Luis Elissamburu
Poeta fiel al portal
Hay una casa en Souraide,
a la que nunca he visto,
y sin embargo, conozco
con la extraña exactitud
que sólo tienen los niños.
Se planta sobre una calle
frente a la iglesia y su coro,
poblado de voces tíbias
que no puedo traducir
pero espantan a mis ogros.
Puedo dibujar, con esmero,
sus puertas y ventanas,
el fogón de la cocina,
los canteros llenos de flores
con aroma de lavanda.
He caminado en sus cuartos,
sin que nadie me invitara.
Me he sentado en sus sillas,
algún seis de enero,
como un Luis, rey de Francia.
De allí salió mi sangre
hacia tierras muy lejanas,
que ahora son mi hogar,
detrás de ese mar azul
que entrelaza nuestras almas.
Esa casa es mía,
como míos son mis sueños.
La infancia en los relatos
de la vida en la montaña
de unos cuántos vascos buenos.
Quiera Dios, en mi hora,
y no lo dude nadie,
vea a mi hijo en el Cielo,
a mi bosque en el Sur
y a esa casa en Souraide.
a la que nunca he visto,
y sin embargo, conozco
con la extraña exactitud
que sólo tienen los niños.
Se planta sobre una calle
frente a la iglesia y su coro,
poblado de voces tíbias
que no puedo traducir
pero espantan a mis ogros.
Puedo dibujar, con esmero,
sus puertas y ventanas,
el fogón de la cocina,
los canteros llenos de flores
con aroma de lavanda.
He caminado en sus cuartos,
sin que nadie me invitara.
Me he sentado en sus sillas,
algún seis de enero,
como un Luis, rey de Francia.
De allí salió mi sangre
hacia tierras muy lejanas,
que ahora son mi hogar,
detrás de ese mar azul
que entrelaza nuestras almas.
Esa casa es mía,
como míos son mis sueños.
La infancia en los relatos
de la vida en la montaña
de unos cuántos vascos buenos.
Quiera Dios, en mi hora,
y no lo dude nadie,
vea a mi hijo en el Cielo,
a mi bosque en el Sur
y a esa casa en Souraide.
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