Julio Viyerio
Poeta recién llegado
El torso del viejo menea la silla
hamaca de mimbres también resignados;
navega su mente la tarde sombría
quizás al recuerdo le pesque un bocado.
Del sol deslustrado la luz se desliza
trepando las piedras del muro del patio,
las flores de hibíscus del muro vecinas
se cierran conforme las techa el ocaso.
Detrás de la tarde con él suspendida,
aquel mediodía la voz del extraño
robó de sus labios palabras exiguas,
más bien balbuceos de brotes escasos.
Senil alambique es él, no destila
el néctar sabroso del fruto temprano,
su líquido zumo que el tiempo cocía
cual yesca quemante, se fue evaporando.
Continuas renuncias: asfalto de vida
que fue tan extenso dejó de ser largo,
pues no le provocan dolor ni alegría
las sueltas presencias del ser inmediato.
Alcanza su vista la línea infinita,
crepúsculo tibio, volátil, curvado
De todo y de nada la mente se limpia
quitada su funda de tiempo y espacio.
Exilio del frío, por fin no vendría
a dar el azote normal a sus manos.
Redacta la carne la paz decisiva;
los óseos anzuelos y nervios, firmaron.
Epílogo: vasto el albur amplifica
cual limpia llanura, el sol dilatado.
entonces regresa la voz y le avisa
que el viejo de nuevo habrá de esperarlo.
hamaca de mimbres también resignados;
navega su mente la tarde sombría
quizás al recuerdo le pesque un bocado.
Del sol deslustrado la luz se desliza
trepando las piedras del muro del patio,
las flores de hibíscus del muro vecinas
se cierran conforme las techa el ocaso.
Detrás de la tarde con él suspendida,
aquel mediodía la voz del extraño
robó de sus labios palabras exiguas,
más bien balbuceos de brotes escasos.
Senil alambique es él, no destila
el néctar sabroso del fruto temprano,
su líquido zumo que el tiempo cocía
cual yesca quemante, se fue evaporando.
Continuas renuncias: asfalto de vida
que fue tan extenso dejó de ser largo,
pues no le provocan dolor ni alegría
las sueltas presencias del ser inmediato.
Alcanza su vista la línea infinita,
crepúsculo tibio, volátil, curvado
De todo y de nada la mente se limpia
quitada su funda de tiempo y espacio.
Exilio del frío, por fin no vendría
a dar el azote normal a sus manos.
Redacta la carne la paz decisiva;
los óseos anzuelos y nervios, firmaron.
Epílogo: vasto el albur amplifica
cual limpia llanura, el sol dilatado.
entonces regresa la voz y le avisa
que el viejo de nuevo habrá de esperarlo.
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