Marla
Poeta fiel al portal
Nadie dijo que fuera fácil
ganarle la partida al reloj
y sostenerse en la cuerda floja
de los sueños;
dejar atrás los números cuando llegas a casa;
olvidar las facturas, los cartas comerciales,
aparcar cada hora tejida a golpe de teclado,
en el pálido cajón de la rutina.
Nadie dijo que fuera fácil
recomponer el rostro ajado
de la noche
mientras conversas con tu soledad
o ametrallas un lienzo en blanco
cuando te vence el ansia
de vomitar el mundo
a través de las yemas de tus dedos.
Encender una hoguera
cuando la tarde sueña
con apagar sus párpados.
Sin embargo, amor,
cuando llegas a casa
y traes contigo la niñez y el incendio,
cuando abro las puertas de mis venas
al duende adolescente que brinca en tus pupilas,
los perros de la noche dejan de ladrarle
a todos los abismos,
los huesos ya no duelen, mi cuerpo recupera
su latido de infinitas pulsaciones
por abrazo.
Y aprenden a danzar como niños
nuestros cuatrocientos doce huesos
juntos,
y cincuenta más cincuenta
logran fundirse en compás
de veinte y veinte.
Por eso, amor, hemos sumado luces
a las sombras que nos acompañan,
esquivando (a duras penas) las trampas del dolor;
burlando, con pasitos torpes, las esquirlas
del tiempo que macera nuestros pasos.
ganarle la partida al reloj
y sostenerse en la cuerda floja
de los sueños;
dejar atrás los números cuando llegas a casa;
olvidar las facturas, los cartas comerciales,
aparcar cada hora tejida a golpe de teclado,
en el pálido cajón de la rutina.
Nadie dijo que fuera fácil
recomponer el rostro ajado
de la noche
mientras conversas con tu soledad
o ametrallas un lienzo en blanco
cuando te vence el ansia
de vomitar el mundo
a través de las yemas de tus dedos.
Encender una hoguera
cuando la tarde sueña
con apagar sus párpados.
Sin embargo, amor,
cuando llegas a casa
y traes contigo la niñez y el incendio,
cuando abro las puertas de mis venas
al duende adolescente que brinca en tus pupilas,
los perros de la noche dejan de ladrarle
a todos los abismos,
los huesos ya no duelen, mi cuerpo recupera
su latido de infinitas pulsaciones
por abrazo.
Y aprenden a danzar como niños
nuestros cuatrocientos doce huesos
juntos,
y cincuenta más cincuenta
logran fundirse en compás
de veinte y veinte.
Por eso, amor, hemos sumado luces
a las sombras que nos acompañan,
esquivando (a duras penas) las trampas del dolor;
burlando, con pasitos torpes, las esquirlas
del tiempo que macera nuestros pasos.