• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

Poesía de carácter automático-.

13 entradas
BEN. · · 0 comentarios Poesía cartárquica-. Poesía de carácter automático-.
Sueñen los niños hipócritas

con carnets deficientes de inteligencia,

y se adviertan los náufragos en sus distancias

equivalentes, que tú soñarás

con lo que dios te niega.

Busca en la palabra la tentación profanadora

del aire, embalsama con tu licor de protesta,

la décima parte de una lira ajusticiada en invierno.

Que yo pronunciaré mis lisonjas adquiridas,

las vetustas madres que abolieron todo un sistema.

Sueñen y descansen los hijos terroríficos del hambre,

que tú soñarás con lo que dios te negó en aquellos instantes.

Musicalidad trivial, empecinamiento oscuro, sueño

de reyes vírgenes, en destartalado templo; tu ignorancia

supina maltrata el diccionario y cumple su enemistad.

Palabra de niño hipócrita, de niño serpiente, que se acuesta

a través de la tarde sin la leche materna.

La noche funde el calor sobre tu cuerpo,

en ese momento tu miserable aspecto, exhorta el triunfo

visceral

de la nada en su aposento, ya te lo dijeron, qué

futuro; mas ibas, por aquel entonces, y emulabas rosas sangrantes.



II-.



Empalizadas rotas por el murmullo de la tarde

contrarias costas debilitadas a su sumo sacerdote

reinas de un día acostándose en su matriarcal cenote

habitaban un mundo irreal de día de noche

contenedoras de un depósito cósmico vital

sueñan todavía los hijos del solsticio, primavera

puesta en pie por ladrillos y usureros,

mas te gusta la caricia intermitente de la nada,

su fusil ametrallando puertas evanescentes,

la consagración rebelde de una extinción invalidada,

el sueño que acometen en detrimento cobardes y furcias

de soslayo,

la persiana bajada y el control automático de las emociones,

ese fingimiento y ficción de los números cuando se saltan

los muros de las bibliotecas, asaltando el cielo, con prevención

incurable.

Vuelve a tu puto reino, de escobas y ardientes tizones,

rey de simétrica inseguridad, cómo duermen tus dientes

de tiburón o rosácea carne entre ellos.

Comandas el hálito calcáreo de la saliva impertinente

accediendo del dolor su pestilente caos rojizo

y esas marismas de absorción lenta y patética,

donde se depositan los vellos púbicos de una marea

indigente: mira, tu alma acariciada por susurros y no

por palabras insaciables, actos tras la avenida.

Cristo tiene discípulos, rojos membretes, apneas

y un millón de juguetes para niños hipócritas

que apenas saben mentir de verdad. Tu rosa saciada

castiga los dientes en su territorio invernal, la lasciva

carta emitida por los octogenarios apenas si recibió

respuesta o contestación, el colmo de lo expresado por

hilos de tiniebla. De las noches y playas, de lo lógico

e inexacto, de lo tembloroso como confitura, y el sexo

orinando sobre longevos sillones de cuero embrutecido.

No alcanzan tus monedas, oh Judas tadeo, para admitir

el saldo beneficioso, la contrariedad de tu talento ignorante

de recibos y fraudes; es entonces que el dolor tiene nombre

nombre de lagarto tullido omitiendo el suplicio del sol cenital,

y en los labios, en las avenidas, todavía se calientan

las bujías impenetrables.

©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Los sueños mustios de las vacas

jalonan la biografía de tanto reciente

cadáver, la mordedura de la conciencia

duerme intranquila en su sexo de orquídea

premonitoria.

Difieren de sus estatus de oligarcas

las flores que aumentaron su tamaño de excremento

tras vagabundear por los bordes sin límite

de un universo sin estrellas conjuntivas.

Muero por un cáncer linfático la piedra rota

del calvario insomne o soñoliento, donde el frío

penetra las rocas con sonidos de agua en su interior.

En sus esferas interminables, las tardías olas

rompen contra el muro de los órganos, matizados

por combates de un cuerpo que expropió su lucha.

La piedra inerte, la clemátide insolente, el luchador

cuerpo a cuerpo que inventa su erosión de flores leonadas

y cabelleras cortantes.





©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Hay un movimiento imperceptible,

entre hojarascas y nubess, entre líquenes

y silencios, entre líneas despojadas

de dientes y encías. Una voz alzada

entorno a los pozos subterráneos.

Un puño que yergue su solitario destino

entre metálicas alambradas y sucintas

emanaciones de gas azul. Pueden

quebrar los hilos del silencio: esa multitud

de frágiles pozos subterráneos, donde

circula sola, la voz. Hay un entintado

de sangre, una frecuencia de sonidos

desgastados, una inmensidad de impías

ocasiones derrochadas, entre esta multitud

de convalecencias: alas destronadas, instauraciones

de ídolos y señales, y un apetito de olas

que forman los arenales perdidos.



©
BEN. · · 2 comentarios Poesía de carácter automático-.
Mientras, es poderoso el fósil que acuno en mi recipiente de plástico. Reclino mi ortografía en tu ignorancia, pequeño animal de sonrisa radiante. De huellas y golpes de rocas siempre vivas, que auguraban un futuro mayor que aquel antiguo incidente de momias. Y voy, viendo, viéndote. Te veo cuando recuestas tu mirada en el foso esencial del calor, ese espíritu que todavía te mantiene erguido y sin metralla; reclino mi ignorancia en tus errores sintácticos, estremecido cual hoja de sombra llana. En los lagos de los ojos, imbuido de ciertas caricias, mendicidades o imágenes arcaicas, mi carne vacila y ofrece su espectáculo de luces y calcinaciones fétidas, de aire cálido. Siempre circulante de vías estrechas, quemando, la piel que contiene mi cerebro, el aliento que magnifica la cruz de los delantales opuestos a nuestras energías sintomáticas. Como veo el fondo de tus ojos pálidos; en las cenizas de un cigarro recientemente oscurecido, o en las palmas de las manos que ametrallaron los vehículos espaciales. Tú no verás la luna., ni con ella, los planetas, los astros, o a los atroces mendicantes que piden y exigen a las puertas de los templos. No verás la ciencia entorpecerse y enlodarse de tributos, encadenarse de misterios insípidos y moribundos, en angelical anuencia con los monarcas del siglo.



Veo también a mi carne tropezar, consigo misma tropezarse, inútilmente, casi invisiblemente, desligarse de las leyes corporales, ser toda eremita, apiadarse de cada hijo infecto que cruza las calles con ambiciones de poeta, pidiendo limosna. Veo mi carne fétida colocarse en posición de vestido, de atuendo desolador, de castigo y pijama, de sombría erudición sin planteamiento. Y es hermoso golpear las ramas que descienden de los árboles bajos. Veo mi cuerpo desnudarse, volver a vestirse, causarse en la piel del aire, tomar placebos, sanarse con pastillas y con terapias. Repentinamente, retorno a los rocíos duros de entonces, dentro de los romeros y las manzanillas, aquellas flores antiguas de luz impresionante, de las poleas y de los terrores, abrumándonos de sonidos y de serrines variopintos. Esto es lo que tengo. Recuerdos y más recuerdos, horrores de la galaxia. Siempre me pregunto, qué hice yo para hacer esto.





©
BEN. · · 3 comentarios Poesía de carácter automático-.
Necesito respirar
un trago de mala cerveza
dispensada en cualquier bar,
tirada con mala prensa
por alguna camarera
de un pub de carretera.
Y que esas luces envolventes
me suenen liberadoras.
Necesito respirar
y alzar las torres caídas,
que, donde supo a gloria
la vida, se mantenga cuerda,
todavía.
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Trigos y manteles descompuestos

y azucenas variadas y exámenes anatómicos

brillantes, reinados de católicos monarcas,

sucesivos estratos de pazguatas indolencias.

Oh, lóbrego lobo, cómo destilas la vida

entre mis medias de azul acetileno! Oh,

cómo desbocas el perfume de tus harapientos

sedimentos! Pensabas en un lugar predilecto;

en una mayoría huracanada, los vientos glaciares,

el ocaso de una nación malograda. Tu fracaso

te enorgullece, ciego de piedras, monedas de papel

en el cenicero escondido. Y esa matanza

de los relámpagos reducidos a escombros, a marmitas

indolentes, a sacos vestidos de bruma ineficaz.

Disfraces, máscaras, apoyos de un subterfugio

que dura demasiado, que enmascara escasamente.

Y luces y albornoces de claridad esencial, y duchas

correderas de puertas estridentes, y materiales indigeribles

decomisados a los polis. Son marcas, extravíos,

sustentos apenas de un neumático aproximado y voraz-.



©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
De tu pecho lactante

de tu gloria infamante

de la razón inexacta

que promueven tus labios

de la tierra, equidistantes.

De tu sueño incesante,

necesario cordón umbilical,

promesa tierna de la uva

pisada y coloquial.

De tu ausencia sonora

a la tragedia de tu vida,

donde se aproximan

como cálidos panes,

tus besos de mediodía.

Esqueleto, firme, de tantos

hijos entrañables-.



©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Del vientre de la ballena

Job solitario, Job hundido,

los lazos permanecen cerrados

desechos los antiguos ritos

calmas, las algas irrisorias.

En el vientre de la ballena, sus eternidades apenas

mienten, mienten con la lengua llena de fósforo o yedra,

con las ladillas propias y ajenas

de tanto vástago misterioso.

Flotan en su mundo multicolor

clamores de óxido nitroso, de hidrógeno

volcánico, donde apenas

llagan los atributos de dios en su archipiélago

hediondo.

Allá diezman vectores insolubles,

sangres de estirpes lejanas y mediocres,

llaman sus realidades de neutra insatisfacción-

su despreciable confort, y su leñera aventajada-

nos quiebran las rótulas con canales y cucharas.

Y son negros los ánades de la desdicha-.



©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Derriba los órganos

son atropellos instintivos,

las velocidades muertas

anteriores a obesidades,

las neutralizadas mezclas

de avaricia sostenida, donde,

luego, se mezclan las fragancias

y las galaxias concurridas.

Desafina el gallo. Come

de sus praderas, destila

los órganos, sumerge los

dadivosos muertos con sus manos

dulcemente amarillas. La tenue

hojarasca, que posa su vientre,

cerca de las nubes, cerca del subsuelo,

llevará su nombre entre flores,

como si quisieran derribar sus apellidos.

Conseguirán lagos de azul tiniebla,

nebulosas de órganos sostenidos,

cuando la avaricia acabe y el mundo sea

un feo diapasón olvidado en tu chaqueta.

Cantas como si tuvieras el ojo lleno de legañas,

es tiempo de ordeñar la vaca, sacrificar los órganos

restantes que acarician las navajas de doble filo

y los niños que amansan sus piedras tenues

mientras al lado del agua se besan las arañas.

No tienes tiempo, desanda lo caminado,

busca el interior de las rosas, aplastadas

lejos del olivo, murmura cada vez, más

acabado.

Conquistarán las nubes azules llenas de hidrógeno,

los elementales campos de magnesio, las verdades

sin corazón del llano compungido, y fabricarán

entorno verdades de corazón, el llano siempre

tiene sus esqueletos.
BEN. · · 2 comentarios Poesía de carácter automático-.
Odio al venerable anciano

de tan vetusta longevidad

hastiado del vértigo celebrado,

antes, cansado de la vulgaridad.

Desprecio al decrépito juez,

con lentitud de algoritmo ilógico,

hasta quebrar las rodillas atónitas,

dispuestas a rebelarse contra la humedad.

Es aquí el silencio, la marmita oriunda,

donde se proyectan las sombras del agua

ante del fin de los pálidos planetas.

Es aquí lo elemental, el frío de las raíces,

la dentadura bellamente acorralada, el cáliz

contradictorio de ausentes testimonios.



©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Te preguntarán, los de siempre,

dónde vas, a dónde diriges

tus pasos, te preguntarán los de abajo,

sin voz, apenas hombres rígidos

cuya sabiduría se muestra sólo ante la luna,

dónde irás, con quién te juntarás,

a quiénes asombrará tu falta de juicio.

A ti, que muestras tu boca desdentada,

tu saliva profética, tu espumarajo sin sal.

A ti, cuya sombra es tan endeble, cuyo

nudo de árboles medita bajo el dosel de sus ramas.

En cuya debilidad Dios puso su fe y su triste

esperanza aunadas. En quien Dios puso

erguida la sombra de su esperanza, en cuyo

advenimiento, sombras de tumba, bocas de lápida,

todavía preguntan e inquieren.

Te preguntan ya, los incinerados, los muertos

boca abajo, las salivas de los odios apenas

atestiguados, dónde, o cómo, o quién,

o porqué, el caminar lento de tus pasos.

Tú sobrevienes, dejas caer la capa de olvido,

con sumo tesón de analfabeto en sus cuarteles,

donde olvidas la mayoría de tus palabras,

donde trituras los conceptos y las viejas glorias

de tu vida.

Donde se apaciguan los labios y juntan herméticamente

los placeres castigados, las asesinas del vértigo,

los aullidos de unas cárceles bien pobladas.

Te inquieren, vociferan, protestan, honda

y largamente, con su crujido hermafrodita

los cansancios del vértigo, las protuberancias

del norte, los que buscan lugares de recreo y de ocio.

A ti, tan cansado como ellos, con lupanares

y desiertos y ojos tristes en mitad de la frente;

a ti, tan cansado y obvio como la mitad de ellos.

Cuya sombra repite su igual contraparte.

Cuyo sigilo de nube pudre los estandartes dorados.

Cuyo laconismo medita bajo los árboles enramados.

Cuya vivencia podría despoblar un camión de hombres,

entero.

Cuya experiencia sobrevuela los estanques con presidio

de agua y de infamia.

Cuya volubilidad es el agente del mal, enmascarado.

Cuya agonía deja abiertas las venas para un mapa

mal disparado, cuya ceja entreabre los pétalos de una flor

asesinada, cuyo eje frontal lapida los enseres inmolados,

cuyo vértigo renueva las cadencias del siglo,

cuyo triste pie ha desguazado las leyendas sin origen

los dardos sin pestilencia, las avenidas del espanto.

Te preguntarán, cómo o por qué vienes, ahora,

tras largos años abatido, en tu trono de hojas putrefactas,

con helechos mojados de agua, con troncos partidos

y con rostros partidos, con monedas en los labios.

Dejarás un rostro, una moneda, unos labios

en su aposento dorado, la larga crucifixión

de un diente que torna amarillo los árboles caducos.

Y tú medirás con insistencia la larga ornamentación

de los árboles, los largos dientes del pozo, las hojas

y las acequias despobladas de parásitos.

Pero no estarás triste, será tu venida

la larga avenida en contraste, el parte de un rey

que organiza sus batallas, sus combates

retenido en la amanecida.

Vendrás con osamentas partidas

con pulmones partidos y órganos ratificados

con obsidianas y flores y pétalos secos

y pistilos y estambres de otras estaciones.

A ti cuya experiencia es el mundo en su conjunto.



©
BEN. · · 0 comentarios Poesía de carácter automático-.
Dice la luna

canta el pájaro en su bruma,

inquieto perturbado o ebrio

de fama celebridad o desacierto;

familias completas te veneran

oh, pájaro de las indecisiones,

tu terrible pronóstico alberga

mi venganza con su patético anillo

tirado al fondo de un pozo de agua

amarilla. La incertidumbre

maneja sus depósitos de angustia

lejos de los manantiales de recreo

de mi infancia. Oh, eternidad, tan

distante, ¿cuánto cuesta meterse

en tus telas de doncella?

©
BEN. · · 2 comentarios Poesía de carácter automático-.
Desnudo los ecos de tu voz.

Frágil amazona despierta lejos

de las áreas de los instintos dormidos.

Despojo los ecos de la luz.

Lejos, en cartesianas amistades,

en ambientes distinguidos, cerrados

sobre materias viles de cuerpos

acariciados y apergaminados.

Lejos, como la tremenda voz

del agua sobre los delgados tejados

sin eco. Lejos, como la materia

insistente de la luz. De esta frágil

luz de estrella que firman mis versos,

esta noche, apaciguado, como siempre.







II-.







Llevo el cuerpo con orificios.

El sacrificio oriundo de las serpientes

válidas para el goce o el apasionamiento

nocturno. Llevo los ecos de la voz,

gastados, entarimados, prometidos,

sobre las gárgolas adormecidas

de los pétreos golpes de luz del agua.

Llevo el cuerpo en sacrificio, más

allá de las estrellas, más acá de los

rincones. Escucho tu voz. En los hospitales,

en las memorias disuasorias

de los elementos constitutivos de la arena.

Llevo el cuerpo lleno de martirios.

Y tu voz se me revela como una porción

mínima de sol y de agua, de luz y de arenisca

cálida.





III-.





Entonces, los ritmos se acompasaron,

fluyeron los sueños atroces, las despedidas

los adioses; se otorgaron miles de fibras

conquistadas a los dioses, tabernas frecuentaron

tu espacio de leyenda. Las cartas,

empapadas de arena, de agua y sol,

de sólidas materias de cuerpos vírgenes.

Es entonces, mientras los papagayos

enuncian sus cometidos bárbaros, cuando

los latidos buscan sus asperezas por los líquenes

apaciguados, en tanto los libros se cuelgan

de los árboles nocturnos. Las ramas bostezan,

los cables se extasían, y en mayúsculas,

el hombro llora su protección indefensa.

Cuando las miradas se buscan, y encuentran

su propio sólido desecho, es cuando

los aspersores hallan líquido el cuerpo

devastado por los goces. Y es entonces,

en las multitudes apasionadas, en los latidos

enajenados por las bestias conyugales,

se miran, y se encuentran

las carreteras aturdidas de oscuros vencejos.





IIII-.





Los latidos siempre me encuentran,

y hallan su ínfimo cometido, lejos

de sangres obstruidas, de remansos

de piel suave y añadida. Siempre

me encuentro en esta encrucijada,

voces, ecos calcinados, suspendidas

materias vírgenes, lociones capilares,

y ese torpe ensueño de las matemáticas

y de los vagones de tren vacíos.

Hallo el margen de silencio propiciatorio,

la incandescente llama de azules pilas,

las lámparas ardiendo de insectos o de

contenidos deseos confusos. Hallo

la glacial mirada del profesor, su sutil

amaneramiento, la letanía suicida

de sus lentes inclinadas.



©
Atrás
Arriba