Miguel Font
Poeta que considera el portal su segunda casa
La noche de sábado se presentó especialmente bella, cálida sí, pero sin ese calor agobiante de días pasados. Mientras viajábamos con mi esposa hacia nuestro habitual sitio de encuentro bailable, podíamos ver los bares Montevideanos bastante concurridos, con la mayoría de los clientes afuera, en las tentadoras terrazas con mesas en la vereda. Al estacionar, mi corazón, como siempre, comenzó a latir de distinta forma, es que llegaba ya hasta nuestros oídos la suave melodía de la música cubana que amamos bailar. En la puerta del “boliche” me abracé con algunos amigos, entre ellos uno, que no veía desde antes de mi convalecencia.
Le dije, tanto tiempo sin vernos!
Me contestó, sí, estuve trabajando y por algunos meses no pude venir.
Yo igual, le respondí, estuve ocupado también.
Sí, ya lo sé, dijo, luchando, luchando por vivir…
Mientras subía las escaleras que conducen a la pista de baile, algo fue trepando y se anidó en mi pecho, un pequeño nudo, pero de felicidad, por saberme arropado y contenido por infinidad de amigos que me quieren…
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