El sol de la tarde hería los vitrales. Desde la sala de espera, segunda butaca, Carmela, con su mirada azul, por el cristal, observaba los celajes, mientras Osvaldo, su esposo, sostenía su mano y de rato en rato la miraba sin pronunciar palabra.
—Carmela, consultorio número cinco —dijo la secretaria.
Ella, con su acostumbrada elegancia, se puso de pie, erguida caminó hacia el recinto, traspasó la puerta, saludó y se sentó frente al médico. Su esposo en silencio la siguió y se sentó junto a ella.
—Vamos a ver —dijo el médico.
Abrió el expediente y repasó los últimos folios.
—Tenemos el resultado de los análisis —dijo.
Serena la pareja escuchó el diagnóstico. El panorama no era halagador. Le quedaban escasos meses de vida. Salieron del hospital con varios pliegos de recetas para los tratamientos y una cita de control a la que no sabían si llegaría.
Tres meses después, frente al espejo, una extraña la miraba fijamente a los ojos.
—Ring ring.
—¡Hola! —dijo Carmela.
—Con el señor Osvaldo por favor —dijo una voz varonil.
—Él no se encuentra. Quiere dejarle algún mensaje —dijo ella.
—Sí. Hablo del Campo Santo Lirio Azul. Dígale por favor que la apertura a nombre de la señora Carmela ya está lista. Que solo tiene que avisar en cuanto necesite usarla.
—Sí señor, gracias —dijo ella.
—Con quién tengo el gusto —dijo el hombre.
—Con la señora Carmela —dijo ella.
Colgó el teléfono y siguió observando aquella desconocida frente al espejo.
Basada en hechos reales, se cambia, por respeto, el nombre de los personajes. Poco tiempo después ella falleció.
Heredia, Costa Rica
noviembre 14, 2020
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