

- Llegué, tarde, pero llegué – era Cristina, enfundada en una malla roja y quitándose la camiseta gris que llevaba, para quedarse en ropa de gimnasio.

- ¿Qué haces aquí? No esperaba verte, imaginé que estabas firmando.

- Ya fui, pero muérete de la risa – se acercó y nos sentamos en una banca – el muy idiota se puso a llorar porque resulta que abrió los ojos como por arte de magia y se dio cuenta de que el matrimonio es algo importante en su vida.

- ¡Qué imbécil! Y tú ¿qué le dijiste?

- Le pedí la copia del acta al abogado, firmé y me vine.

Nos quedamos hablando todavía unos minutos más y luego comenzamos a ejercitarnos. Llevaríamos cerca de diez minutos cuando el teléfono comenzó a sonar. Era Gabriel, dejé que sonara dos veces más y luego finalicé la llamada. Ocupaba que el sudor comenzara a correr por mi cuerpo, y en eso estaba cuando otra vez, comenzó a sonar el teléfono, esta vez, era Deborah.

- ¿Qué pasa hija?

- Es Gabriel, dice que no se siente bien y que necesita que lo recojan en el colegio.

- ¿Qué tiene?

- Hasta donde sé, dolor de estómago.

Puse el teléfono en altavoz, volví a mis ejercicios y continué con la conversación.

- ¿Qué hago?

- Nada, que pida una pastilla y vuelva a clases, nadie se muere de un dolor de estómago.

- Eso le dije yo.

- Listo, entonces no hay nada más que hablar.

Cristina asintió con la cabeza, los jóvenes de hoy necesitan mano dura al momento de sus estudios. O eso creí, al menos… media hora después recibí una llamada del colegio, habían llamado una ambulancia, Gabriel iba camino al hospital, aparentemente, con apendicitis. En estas fachas me tocaba otra vez salir en carreras, si por un momento se detuvieran a pensar en una, pero no, ahí iba yo con licras provocativas camino a que posiblemente operaran a mi hijo. No gano para lo que me toca correr.
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