Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Deshojada la ciudad se arremolina
y desde las ventanas los ojos siguen su trayecto.
La tarde ya cansada de oráculos inciertos, eclipsa las mentiras,
empaña las verdades, sigue perpetuando de Babel todos sus nombres.
En este escondrijo que es la vida, todas las lluvias parecen ser divinas.
No es otoño –aquí el invierno no se cura– pero la gente inventa su salida,
su vuelo seco, su clásico crujir cuando alguien les ultraja.
Las horas tardías barren sus cadáveres. Como ramas secas del árbol de la vida,
las avenidas maldicen abandonos, intentan el olvido de aquellas horas verdes,
de hojas de parra y de serpientes. En el pecho reza la sentencia:
“no hay vacantes” y un ave oscura sobrevuela la esperanza. Por las celosías,
un rumor de alas rotas acalla los rescoldos. Siempre arde el mundo por la tarde,
luego se infectan los ojos de cenizas.
Bésame, clama una pasión sobreviviente acurrucada
bajo el pórtico de un sueño. Clandestinas,
las miradas siguen al flautín del desenfreno
y naufragan paliando esos amores que no cedieron al olvido.
Fue así que Hamelín sobrevivió a la muerte de sus niños.
Y hoy nadie sabe de razones para intentar otras recetas.
Los viejos, ya de viejos, ya de astutos, tienen un oído selectivo.
Y se quiebran las doce en el asfalto – emperador taciturno de las prisas –.
La última cenicienta se guarece. Ha desperdigado muchas zapatillas.
“Alguna regresará con un príncipe en sus manos”, se dice, luego reza.
Las ratas también buscan sus guaridas, pero los niños tiemblan intemperies.
Y aunque llueve aun sobre los tálamos, los amantes tiritan al oído:
“¿por qué aquí no es para siempre?”
y desde las ventanas los ojos siguen su trayecto.
La tarde ya cansada de oráculos inciertos, eclipsa las mentiras,
empaña las verdades, sigue perpetuando de Babel todos sus nombres.
En este escondrijo que es la vida, todas las lluvias parecen ser divinas.
No es otoño –aquí el invierno no se cura– pero la gente inventa su salida,
su vuelo seco, su clásico crujir cuando alguien les ultraja.
Las horas tardías barren sus cadáveres. Como ramas secas del árbol de la vida,
las avenidas maldicen abandonos, intentan el olvido de aquellas horas verdes,
de hojas de parra y de serpientes. En el pecho reza la sentencia:
“no hay vacantes” y un ave oscura sobrevuela la esperanza. Por las celosías,
un rumor de alas rotas acalla los rescoldos. Siempre arde el mundo por la tarde,
luego se infectan los ojos de cenizas.
Bésame, clama una pasión sobreviviente acurrucada
bajo el pórtico de un sueño. Clandestinas,
las miradas siguen al flautín del desenfreno
y naufragan paliando esos amores que no cedieron al olvido.
Fue así que Hamelín sobrevivió a la muerte de sus niños.
Y hoy nadie sabe de razones para intentar otras recetas.
Los viejos, ya de viejos, ya de astutos, tienen un oído selectivo.
Y se quiebran las doce en el asfalto – emperador taciturno de las prisas –.
La última cenicienta se guarece. Ha desperdigado muchas zapatillas.
“Alguna regresará con un príncipe en sus manos”, se dice, luego reza.
Las ratas también buscan sus guaridas, pero los niños tiemblan intemperies.
Y aunque llueve aun sobre los tálamos, los amantes tiritan al oído:
“¿por qué aquí no es para siempre?”