César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
En una ciudad moderna, de esas de las que todos los niños y niñas han escuchado hablar o conocen, vive una niña de siete años que tiene cabello ensortijado y corazón de verso. Sus compañeros del segundo grado se ríen de ella, allá en el colegio de monjas, porque siempre está un poquito solitaria y a veces parece que habla sola.
En realidad habla con su amiga Rania, una ranita mágica que se encontró el otro día en el huerto de la escuela y que posee la particularidad de tener siete colores: la cabeza, una patita y una rodilla de color fucsia, el cuerpo y la otra pata delantera en amarillo oro, la pata trasera derecha en verde esmeralda y verde oscuro (más la rodilla fucsia que ya dijimos), la otra pata trasera en azul, oro y púrpura… y la barriga la tiene blanca. ¡Siete colores! Sin contar los ojos, por supuesto, que los tiene de un marrón muy oscuro casi negro.
Fue un encuentro afortunado para ambas: Helena –que así se llama la niña- tenía muy pocos amigos y Rania estaba harta de ser perseguida por niños sin imaginación, o con imaginación retorcida, que solo trataban de usarla como pelota de béisbol. Helena era diferente: en lugar de agarrarla y halarle las patas para verle no sé qué, le habló. Y así obtuvo el privilegio de saber que Rania podía razonar y hablar como cualquier persona. Le dijo que estaba escondida y que no podía cazar porque enseguida la cazada era ella, por esos niños malévolos que cuando encuentran una rana solo pretenden lastimarla.
Helena le pidió permiso para llevarla a casa a fin de que le sirviera como mascota y confidente; y se comprometió a cazarle sabrosas moscas y otros animalitos apetecidos por Rania, quien estaba un poquito desnutrida y famélica. Así se inició una bonita amistad.
Todos los días Helena, luego de salir de la escuela, se detiene en el mercado al aire libre, cerca de la pescadería, y sigilosamente atrapa algunas moscas para Rania. A veces la suelta para que ella misma cace un poco y no pierda la agilidad. De más está decir que Helena se lleva a Rania para la escuela casi todos los días.
El papá de Helena es profesor. Trabaja en tres colegios porque todo el mundo sabe que a los profesores les pagan poquito y entonces él necesita varios trabajos para poder mantener a la familia. Debido a eso Rania ha encontrado una nueva forma de entretenerse durante las largas horas nocturnas: se mete a escondidas en el estudio del papá de Helena, y sin que él lo sospeche, se aprende las clases que el profesor prepara, o lo ve revisar los numerosos trabajos y deberes escolares que él lleva a casa a fin de corregirlos. Por eso se la puede ver (si uno no está trabajando todo el tiempo como el papá de Helena) por las paredes de la habitación, pensando en la mejor manera de resolver operaciones de multiplicación, o recitando poemas de endechas.
Así ha llegado a ser una rana intelectual muy sabia, que puede ayudar a Helena con sus tareas. También sabe jugar scrabble, monopolio y ajedrez. En realidad la pasan muy bien. El otro día vieron una vieja película juntas: Los Muppets, pero a Rania no le gustó; dice que René para nada se parece a una rana normal.
A veces discuten un poco, como lo suelen hacer casi todos los amigos entre sí. Sin embargo lo importante es que Helena ya no está triste ni sola pues tiene lo que nadie más: una amiga mágica de siete colores… sin contar el color de ojos que es marrón oscuro, casi negro.
Enero y siete colores, 2017. César Guevara
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