Eras tú, madre, mi piedad.
Vi tu lejanía, tu voz de diosa,
tu luz ausente.
A un niño hay que colmarlo de días
como si fuera
un ángel de albura.
Regálale un suéter hecho por ti,
una palabra o una mentira que lo calmen,
dale la orgullosa complacencia
de ser rama de tu vientre,
un sol que nacerá fértil.
Mira a tu alrededor,
el vacío se torna negro,
las preguntas lloraron
porque un alud de incomprensibles signos
violó la verdad de una pisada.
Yo te nombro en la melancolía de mis años
cuando un jardín quiere ser tu arbitrio,
tu sed y mi desdicha.
Hay marcas que duelen,
otras se han vuelto cicatriz,
suave tul o ceniza
de un pasado que ignora.
Si pudieras ser
lenta caricia de un oasis yacente,
si en el halo de un recuerdo
se volviera gris la llama de la voluntad
y una mirada,
caleidoscópica, lúcida,
me mostrara tu deseo de salvarme
como si al fin
-por fin-
tú fueras yo.
Entonces, perdonaría tu silencio.
Vi tu lejanía, tu voz de diosa,
tu luz ausente.
A un niño hay que colmarlo de días
como si fuera
un ángel de albura.
Regálale un suéter hecho por ti,
una palabra o una mentira que lo calmen,
dale la orgullosa complacencia
de ser rama de tu vientre,
un sol que nacerá fértil.
Mira a tu alrededor,
el vacío se torna negro,
las preguntas lloraron
porque un alud de incomprensibles signos
violó la verdad de una pisada.
Yo te nombro en la melancolía de mis años
cuando un jardín quiere ser tu arbitrio,
tu sed y mi desdicha.
Hay marcas que duelen,
otras se han vuelto cicatriz,
suave tul o ceniza
de un pasado que ignora.
Si pudieras ser
lenta caricia de un oasis yacente,
si en el halo de un recuerdo
se volviera gris la llama de la voluntad
y una mirada,
caleidoscópica, lúcida,
me mostrara tu deseo de salvarme
como si al fin
-por fin-
tú fueras yo.
Entonces, perdonaría tu silencio.