Tu mano es la que mueve los cordeles
dirigiendo mi vida con antojo,
mientras yo solo miro de reojo,
hilvanando a retazo nuestras pieles.
En esas avalanchas de corceles
mi corazón revela su sonrojo,
y se niega a olvidar su tonto enojo
sin libar de tus labios dulces mieles.
Y no sé si es mi boca o es tu boca
quien decide entregarse a la aventura
entre aromas de mentas o de moca.
En ese devenir de la cordura
es la pasión la que sin más convoca
al juego del amor que se inaugura.
Ana Mercedes Villalobos