En un mes de 1989, cerca del puente internacional a Estados Unidos me despedí de México. Decidí quedarme en el lado estadounidense del río y seguir de frente. Y sí, en aquel entonces cuestioné mi decisión de seguir adelante porque, desde el primer día de caminar un metro dentro de los Estados Unidos, pasé casi el mismo tiempo mirando hacia atrás como mirando hacia adelante.
Al cruzar el ancho rio, al mismo tiempo, sentí que me iba separando de una larga era que había vivido. Pero ahí estaba, en un camino nuevo, bueno, en un bosque, en un lugar en el que nunca había estado, en camino hacia algún lugar del cual solo sabría hasta despues de haberme a él llegado,...oh, mi Oregon!
Quizas, por estarme envuelto de un teatro de sonidos, aromas, irrealidades visuales, y táctiles, más allá de mis experiencias ya vividas, por aquellos días de recién emigrado, o fresco como las aguas del Rio Bravo, aun no entendía que, en realidad, estaba recorriendo un camino atemporal, un sueño del que aun aspiro, y creo.
Un pie adelante del otro me repetía, sigue caminando Fidel, pero, y sin saberlo, al hacerlo me iba enamorando de cada paso, de cada respiración y de cada mirada, mas no humanas, si no de los pequeños mamíferos que por allí vivían. Despues de caminar todo el dia, por eso del cansancio, la hora del dormir se llega temprano, justo antes del oscurecer. Dormir en un bosque gringo la primera noche, y dos más, fue como en los viejos tiempos de mi infancia, esos donde cualquier lugar blando puede ser la cama.
Como ciertas cosas, al despertar en medio de esa realidad, más al norte de donde había empezado, rodeado de arboles y del rugir de automóviles a la distancia, me preguntaba si encontraría lo que buscaba, incluso, aun no sabiendo lo que entonces eso era.
En esos días me sentí como un satélite, fuera de órbita, lejos de mi hogar, caído de rodillas, y de punta a punta con los brazos extendidos hacia el espacio eterno, en medio de un alrededor desconocido...pero el sol se ponía y, para mi, era hora de encontrar, nuevamente, otro lugar donde dormir, otra noche fuera del hogar.
Y si, me despertaba con frio, hambriento, y aunque sobre hierbas, al final no era cama, sino suelo. Por suerte encontré un tinaco inmenso, un bebedero de ganado donde pude aliviarme el dolor de espalda y piernas. Despues volvía al lugar donde nadie me esperaba, a ese sol que se asomaba por el horizonte, al caminar donde solo su brillar parecía lo más natural.
Los tiempos de hoy me ponen a pensar, a tratar de entender, o de anhelar que este rompecabezas de ideas signifique algo para alguien porque, así como el primer poema en que pasé el mismo tiempo borrando como escribiendo; así, mi primer día de inmigrante, es un vivir que nunca termina.
Today I wake up early, as I always do, except, this time in Oregon, y no en medio del monte.
Desafortunadamente, hay millones de inmigrantes que nunca se despertaran por la violencia. Para todos los inmigrantes, como yo, as well, para los que no lo son, pero que entienden la realidad, la visión de un vivir así..
Fidel Guerra Cuevas.
Springfield, Oregon
Marzo, 2019.
Al cruzar el ancho rio, al mismo tiempo, sentí que me iba separando de una larga era que había vivido. Pero ahí estaba, en un camino nuevo, bueno, en un bosque, en un lugar en el que nunca había estado, en camino hacia algún lugar del cual solo sabría hasta despues de haberme a él llegado,...oh, mi Oregon!
Quizas, por estarme envuelto de un teatro de sonidos, aromas, irrealidades visuales, y táctiles, más allá de mis experiencias ya vividas, por aquellos días de recién emigrado, o fresco como las aguas del Rio Bravo, aun no entendía que, en realidad, estaba recorriendo un camino atemporal, un sueño del que aun aspiro, y creo.
Un pie adelante del otro me repetía, sigue caminando Fidel, pero, y sin saberlo, al hacerlo me iba enamorando de cada paso, de cada respiración y de cada mirada, mas no humanas, si no de los pequeños mamíferos que por allí vivían. Despues de caminar todo el dia, por eso del cansancio, la hora del dormir se llega temprano, justo antes del oscurecer. Dormir en un bosque gringo la primera noche, y dos más, fue como en los viejos tiempos de mi infancia, esos donde cualquier lugar blando puede ser la cama.
Como ciertas cosas, al despertar en medio de esa realidad, más al norte de donde había empezado, rodeado de arboles y del rugir de automóviles a la distancia, me preguntaba si encontraría lo que buscaba, incluso, aun no sabiendo lo que entonces eso era.
En esos días me sentí como un satélite, fuera de órbita, lejos de mi hogar, caído de rodillas, y de punta a punta con los brazos extendidos hacia el espacio eterno, en medio de un alrededor desconocido...pero el sol se ponía y, para mi, era hora de encontrar, nuevamente, otro lugar donde dormir, otra noche fuera del hogar.
Y si, me despertaba con frio, hambriento, y aunque sobre hierbas, al final no era cama, sino suelo. Por suerte encontré un tinaco inmenso, un bebedero de ganado donde pude aliviarme el dolor de espalda y piernas. Despues volvía al lugar donde nadie me esperaba, a ese sol que se asomaba por el horizonte, al caminar donde solo su brillar parecía lo más natural.
Los tiempos de hoy me ponen a pensar, a tratar de entender, o de anhelar que este rompecabezas de ideas signifique algo para alguien porque, así como el primer poema en que pasé el mismo tiempo borrando como escribiendo; así, mi primer día de inmigrante, es un vivir que nunca termina.
Today I wake up early, as I always do, except, this time in Oregon, y no en medio del monte.
Desafortunadamente, hay millones de inmigrantes que nunca se despertaran por la violencia. Para todos los inmigrantes, como yo, as well, para los que no lo son, pero que entienden la realidad, la visión de un vivir así..
Fidel Guerra Cuevas.
Springfield, Oregon
Marzo, 2019.
Última edición: