kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
UN AS BAJO LA MANGA
Siempre la misma puta pesadilla.
Un hombre me sigue hasta el portal,
me suelta un puñetazo en la cara y caigo,
vas a perder lo que más quieres.
Gotas de sangre como semillas de granada
manchan mis manos.
En la siguiente escena estoy en el mercado.
He dejado a mis hijos solos en casa.
Paseo feliz entre puerros y tomates
cuando de pronto sueldo mi mirada
con la de aquel cabrón que me pegó.
Sale corriendo. Salgo tras él.
Le veo entrar en el portal.
Subo por las escaleras tieso como una pantera
y una vez llegado al rellano del cuarto piso
giro mi cuello
hacia la puerta
de casa.
¡Está abierta! De un salto me levanto de la cama
y cruzo el salón como en la peor de mis borracheras:
tropezando y pidiendo disculpas a los muebles.
Ya en el cuarto de mis hijos
me agacho y me elevo, entorno los ojos,
tratando de encontrarme en la penumbra
con la paz de sus rostros.
Una vez aliviada la angustia
les tapo y les acaricio la frente.
Después me siento sobre la alfombra de los pelícanos
y me agarro con fuerza las rodillas. Y aguanto.
Bebo agua y disuelvo el puto velcro
que tengo pegado al fondo de la gruta de mi boca.
Me acuesto y trato de descifrarme
en el temblor que centellean los párpados
de mi compañera del alma. Y me doy cuenta
de que la ternura es la muesca
matérica del amor.
Me levanto de nuevo.
Me aterra dormirme.
Enciendo el ordenador.
Las cuentas no me cuadran.
La bandeja del correo está repleta de mierda,
de microcréditos, relojes, alargamiento de pene,
zumos que curan el COVID y te limpian la próstata,
y, por supuesto, la del del rey africano
que quiere donarte toda su fortuna.
De un salto la gata sube a mi escritorio
y mientras la acaricio le cuento
que alguien dijo que en el mundo cuántico
creamos la realidad observada.
Quizá este horrible fangal de correos
—como el resto de la amargura que me acompaña—
no sea más que un colapso consecuente con mi mala hostia.
Vuelvo a la cama. Me duermo.
Cruzo la puerta y allí está sentado aquel hijo de puta junto a mis hijos
con un semblante sorprendentemente amable,
sorprendentemente cómplice…,
como si los conociera de toda la vida.
Me tiro sobre él y le clavo las llaves en el rostro.
Se agarra la cara y aprovecho para rematarle con una silla.
Está inconsciente. Pero aún respira. Sabe dónde vivo.
¡Este hijo de puta sabe dónde vivo!
Encierro a mis niños en el cuarto
y lo tiro por la ventana,
pero el que precipita al vacío soy yo.
¡Y me despierto!
Cómo cansa resucitar cada mañana…
Antes de dormirme trato de convencer a mi yo soñador
de que no se abalance sobre ese tipo
que, al fin y al cabo, parece ser yo.
Pero no me hace ni puto caso,
hace caso al viejo de Freud,
y me mato de nuevo cada madrugada.
También le pido a mi yo vigilante
que no hace falta que haga el patético paripé
después de cada pesadilla,
pero sigo yendo vez tras vez al cuarto de los niños
a vender mi victimismo
de todo a cien.
Lo de las pestañas
y dramatizar con el sentido metafísico del SPAM
tiene un pase.
Hoy al despertarme tuve el pálpito
de que un as asomaba
por las mangas de este nuevo día.
De camino al colegio mis hijos
empezaron a tirarme de la gabardina.
—¡Mira, papá, aquella tapia!
Una faja descomunal de luz había rebasado los tejadillos
de ese singular edificio de dos plantas
proyectando al otro lado de la calle,
sobre el muro de ladrillo rojo,
las flechas dinámicas de las acacias
y los cuerpos de Giacometti de los viandantes.
Y no paraba de crecer a tiempo real, ¡aquí y ahora!
aquel bellísimo espectáculo otoñal de luces y sombras.
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.
Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe
Kalkbadan
En Madrid, a 6 de noviembre de 2021
Siempre la misma puta pesadilla.
Un hombre me sigue hasta el portal,
me suelta un puñetazo en la cara y caigo,
vas a perder lo que más quieres.
Gotas de sangre como semillas de granada
manchan mis manos.
En la siguiente escena estoy en el mercado.
He dejado a mis hijos solos en casa.
Paseo feliz entre puerros y tomates
cuando de pronto sueldo mi mirada
con la de aquel cabrón que me pegó.
Sale corriendo. Salgo tras él.
Le veo entrar en el portal.
Subo por las escaleras tieso como una pantera
y una vez llegado al rellano del cuarto piso
giro mi cuello
hacia la puerta
de casa.
¡Está abierta! De un salto me levanto de la cama
y cruzo el salón como en la peor de mis borracheras:
tropezando y pidiendo disculpas a los muebles.
Ya en el cuarto de mis hijos
me agacho y me elevo, entorno los ojos,
tratando de encontrarme en la penumbra
con la paz de sus rostros.
Una vez aliviada la angustia
les tapo y les acaricio la frente.
Después me siento sobre la alfombra de los pelícanos
y me agarro con fuerza las rodillas. Y aguanto.
Bebo agua y disuelvo el puto velcro
que tengo pegado al fondo de la gruta de mi boca.
Me acuesto y trato de descifrarme
en el temblor que centellean los párpados
de mi compañera del alma. Y me doy cuenta
de que la ternura es la muesca
matérica del amor.
Me levanto de nuevo.
Me aterra dormirme.
Enciendo el ordenador.
Las cuentas no me cuadran.
La bandeja del correo está repleta de mierda,
de microcréditos, relojes, alargamiento de pene,
zumos que curan el COVID y te limpian la próstata,
y, por supuesto, la del del rey africano
que quiere donarte toda su fortuna.
De un salto la gata sube a mi escritorio
y mientras la acaricio le cuento
que alguien dijo que en el mundo cuántico
creamos la realidad observada.
Quizá este horrible fangal de correos
—como el resto de la amargura que me acompaña—
no sea más que un colapso consecuente con mi mala hostia.
Vuelvo a la cama. Me duermo.
Cruzo la puerta y allí está sentado aquel hijo de puta junto a mis hijos
con un semblante sorprendentemente amable,
sorprendentemente cómplice…,
como si los conociera de toda la vida.
Me tiro sobre él y le clavo las llaves en el rostro.
Se agarra la cara y aprovecho para rematarle con una silla.
Está inconsciente. Pero aún respira. Sabe dónde vivo.
¡Este hijo de puta sabe dónde vivo!
Encierro a mis niños en el cuarto
y lo tiro por la ventana,
pero el que precipita al vacío soy yo.
¡Y me despierto!
Cómo cansa resucitar cada mañana…
Antes de dormirme trato de convencer a mi yo soñador
de que no se abalance sobre ese tipo
que, al fin y al cabo, parece ser yo.
Pero no me hace ni puto caso,
hace caso al viejo de Freud,
y me mato de nuevo cada madrugada.
También le pido a mi yo vigilante
que no hace falta que haga el patético paripé
después de cada pesadilla,
pero sigo yendo vez tras vez al cuarto de los niños
a vender mi victimismo
de todo a cien.
Lo de las pestañas
y dramatizar con el sentido metafísico del SPAM
tiene un pase.
Hoy al despertarme tuve el pálpito
de que un as asomaba
por las mangas de este nuevo día.
De camino al colegio mis hijos
empezaron a tirarme de la gabardina.
—¡Mira, papá, aquella tapia!
Una faja descomunal de luz había rebasado los tejadillos
de ese singular edificio de dos plantas
proyectando al otro lado de la calle,
sobre el muro de ladrillo rojo,
las flechas dinámicas de las acacias
y los cuerpos de Giacometti de los viandantes.
Y no paraba de crecer a tiempo real, ¡aquí y ahora!
aquel bellísimo espectáculo otoñal de luces y sombras.
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.
Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe
jugar bien a las cartas.
Kalkbadan
En Madrid, a 6 de noviembre de 2021
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