Era uno de esos días rutinarios donde, arrastrando el alma y taladrando el suelo con los ojos, se va andando hacia el trabajo con ansias ya de regresar.
---Pssst, pssst, señor---Escuché una voz detrás de mí
La curiosidad me hizo volverme. Allí, en el portal de una de esas casas que cada día veo sin prestarle atención, una viejecita con el torso erguido sobre su sillón de madera, me miraba fijamente. A su lado, otra mujer mucho más joven, me hacía señas para que me acercara.
---!Uf! ?Y ahora qué?---Pensé. Por un momento se me ocurrió continuar camino para no llegar tarde, pero una inmensa dulzura en los ojos de la anciana creaban un escenario imposible de eludir.
---Perdone señor que lo detenga pero quisiera dejarle saber algo que nos ha sucedido---Se expresó la mujer con pena y volviéndose hacia su compañera, que no paraba de observarme, prosiguió---Durante todo un año la he sentado en ese sillón para que sienta la brisa y vea, al menos, a los autos y las personas pasar, sin embargo, no le presta atención a nada. Su mirada siempre está fija en el horizonte, excepto cuando usted pasa, en las mañanas y las tardes.
---Bueno señora---Respondí un poco confundido---Me alegra que yo sea motivo de atención para ella, pero no tengo ni idea de qué ve en mí.
---Pero yo sí y quiero mostrárselo---Acto seguido, tomó una foto y me la enseñó en su mano.
!Diablos! para mi sorpresa el hombre de la foto tenía un gran parecido a mí, tanto que, anonadado, no alcancé a proferir palabra. Gracias a Dios que, viendo mi estupor, la señora rompió el silencio respondiendo la pregunta que rondaba mi mente.
---Era su hijo y mi hermano, el hombre más dulce que jamás haya conocido. Venía a verla a menudo con un presente para ella, era su reina, su motivo de alegría---Pausó un momento para controlar la emoción. Luego siguió---La colmaba de besos, de abrazos y palabras lindas todo el tiempo y al final, terminaba pidiéndole que tocara una pieza en el piano... siempre lo hizo, hasta un día en que no regresó jamás. Hace un año murió en un accidente automovilístico.
Esas palabras finales marcaron un silencio interminable, ahogando sus ojos en lágrimas contenidas, anudando mi garganta y liberando mis suspiros. No pude menos que arrodillarme ante aquella personita frágil de ojos suplicantes y tomar sus manos temblorosas. Algo mágico ocurrió entonces: Ella apretó las mías con toda la fuerza que pudo y, con una sonrisa triste, recostó la cabeza sobre mi hombro susurrándome al oído: !Ronald!. Y fui feliz en ese instante, feliz de haberle arrancado una sonrisa a la tristeza; de sentirme el hijo pródigo que devuelve el brillo a su mirada ausente y da consuelo a la madre tierna que nunca tuve.
Desde entonces, la visitaba a menudo en las tardes, después de las faenas de mi empleo. Le llevaba regalitos y la colmaba de palabras dulces, como hacía Ronald. Al principio solo sonreía, después fue abriendo su corazón para contarme las historias más bellas de su vida que, tal vez un día escriba para perpetuar su memoria. Finalmente, me sentó junto a su tesoro, el piano, y con orgullo, como si fuera a revelar un gran secreto, levantó la tapa y se dispuso a tocar. !No sabría describir lo que acarició a mis oídos! !Las notas más hermosas y tiernas que jamás he escuchado! Resultaba increíble ver cómo sus escuálidos dedos se deslizaban con tal maestría, perfección y elegancia, que evocaban a bailarinas en el lago de los cisnes, enamorando mi corazón.
Fueron seis meses de una relación hermosa y pura, hasta que comprendí que no hay nada eterno en esta vida. Cierto día, al regresar del trabajo, encontré la casa totalmente vacía, solo el silencio de sus paredes auguraba calamidad. Mariana estaba en el hospital reclamando mi presencia, y, aunque parezca asombroso, me atrevería a afirmar que esperaba mi llegada. Al verme, extendió sus brazos y me apretó contra su pecho y en un susurro imperceptible para todos, pronunció su nombre favorito: !Ronald!. Entonces, con una sonrisa hermosa, cerró sus ojos para siempre.
Mariana se ha ido y con ella mis tardes alegres y mi papel de hijo que tanto amaba. Ya no cruzo su calle para no recordar su sonrisa ni escuchar las bellas notas de su piano, sin embargo, no puedo evitar volver la vista cuando alguien llama:
---Pssst, pssst.
Creyendo que veré de nuevo a la viejecita de ojos dulces erguida sobre su sillón de madera, suplicando mi presencia.
---Pssst, pssst, señor---Escuché una voz detrás de mí
La curiosidad me hizo volverme. Allí, en el portal de una de esas casas que cada día veo sin prestarle atención, una viejecita con el torso erguido sobre su sillón de madera, me miraba fijamente. A su lado, otra mujer mucho más joven, me hacía señas para que me acercara.
---!Uf! ?Y ahora qué?---Pensé. Por un momento se me ocurrió continuar camino para no llegar tarde, pero una inmensa dulzura en los ojos de la anciana creaban un escenario imposible de eludir.
---Perdone señor que lo detenga pero quisiera dejarle saber algo que nos ha sucedido---Se expresó la mujer con pena y volviéndose hacia su compañera, que no paraba de observarme, prosiguió---Durante todo un año la he sentado en ese sillón para que sienta la brisa y vea, al menos, a los autos y las personas pasar, sin embargo, no le presta atención a nada. Su mirada siempre está fija en el horizonte, excepto cuando usted pasa, en las mañanas y las tardes.
---Bueno señora---Respondí un poco confundido---Me alegra que yo sea motivo de atención para ella, pero no tengo ni idea de qué ve en mí.
---Pero yo sí y quiero mostrárselo---Acto seguido, tomó una foto y me la enseñó en su mano.
!Diablos! para mi sorpresa el hombre de la foto tenía un gran parecido a mí, tanto que, anonadado, no alcancé a proferir palabra. Gracias a Dios que, viendo mi estupor, la señora rompió el silencio respondiendo la pregunta que rondaba mi mente.
---Era su hijo y mi hermano, el hombre más dulce que jamás haya conocido. Venía a verla a menudo con un presente para ella, era su reina, su motivo de alegría---Pausó un momento para controlar la emoción. Luego siguió---La colmaba de besos, de abrazos y palabras lindas todo el tiempo y al final, terminaba pidiéndole que tocara una pieza en el piano... siempre lo hizo, hasta un día en que no regresó jamás. Hace un año murió en un accidente automovilístico.
Esas palabras finales marcaron un silencio interminable, ahogando sus ojos en lágrimas contenidas, anudando mi garganta y liberando mis suspiros. No pude menos que arrodillarme ante aquella personita frágil de ojos suplicantes y tomar sus manos temblorosas. Algo mágico ocurrió entonces: Ella apretó las mías con toda la fuerza que pudo y, con una sonrisa triste, recostó la cabeza sobre mi hombro susurrándome al oído: !Ronald!. Y fui feliz en ese instante, feliz de haberle arrancado una sonrisa a la tristeza; de sentirme el hijo pródigo que devuelve el brillo a su mirada ausente y da consuelo a la madre tierna que nunca tuve.
Desde entonces, la visitaba a menudo en las tardes, después de las faenas de mi empleo. Le llevaba regalitos y la colmaba de palabras dulces, como hacía Ronald. Al principio solo sonreía, después fue abriendo su corazón para contarme las historias más bellas de su vida que, tal vez un día escriba para perpetuar su memoria. Finalmente, me sentó junto a su tesoro, el piano, y con orgullo, como si fuera a revelar un gran secreto, levantó la tapa y se dispuso a tocar. !No sabría describir lo que acarició a mis oídos! !Las notas más hermosas y tiernas que jamás he escuchado! Resultaba increíble ver cómo sus escuálidos dedos se deslizaban con tal maestría, perfección y elegancia, que evocaban a bailarinas en el lago de los cisnes, enamorando mi corazón.
Fueron seis meses de una relación hermosa y pura, hasta que comprendí que no hay nada eterno en esta vida. Cierto día, al regresar del trabajo, encontré la casa totalmente vacía, solo el silencio de sus paredes auguraba calamidad. Mariana estaba en el hospital reclamando mi presencia, y, aunque parezca asombroso, me atrevería a afirmar que esperaba mi llegada. Al verme, extendió sus brazos y me apretó contra su pecho y en un susurro imperceptible para todos, pronunció su nombre favorito: !Ronald!. Entonces, con una sonrisa hermosa, cerró sus ojos para siempre.
Mariana se ha ido y con ella mis tardes alegres y mi papel de hijo que tanto amaba. Ya no cruzo su calle para no recordar su sonrisa ni escuchar las bellas notas de su piano, sin embargo, no puedo evitar volver la vista cuando alguien llama:
---Pssst, pssst.
Creyendo que veré de nuevo a la viejecita de ojos dulces erguida sobre su sillón de madera, suplicando mi presencia.
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