Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
¿HEMOS MUERTO?
Asidos al sillón nos reinventábamos. El obituario,
sin embargo, entonaba nuestros nombres. Barajándonos,
entre historias y bebidas, los canales de paga reescribían nuestros credos.
Y éramos en las órbitas del hielo, genios sentenciando a Hiroshima y Nagasaki.
Unánimes movíamos la boca, acariciábamos rituales,
encriptábamos mensajes entre notas conocidas. Y mejores tiempos
regresaban con miedos digitales, resumiendo
nuestras íntimas versiones entre rápidas comidas.
Nos violentábamos en un rock; y en el revés de una balada
en shock nos desdecíamos. (A veces desde lejos, reclamaban los cuerpos
del delito, otros cuerpos donde anclar su nombre).
Miopes las distancias, ignoraban las distancias…, entonces, temblaban las lunas
de plutonio en nuestras manos, los jardines de Chernóbil,
la hiedra de los dióxidos, monóxidos y anhídridos,
cegándonos. Acarreábamos amigos, llenábamos la sala,
nos creíamos vivos entre espectros y por tantos.
Y en los pies acaecidos, lo impreciso. Ojalá cien años no fuesen sólo un siglo
o los días no tartamudearan tanto el frío... Sin noticias,
sin candelas, sin héroes de guerra, éramos huérfanos, dudando en las esquinas
la veracidad de las cosas que aseveraban nuestros pasos. Mientras tanto,
el alumbrado eléctrico se aplicaba en inculparnos.
Incluso, sin los eslabones conocidos de esta estirpe
que croa en cualquier charco, heridos de muerte
seríamos esto que seríamos: cómplices contritos
de la evolución de los políticos, desde temerarios aprendices
de Houdini a astrofísicos.
Y nosotros queriendo creer que todo lo sabíamos, buscando techo
como moscas cansadas del peligro, haciendo patria en las esquinas,
cercando territorios en el hueco de las manos.
Al fin, pudimos conjugarnos de acuerdo a los indicios:
yo he muerto, tú has muerto, hemos muerto.
Asidos al sillón nos reinventábamos. El obituario,
sin embargo, entonaba nuestros nombres. Barajándonos,
entre historias y bebidas, los canales de paga reescribían nuestros credos.
Y éramos en las órbitas del hielo, genios sentenciando a Hiroshima y Nagasaki.
Unánimes movíamos la boca, acariciábamos rituales,
encriptábamos mensajes entre notas conocidas. Y mejores tiempos
regresaban con miedos digitales, resumiendo
nuestras íntimas versiones entre rápidas comidas.
Nos violentábamos en un rock; y en el revés de una balada
en shock nos desdecíamos. (A veces desde lejos, reclamaban los cuerpos
del delito, otros cuerpos donde anclar su nombre).
Miopes las distancias, ignoraban las distancias…, entonces, temblaban las lunas
de plutonio en nuestras manos, los jardines de Chernóbil,
la hiedra de los dióxidos, monóxidos y anhídridos,
cegándonos. Acarreábamos amigos, llenábamos la sala,
nos creíamos vivos entre espectros y por tantos.
Y en los pies acaecidos, lo impreciso. Ojalá cien años no fuesen sólo un siglo
o los días no tartamudearan tanto el frío... Sin noticias,
sin candelas, sin héroes de guerra, éramos huérfanos, dudando en las esquinas
la veracidad de las cosas que aseveraban nuestros pasos. Mientras tanto,
el alumbrado eléctrico se aplicaba en inculparnos.
Incluso, sin los eslabones conocidos de esta estirpe
que croa en cualquier charco, heridos de muerte
seríamos esto que seríamos: cómplices contritos
de la evolución de los políticos, desde temerarios aprendices
de Houdini a astrofísicos.
Y nosotros queriendo creer que todo lo sabíamos, buscando techo
como moscas cansadas del peligro, haciendo patria en las esquinas,
cercando territorios en el hueco de las manos.
Al fin, pudimos conjugarnos de acuerdo a los indicios:
yo he muerto, tú has muerto, hemos muerto.
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