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Un as bajo la manga

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
UN AS BAJO LA MANGA

Siempre la misma puta pesadilla.
Un hombre me sigue hasta el portal,
me suelta un puñetazo en la cara y caigo,
vas a perder lo que más quieres.
Gotas de sangre como semillas de granada
manchan mis manos.
En la siguiente escena estoy en el mercado.
He dejado a mis hijos solos en casa.
Paseo feliz entre puerros y tomates
cuando de pronto sueldo mi mirada
con la de aquel cabrón que me pegó.
Sale corriendo. Salgo tras él.
Le veo entrar en el portal.
Subo por las escaleras tieso como una pantera
y una vez llegado al rellano del cuarto piso
giro mi cuello
hacia la puerta
de casa.
¡Está abierta! De un salto me levanto de la cama
y cruzo el salón como en la peor de mis borracheras:
tropezando y pidiendo disculpas a los muebles.
Ya en el cuarto de mis hijos
me agacho y me elevo, entorno los ojos,
tratando de encontrarme en la penumbra
con la paz de sus rostros.
Una vez aliviada la angustia
les tapo y les acaricio la frente.
Después me siento sobre la alfombra de los pelícanos
y me agarro con fuerza las rodillas. Y aguanto.
Bebo agua y disuelvo el puto velcro
que tengo pegado al fondo de la gruta de mi boca.
Me acuesto y trato de descifrarme
en el temblor que centellean los párpados
de mi compañera del alma. Y me doy cuenta
de que la ternura es la muesca
matérica del amor.
Me levanto de nuevo.
Me aterra dormirme.
Enciendo el ordenador.
Las cuentas no me cuadran.
La bandeja del correo está repleta de mierda,
de microcréditos, relojes, alargamiento de pene,
zumos que curan el COVID y te limpian la próstata,
y, por supuesto, la del del rey africano
que quiere donarte toda su fortuna.

De un salto la gata sube a mi escritorio
y mientras la acaricio le cuento
que alguien dijo que en el mundo cuántico
creamos la realidad observada.
Quizá este horrible fangal de correos
—como el resto de la amargura que me acompaña—
no sea más que un colapso consecuente con mi mala hostia.

Vuelvo a la cama. Me duermo.
Cruzo la puerta y allí está sentado aquel hijo de puta junto a mis hijos
con un semblante sorprendentemente amable,
sorprendentemente cómplice…,
como si los conociera de toda la vida.
Me tiro sobre él y le clavo las llaves en el rostro.
Se agarra la cara y aprovecho para rematarle con una silla.
Está inconsciente. Pero aún respira. Sabe dónde vivo.
¡Este hijo de puta sabe dónde vivo!
Encierro a mis niños en el cuarto
y lo tiro por la ventana,
pero el que precipita al vacío soy yo.
¡Y me despierto!
Cómo cansa resucitar cada mañana…

Antes de dormirme trato de convencer a mi yo soñador
de que no se abalance sobre ese tipo
que, al fin y al cabo, parece ser yo.
Pero no me hace ni puto caso,
hace caso al viejo de Freud,
y me mato de nuevo cada madrugada.
También le pido a mi yo vigilante
que no hace falta que haga el patético paripé
después de cada pesadilla,
pero sigo yendo vez tras vez al cuarto de los niños
a vender mi victimismo
de todo a cien.

Lo de las pestañas
y dramatizar con el sentido metafísico del SPAM
tiene un pase.

Hoy al despertarme tuve el pálpito
de que un as asomaba
por las mangas de este nuevo día.

De camino al colegio mis hijos
empezaron a tirarme de la gabardina.
—¡Mira, papá, aquella tapia!
Una faja descomunal de luz había rebasado los tejadillos
de ese singular edificio de dos plantas
proyectando al otro lado de la calle,
sobre el muro de ladrillo rojo,
las flechas dinámicas de las acacias
y los cuerpos de Giacometti de los viandantes.
Y no paraba de crecer a tiempo real, ¡aquí y ahora!
aquel bellísimo espectáculo otoñal de luces y sombras.
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.

Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe

jugar bien a las cartas.​


Kalkbadan
En Madrid, a 6 de noviembre de 2021
 
Última edición:
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.

Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe
jugar bien a las cartas.


Guardar algún as bajo la manga siempre es muy importante, hasta cuando a uno no se le dan mal o regular las cartas, y si encima somos capaces de apreciar alguna señal "divina" con buena música de fondo, es que no hemos perdido del todo la partida ;)
Siempre es un verdadero placer recorrer tus estupendos poemas realistas, Andreas. Mis felicitaciones y un abrazo grande, querido amigo.
 
Guardar algún as bajo la manga siempre es muy importante, hasta cuando a uno no se le dan mal o regular las cartas, y si encima somos capaces de apreciar alguna señal "divina" con buena música de fondo, es que no hemos perdido del todo la partida ;)
Siempre es un verdadero placer recorrer tus estupendos poemas realistas, Andreas. Mis felicitaciones y un abrazo grande, querido amigo.
¡Así es, querido Luis! Es muy fácil desmoronarse en el tedio y justificarnos en el alivio revisionista de la queja.
A veces las señales de la vida son evidentes, pero ofuscados como vamos con la barbilla bien encajada en el pecho las dejamos pasar.
Y así se nos puede escapar una vida entera con cara de gilipollas sin saber muy bien por qué.
En más de una ocasión nos hemos comentado aquello de que no tiene mucho perdón no jugar la partida teniendo cartas de sobra en la mano.
¡Un abrazo fuerte, compañero!
 
Última edición:
UN AS BAJO LA MANGA

Siempre la misma puta pesadilla.
Un hombre me sigue hasta el portal,
me suelta un puñetazo en la cara y caigo,
vas a perder lo que más quieres.
Gotas de sangre como semillas de granada
manchan mis manos.
En la siguiente escena estoy en el mercado.
He dejado a mis hijos solos en casa.
Paseo feliz entre puerros y tomates
cuando de pronto sueldo mi mirada
con la de aquel cabrón que me pegó.
Sale corriendo. Salgo tras él.
Le veo entrar en el portal.
Subo por las escaleras tieso como una pantera
y una vez llegado al rellano del cuarto piso
giro mi cuello
hacia la puerta
de casa.
¡Está abierta! De un salto me levanto de la cama
y cruzo el salón como en la peor de mis borracheras:
tropezando y pidiendo disculpas a los muebles.
Ya en el cuarto de mis hijos
me agacho y me elevo, entorno los ojos,
tratando de encontrarme en la penumbra
con la paz de sus rostros.
Una vez aliviada la angustia
les tapo y les acaricio la frente.
Después me siento sobre la alfombra de los pelícanos
y me agarro con fuerza las rodillas. Y aguanto.
Bebo agua y disuelvo el puto velcro
que tengo pegado al fondo de la gruta de mi boca.
Me acuesto y trato de descifrarme
en el temblor que centellean los párpados
de mi compañera del alma. Y me doy cuenta
de que la ternura es la muesca
matérica del amor.
Me levanto de nuevo.
Me aterra dormirme.
Enciendo el ordenador.
Las cuentas no me cuadran.
La bandeja del correo está repleta de mierda,
de microcréditos, relojes, alargamiento de pene,
zumos que curan el COVID y te limpian la próstata,
y, por supuesto, la del del rey africano
que quiere donarte toda su fortuna.

De un salto la gata sube a mi escritorio
y mientras la acaricio le cuento
que alguien dijo que en el mundo cuántico
creamos la realidad observada.
Quizá este horrible fangal de correos
—como el resto de la amargura que me acompaña—
no sea más que un colapso consecuente con mi mala hostia.

Vuelvo a la cama. Me duermo.
Cruzo la puerta y allí está sentado aquel hijo de puta junto a mis hijos
con un semblante sorprendentemente amable,
sorprendentemente cómplice…,
como si los conociera de toda la vida.
Me tiro sobre él y le clavo las llaves en el rostro.
Se agarra la cara y aprovecho para rematarle con una silla.
Está inconsciente. Pero aún respira. Sabe dónde vivo.
¡Este hijo de puta sabe dónde vivo!
Encierro a mis niños en el cuarto
y lo tiro por la ventana,
pero el que precipita al vacío soy yo.
¡Y me despierto!
Cómo cansa resucitar cada mañana…

Antes de dormirme trato de convencer a mi yo soñador
de que no se abalance sobre ese tipo
que, al fin y al cabo, parece ser yo.
Pero no me hace ni puto caso,
hace caso al viejo de Freud,
y me mato de nuevo cada madrugada.
También le pido a mi yo vigilante
que no hace falta que haga el patético paripé
después de cada pesadilla,
pero sigo yendo vez tras vez al cuarto de los niños
a vender mi victimismo
de todo a cien.

Lo de las pestañas
y dramatizar con el sentido metafísico del SPAM
tiene un pase.

Hoy al despertarme tuve el pálpito
de que un as asomaba
por las mangas de este nuevo día.

De camino al colegio mis hijos
empezaron a tirarme de la gabardina.
—¡Mira, papá, aquella tapia!
Una faja descomunal de luz había rebasado los tejadillos
de ese singular edificio de dos plantas
proyectando al otro lado de la calle,
sobre el muro de ladrillo rojo,
las flechas dinámicas de las acacias
y los cuerpos de Giacometti de los viandantes.
Y no paraba de crecer a tiempo real, ¡aquí y ahora!
aquel bellísimo espectáculo otoñal de luces y sombras.
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.

Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe
jugar bien a las cartas.

Kalkbadan
En Madrid, a 6 de noviembre de 2021
En mi sueño recurrente veo a mis hijos clavados en esa edad en que salí cascando por la puerta. Un abrazo, kalkbadan.
 
UN AS BAJO LA MANGA

Siempre la misma puta pesadilla.
Un hombre me sigue hasta el portal,
me suelta un puñetazo en la cara y caigo,
vas a perder lo que más quieres.
Gotas de sangre como semillas de granada
manchan mis manos.
En la siguiente escena estoy en el mercado.
He dejado a mis hijos solos en casa.
Paseo feliz entre puerros y tomates
cuando de pronto sueldo mi mirada
con la de aquel cabrón que me pegó.
Sale corriendo. Salgo tras él.
Le veo entrar en el portal.
Subo por las escaleras tieso como una pantera
y una vez llegado al rellano del cuarto piso
giro mi cuello
hacia la puerta
de casa.
¡Está abierta! De un salto me levanto de la cama
y cruzo el salón como en la peor de mis borracheras:
tropezando y pidiendo disculpas a los muebles.
Ya en el cuarto de mis hijos
me agacho y me elevo, entorno los ojos,
tratando de encontrarme en la penumbra
con la paz de sus rostros.
Una vez aliviada la angustia
les tapo y les acaricio la frente.
Después me siento sobre la alfombra de los pelícanos
y me agarro con fuerza las rodillas. Y aguanto.
Bebo agua y disuelvo el puto velcro
que tengo pegado al fondo de la gruta de mi boca.
Me acuesto y trato de descifrarme
en el temblor que centellean los párpados
de mi compañera del alma. Y me doy cuenta
de que la ternura es la muesca
matérica del amor.
Me levanto de nuevo.
Me aterra dormirme.
Enciendo el ordenador.
Las cuentas no me cuadran.
La bandeja del correo está repleta de mierda,
de microcréditos, relojes, alargamiento de pene,
zumos que curan el COVID y te limpian la próstata,
y, por supuesto, la del del rey africano
que quiere donarte toda su fortuna.

De un salto la gata sube a mi escritorio
y mientras la acaricio le cuento
que alguien dijo que en el mundo cuántico
creamos la realidad observada.
Quizá este horrible fangal de correos
—como el resto de la amargura que me acompaña—
no sea más que un colapso consecuente con mi mala hostia.

Vuelvo a la cama. Me duermo.
Cruzo la puerta y allí está sentado aquel hijo de puta junto a mis hijos
con un semblante sorprendentemente amable,
sorprendentemente cómplice…,
como si los conociera de toda la vida.
Me tiro sobre él y le clavo las llaves en el rostro.
Se agarra la cara y aprovecho para rematarle con una silla.
Está inconsciente. Pero aún respira. Sabe dónde vivo.
¡Este hijo de puta sabe dónde vivo!
Encierro a mis niños en el cuarto
y lo tiro por la ventana,
pero el que precipita al vacío soy yo.
¡Y me despierto!
Cómo cansa resucitar cada mañana…

Antes de dormirme trato de convencer a mi yo soñador
de que no se abalance sobre ese tipo
que, al fin y al cabo, parece ser yo.
Pero no me hace ni puto caso,
hace caso al viejo de Freud,
y me mato de nuevo cada madrugada.
También le pido a mi yo vigilante
que no hace falta que haga el patético paripé
después de cada pesadilla,
pero sigo yendo vez tras vez al cuarto de los niños
a vender mi victimismo
de todo a cien.

Lo de las pestañas
y dramatizar con el sentido metafísico del SPAM
tiene un pase.

Hoy al despertarme tuve el pálpito
de que un as asomaba
por las mangas de este nuevo día.

De camino al colegio mis hijos
empezaron a tirarme de la gabardina.
—¡Mira, papá, aquella tapia!
Una faja descomunal de luz había rebasado los tejadillos
de ese singular edificio de dos plantas
proyectando al otro lado de la calle,
sobre el muro de ladrillo rojo,
las flechas dinámicas de las acacias
y los cuerpos de Giacometti de los viandantes.
Y no paraba de crecer a tiempo real, ¡aquí y ahora!
aquel bellísimo espectáculo otoñal de luces y sombras.
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.

Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe
jugar bien a las cartas.

Kalkbadan
En Madrid, a 6 de noviembre de 2021

Bueno; toca comentar…, mate por medio, ya que es una lectura extensa. Espero no excederme con la yerba jejeeje

¡Tú sabes que escribes bien compañero? Pues si crees eso, no sabes nada, pues no escribes bien. Escribes de lujo :D


Ahora este poema, esta prosa… si desarmáramos esa estructura de versos, bien sería un estupendo cuento pues tiene todo lo que necesita una narración. Y claro la sintaxis, la gramática es excelente y no es un menor detalle. Porque leyendo otros textos muchas veces uno tiende a tropezarse en la lectura… Para nada ocurre en esta, su fluidez es óptima como tiene que ser una narrativa que permita enganchar al lector.
Tiene principio, nudo y desenlace, y claro hasta sugiere sorpresa.

Ya este tipo de lecturas a mí me gustaría más en formato de prosa… porque yo soy medio ET por así decirlo, :P y un poema se lee, se asimila de una forma y un cuento de otro forma. No obstante también tiene inserciones muy poéticas que no siempre caben en el cuento Y eso le da un toque muy lírico que no siempre es fácil de manejar en la narración.

Como sea, es una excelente obra que incluso “más allá de su extensión” en el final te deja con sabor a querer más. Y, claro, eso no siempre se consigue.
Un abrazo compañero. Sigue por el que camino de las letras que te necesitamos como lectores.
 
Bueno; toca comentar…, mate por medio, ya que es una lectura extensa. Espero no excederme con la yerba jejeeje

¡Tú sabes que escribes bien compañero? Pues si crees eso, no sabes nada, pues no escribes bien. Escribes de lujo :D


Ahora este poema, esta prosa… si desarmáramos esa estructura de versos, bien sería un estupendo cuento pues tiene todo lo que necesita una narración. Y claro la sintaxis, la gramática es excelente y no es un menor detalle. Porque leyendo otros textos muchas veces uno tiende a tropezarse en la lectura… Para nada ocurre en esta, su fluidez es óptima como tiene que ser una narrativa que permita enganchar al lector.
Tiene principio, nudo y desenlace, y claro hasta sugiere sorpresa.

Ya este tipo de lecturas a mí me gustaría más en formato de prosa… porque yo soy medio ET por así decirlo, :p y un poema se lee, se asimila de una forma y un cuento de otro forma. No obstante también tiene inserciones muy poéticas que no siempre caben en el cuento Y eso le da un toque muy lírico que no siempre es fácil de manejar en la narración.

Como sea, es una excelente obra que incluso “más allá de su extensión” en el final te deja con sabor a querer más. Y, claro, eso no siempre se consigue.
Un abrazo compañero. Sigue por el que camino de las letras que te necesitamos como lectores.

¡Amigo, Danie! Eres muy generoso conmigo, compañero.
Me alegra mucho la buena opinión que tienes del texto. Es un gustazo recibir comentarios tan estimulantes como los vuestros. Me permiten calibrar, baremar, mis propias impresiones, y es que es muy difícil ser juez y parte.
Volvemos al tema apasionante poesía/prosa que tratamos con «Mal». Comparto plenamente contigo en que este texto resulta muy prosaico, más encasillable en un cuento que en un poema, a pesar de las «inserciones poéticas» que intentan aliviar y revertir ese rasgo predominante de la prosa. Me resulta muy interesante reflexionar acerca de si estos esquejes poéticos dentro del relato extenso podrían dejar como resultado algo parecido a un poema; lo veo difícil. Recuerdo un texto de estructura similar a este que escribí en su día, «La ruina y el vuelo de las gaviotas», que igualmente llevaba el lirismo en el cierre tratando de recuperar el poema perdido.
Pues nada, querido, que muchas gracias por pasar. ¡Un abrazo y buena semana!
 
Bueno; toca comentar…, mate por medio, ya que es una lectura extensa. Espero no excederme con la yerba jejeeje

¡Tú sabes que escribes bien compañero? Pues si crees eso, no sabes nada, pues no escribes bien. Escribes de lujo :D


Ahora este poema, esta prosa… si desarmáramos esa estructura de versos, bien sería un estupendo cuento pues tiene todo lo que necesita una narración. Y claro la sintaxis, la gramática es excelente y no es un menor detalle. Porque leyendo otros textos muchas veces uno tiende a tropezarse en la lectura… Para nada ocurre en esta, su fluidez es óptima como tiene que ser una narrativa que permita enganchar al lector.
Tiene principio, nudo y desenlace, y claro hasta sugiere sorpresa.

Ya este tipo de lecturas a mí me gustaría más en formato de prosa… porque yo soy medio ET por así decirlo, :p y un poema se lee, se asimila de una forma y un cuento de otro forma. No obstante también tiene inserciones muy poéticas que no siempre caben en el cuento Y eso le da un toque muy lírico que no siempre es fácil de manejar en la narración.

Como sea, es una excelente obra que incluso “más allá de su extensión” en el final te deja con sabor a querer más. Y, claro, eso no siempre se consigue.
Un abrazo compañero. Sigue por el que camino de las letras que te necesitamos como lectores.


Es que, Danie, escribir un poema-relato realista muy largo, y mantener la identidad de poema sin caer en la prosa poética (o narrativa poética) en ningún momento creo que es una de las cosas más difíciles en este arte.
Para mi gusto, Andreas (Kalkbadán) lo hace muy bien, pero claro, construir una de estas obras en versos "naturales" de principio a fin es muy jodido y laborioso; incluso grandes autores especialistas en este tipo de poesía no pueden evitar "meter por medio" alguna/s parte/s de prosa.

Te dejo un enlace de, para mí, un monstruo de esta clase de poema realista. Creo que te va a gustar y leyéndole con detenimiento se aprende mucho. Un abrazo amigo.
http://www.mundopoesia.com/foros/temas/manuel-vilas-7-poemas.726036/
 
UN AS BAJO LA MANGA

Siempre la misma puta pesadilla.
Un hombre me sigue hasta el portal,
me suelta un puñetazo en la cara y caigo,
vas a perder lo que más quieres.
Gotas de sangre como semillas de granada
manchan mis manos.
En la siguiente escena estoy en el mercado.
He dejado a mis hijos solos en casa.
Paseo feliz entre puerros y tomates
cuando de pronto sueldo mi mirada
con la de aquel cabrón que me pegó.
Sale corriendo. Salgo tras él.
Le veo entrar en el portal.
Subo por las escaleras tieso como una pantera
y una vez llegado al rellano del cuarto piso
giro mi cuello
hacia la puerta
de casa.
¡Está abierta! De un salto me levanto de la cama
y cruzo el salón como en la peor de mis borracheras:
tropezando y pidiendo disculpas a los muebles.
Ya en el cuarto de mis hijos
me agacho y me elevo, entorno los ojos,
tratando de encontrarme en la penumbra
con la paz de sus rostros.
Una vez aliviada la angustia
les tapo y les acaricio la frente.
Después me siento sobre la alfombra de los pelícanos
y me agarro con fuerza las rodillas. Y aguanto.
Bebo agua y disuelvo el puto velcro
que tengo pegado al fondo de la gruta de mi boca.
Me acuesto y trato de descifrarme
en el temblor que centellean los párpados
de mi compañera del alma. Y me doy cuenta
de que la ternura es la muesca
matérica del amor.
Me levanto de nuevo.
Me aterra dormirme.
Enciendo el ordenador.
Las cuentas no me cuadran.
La bandeja del correo está repleta de mierda,
de microcréditos, relojes, alargamiento de pene,
zumos que curan el COVID y te limpian la próstata,
y, por supuesto, la del del rey africano
que quiere donarte toda su fortuna.

De un salto la gata sube a mi escritorio
y mientras la acaricio le cuento
que alguien dijo que en el mundo cuántico
creamos la realidad observada.
Quizá este horrible fangal de correos
—como el resto de la amargura que me acompaña—
no sea más que un colapso consecuente con mi mala hostia.

Vuelvo a la cama. Me duermo.
Cruzo la puerta y allí está sentado aquel hijo de puta junto a mis hijos
con un semblante sorprendentemente amable,
sorprendentemente cómplice…,
como si los conociera de toda la vida.
Me tiro sobre él y le clavo las llaves en el rostro.
Se agarra la cara y aprovecho para rematarle con una silla.
Está inconsciente. Pero aún respira. Sabe dónde vivo.
¡Este hijo de puta sabe dónde vivo!
Encierro a mis niños en el cuarto
y lo tiro por la ventana,
pero el que precipita al vacío soy yo.
¡Y me despierto!
Cómo cansa resucitar cada mañana…

Antes de dormirme trato de convencer a mi yo soñador
de que no se abalance sobre ese tipo
que, al fin y al cabo, parece ser yo.
Pero no me hace ni puto caso,
hace caso al viejo de Freud,
y me mato de nuevo cada madrugada.
También le pido a mi yo vigilante
que no hace falta que haga el patético paripé
después de cada pesadilla,
pero sigo yendo vez tras vez al cuarto de los niños
a vender mi victimismo
de todo a cien.

Lo de las pestañas
y dramatizar con el sentido metafísico del SPAM
tiene un pase.

Hoy al despertarme tuve el pálpito
de que un as asomaba
por las mangas de este nuevo día.

De camino al colegio mis hijos
empezaron a tirarme de la gabardina.
—¡Mira, papá, aquella tapia!
Una faja descomunal de luz había rebasado los tejadillos
de ese singular edificio de dos plantas
proyectando al otro lado de la calle,
sobre el muro de ladrillo rojo,
las flechas dinámicas de las acacias
y los cuerpos de Giacometti de los viandantes.
Y no paraba de crecer a tiempo real, ¡aquí y ahora!
aquel bellísimo espectáculo otoñal de luces y sombras.
Sonaba en mi interior «Wild is de wind»
con la voz celestial de David Bowie…
—Papá, ¿qué te pasa?
Nada, que cuando las señales del mundo
se hacen invisibles a los ojos
es que el tiempo muerto te ha ganado la partida.

Efectivamente tenía un as bajo la manga,
pero es que nunca supe

jugar bien a las cartas.​


Kalkbadan
En Madrid, a 6 de noviembre de 2021
Waaaooo. Qué bien escribes. Es un escrito largo que uno quiere seguir leyendo para ver en qué termina la trama. Me gustó mucho. Esa manera como describes los sueños, las persecuciones en cada uno y la preocupación por los niños una y otra vez y ese momento repetitivo de cada despertar y continuar vivo... Es tremendo trabajo. Atrapante y bien escrito. Felicitaciones. Ya soy tu fan.
Saludos con todo mi respeto.
 

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