Como éstas calles de roca
siento el peso de las poesías, conspiratoriamente celebrando
a tu suave boca, a ti, ángel de mis brazos.
Y aunque lejos de ti,
la distancia nos aune porque
por tus ojos o los míos somos,
porque el amor nos llena a ambos.
Entonces
sobre éstas calles de piedra,
tan duras como el vivir,
veo florecer a una rosa,
tierna y grata de deleite
porque por ella y aquí en Salento
nació éste, tu poema.
siento el peso de las poesías, conspiratoriamente celebrando
a tu suave boca, a ti, ángel de mis brazos.
Y aunque lejos de ti,
la distancia nos aune porque
por tus ojos o los míos somos,
porque el amor nos llena a ambos.
Entonces
sobre éstas calles de piedra,
tan duras como el vivir,
veo florecer a una rosa,
tierna y grata de deleite
porque por ella y aquí en Salento
nació éste, tu poema.
Nunca antes había visto a un avión junto a mi si no hasta que me bajé de él en Armenia, Colombia. Sí, después de haber tocado las nubes, estaba ahí, sobre el pavimento, ésta enorme nave amarilla partiendo aún, con su rugir de motores, aquél cálido viento de un atardecer colombiano que me vió llegar.
Siempre me a gustado cerrar los ojos al volar, ponerle un tono musical a los vientos e imaginar que, sin la ayuda de esas inmensas alas mecánicas, soy yo mismo el que está volando.
Como cuando era chiquillo, al ver al avión tan de cerca me dieron ganas de treparme en su cola, correr por su espalda o lomo y colgarme de sus altas alas. Pero claro, la policía nacional colombiana estaba allí, protegiéndolo como si un tesoro de los truenos.
Fidel Guerra,
Salento, Colombia,
enero, 30, 2020.
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