musador
esperando...
Por segunda vez al mundo
llegaba yo en ese entonces
con mis miedos:
por los nuevos apetitos
sentía más la vergüenza
que el deseo.
Primero fue la sorpresa
fluyendo en extraña angustia
por el cuerpo,
ese carecer de algo
sin saber de qué se trata
ni el remedio.
Fue tu mirada el flechazo
por el que supe que había
otro reino,
frente a tus ojos de miel
y tu sonrisa de cómplice
quedé preso.
La oruguita el huevo deja
cuando en la rama ya crecen
los renuevos,
así en la espera se nutre
el hombrecillo que nace
por tu fuego.
Prometeos las mujeres
serán de los chiquilines
a su tiempo,
cuando en la hoguera maduren
los corajes que le faltan
al incrédulo.
Dejo en la noche vagar
con los sueños confundido
a mi recuerdo,
pronto llega al episodio
cuando me diste una joya:
tu teléfono.
«La próxima vez llamá»
me dijiste al enterarte
de mi yerro
al llegar hasta tu casa
no habiendo antes convenido
nuestro encuentro.
Pero toda mi osadía
se había quemado al ir
en silencio,
nunca te pude llamar:
solo quedaron las ascuas
del portento.
Costaba en aquel entonces
convencerse de lo claro
de tu juego,
una nube de agonía
ocultaba la evidencia
de tu sexo.
Así se nos fue aquel año
de la escuela secundaria
por completo,
incubando las pasiones
que tan tarde llegarían
a su pleno.
llegaba yo en ese entonces
con mis miedos:
por los nuevos apetitos
sentía más la vergüenza
que el deseo.
Primero fue la sorpresa
fluyendo en extraña angustia
por el cuerpo,
ese carecer de algo
sin saber de qué se trata
ni el remedio.
Fue tu mirada el flechazo
por el que supe que había
otro reino,
frente a tus ojos de miel
y tu sonrisa de cómplice
quedé preso.
La oruguita el huevo deja
cuando en la rama ya crecen
los renuevos,
así en la espera se nutre
el hombrecillo que nace
por tu fuego.
Prometeos las mujeres
serán de los chiquilines
a su tiempo,
cuando en la hoguera maduren
los corajes que le faltan
al incrédulo.
Dejo en la noche vagar
con los sueños confundido
a mi recuerdo,
pronto llega al episodio
cuando me diste una joya:
tu teléfono.
«La próxima vez llamá»
me dijiste al enterarte
de mi yerro
al llegar hasta tu casa
no habiendo antes convenido
nuestro encuentro.
Pero toda mi osadía
se había quemado al ir
en silencio,
nunca te pude llamar:
solo quedaron las ascuas
del portento.
Costaba en aquel entonces
convencerse de lo claro
de tu juego,
una nube de agonía
ocultaba la evidencia
de tu sexo.
Así se nos fue aquel año
de la escuela secundaria
por completo,
incubando las pasiones
que tan tarde llegarían
a su pleno.
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