El auto viajaba a mucho más del límite de velocidad permitido en la autopista, zigzagueando y evadiendo obstáculos; como si lamentara no tener alas para levantar el vuelo y acortar la distancia. Dentro, una mujer con la vista clavada en el horizonte y en el pensamiento, permanecía al volante decidida a no detenerse, mientras una patrulla de la policía abrumaba su espalda con sus luces y sirenas. A su lado, una hermosa niña de nueve años dormía plácidamente, gracias a los efectos de un somnífero.
Para ella, era confusa la vida y sus motivos, y a estas alturas ya, no sabía si odiarse o bendecirse por haber donado el corazón de su hijo; o de su bebé--hombre, como ella le decía; muerto en un accidente dos años atrás. Tampoco sabía decir qué era peor, si perder una vida o compartirla, pues ahora, saber que dentro de la niña latía el corazón de su hijo la hacía sentirse desdichada, insatisfecha, enjaulada; como estar encadenada justo ante las puertas de la felicidad y el éxtasis. Por eso tomó la decisión que le pareció correcta, o al menos, la que más paz le traía al alma: ¡Secuestrar la niña! Al fin y al cabo, ¡También era de ella!. Sabía que nadie la entendería; que si la atrapaban, el juicio sería cruel y despiadado, pero, ¡Valía la pena correr el riesgo!. Claro, ¿Qué no valdría abrazar, al menos una parte de su hijo otra vez, y no como amiga, o visitante, sino como madre? Sentir su piel estremeciendo la suya, escucharle decir: ¡Mamá!; disfrutar de una segunda oportunidad... ¡Son cosas tan comunes y naturales, excepto para quien lo ha perdido!
Ya eran varias las patrullas detrás de la mujer y tanto ruido y parpadear de luces, aceleraban el pulso y aturdían la concentración, tanto que no pudo esquivar a tiempo a un auto que se interpuso, y antes de que pudiera reaccionar, salió de la carretera atravesando un terreno totalmente irregular, hasta estrellarse contra un árbol. No pudo percibir el humo del motor casi incendiándose, pero sí unas manos que la sacaban a rastras del interior del vehículo; algo que bajaba de su frente y le inundaba el rostro, y una voz lejana que decía:"La niña está bien, solo está dormida". Después, oscuridad e inconsciencia.
Dos días más tarde, comenzó a abrir sus ojos lentamente. El suero en su brazo, las cortinas verdes y los equipos médicos a su alrededor, le indicaban que aún estaba viva. De pronto sintió una presencia humana junto a ella que le tomaba su mano. Era la madre de la niña que, con voz conmovida, le decía:
---¿Por qué lo hiciste Georgina? ¡Yo estaba dispuesta a compartirla contigo!
Georgina movía la cabeza negativamente y repetía:
---No es igual y no es justo.
---No es justo que le des la vida a mi hija y ahora casi se la quites--- Dijo la madre entre lágrimas.
Con el corazón y la voz abatidos, Georgina continuó:
---No es justa la vida; no es justo que tú tengas tanto y yo tan poco; que tengas tu hermosa hija, su amor, su compañía, mientras yo solo tengo un corazón latiendo dentro de ella.
Bastaron esas palabras para comprenderlo todo. Hay amores tan fuertes, tan gigantescos, tan únicos, tan dulcemente posesivos, que no pueden compartir espacios, no se dividen, no aceptan distancias ni ausencias, ni miden riesgos o eternidad. Por eso no sintió odio o rencor, mucho menos deseos de venganza, sino pena y dolor. Entonces hizo lo que solo una madre puede ser capaz de hacer: Sin soltar su mano, se acercó a Georgina depositando un beso en su frente, aún vendada, y susurró a su oído unas palabras mágicamente inesperadas que le penetraron el alma como un puñal:
---Te estaremos esperando siempre.
Luego se marchó.
Georgina entonces cerró sus ojos para no ver escapar lo único que amaba con todas sus fuerzas y que no volvería a tener jamás: La vida de su hijo en un cuerpo ajeno reclamando libertad.