Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Érase una vez una luna de barrio,
luna en los charcos que escribe el invierno en los malos caminos.
Cegaban los faros su facha de niña, cuando las cenicientas renegaban
tres veces después de los gallos. Sus ojos de sueño
desertando en la esquina, los ojos ajenos escaldando su espalda.
Y la luna era sol de una noche cualquiera, vagando en las góndolas
de cualquier barrizal, salpicando ventanas con tacones muy altos
– estribillo cansino del fin de semana –. Mientras los viejos Garrick,
sin consuelo, sumaban otra ronda de cervezas vacías.
Contaba adeptos, como se cuentan los días – sin más, sin remedio –,
al culto pagano de la verdad en los cuerpos. La adicción a sus labios
acicalaba quimeras, con los blandos relojes que profesaba Dalí.
Luego, dibujando un corazón con el dedo, en el espacio-tiempo decía:
“amor, ha pasado la hora”. El ángel que en el ser escarpado hace nido
se desangraba flechado, con la coherencia de un cupido tatuado en la pelvis;
y el pobre diablo afirmaba: “amor, en la mañana te llamo”.
Y ella, en su dicha o desdicha, o en su dichosa manera de ser desdichada,
se complacía en rimar las tristezas sonriendo de lado.
En el afán cuesta arriba forjaba su patria, sumando infelices
sin revelar resultados; y a la reacción en cadena,
los santos so pena de juicio, eyaculando promesas, rogaban.
Sus ojos giraban en el paisaje prohibido de todas sus copas.
Sin embargo, en su risa despuntaban palacios por la orilla del río,
donde los sicarios son llamados filántropos.
Cuando oscilaba el silencio en los sueños pasados,
ella ansiaba los besos que desdeña el negocio.
Vestida del luto que agobia las horas,
exhumaba al príncipe azul de las miradas ajenas,
que la llamara señora
y le susurrara al oído la niña del barro que enmienda castillos.
Así, en el cuenco que suma los pasos, renovaba razones
para seguir la partida. Mientras en el edénico ritual de las transas,
seguía cubriendo vergüenzas con algún Kama Sutra.
El tiempo seguía cayendo tras sus ángeles negros.
Cual dama que sueña en el teatro que anuncian su nombre,
prometía combos y mejores descuentos
con la luz de reserva de la gloria en sus piernas y un carril en la media.
Al final caperuza no cabía en el sermón que la libra del lobo,
ni en el sueño latino de algún forastero.
Luna que mengua, que se ahoga en el hueco después de sí misma,
donde un niño llora en su cuna de luna, otra luna que muere.
luna en los charcos que escribe el invierno en los malos caminos.
Cegaban los faros su facha de niña, cuando las cenicientas renegaban
tres veces después de los gallos. Sus ojos de sueño
desertando en la esquina, los ojos ajenos escaldando su espalda.
Y la luna era sol de una noche cualquiera, vagando en las góndolas
de cualquier barrizal, salpicando ventanas con tacones muy altos
– estribillo cansino del fin de semana –. Mientras los viejos Garrick,
sin consuelo, sumaban otra ronda de cervezas vacías.
Contaba adeptos, como se cuentan los días – sin más, sin remedio –,
al culto pagano de la verdad en los cuerpos. La adicción a sus labios
acicalaba quimeras, con los blandos relojes que profesaba Dalí.
Luego, dibujando un corazón con el dedo, en el espacio-tiempo decía:
“amor, ha pasado la hora”. El ángel que en el ser escarpado hace nido
se desangraba flechado, con la coherencia de un cupido tatuado en la pelvis;
y el pobre diablo afirmaba: “amor, en la mañana te llamo”.
Y ella, en su dicha o desdicha, o en su dichosa manera de ser desdichada,
se complacía en rimar las tristezas sonriendo de lado.
En el afán cuesta arriba forjaba su patria, sumando infelices
sin revelar resultados; y a la reacción en cadena,
los santos so pena de juicio, eyaculando promesas, rogaban.
Sus ojos giraban en el paisaje prohibido de todas sus copas.
Sin embargo, en su risa despuntaban palacios por la orilla del río,
donde los sicarios son llamados filántropos.
Cuando oscilaba el silencio en los sueños pasados,
ella ansiaba los besos que desdeña el negocio.
Vestida del luto que agobia las horas,
exhumaba al príncipe azul de las miradas ajenas,
que la llamara señora
y le susurrara al oído la niña del barro que enmienda castillos.
Así, en el cuenco que suma los pasos, renovaba razones
para seguir la partida. Mientras en el edénico ritual de las transas,
seguía cubriendo vergüenzas con algún Kama Sutra.
El tiempo seguía cayendo tras sus ángeles negros.
Cual dama que sueña en el teatro que anuncian su nombre,
prometía combos y mejores descuentos
con la luz de reserva de la gloria en sus piernas y un carril en la media.
Al final caperuza no cabía en el sermón que la libra del lobo,
ni en el sueño latino de algún forastero.
Luna que mengua, que se ahoga en el hueco después de sí misma,
donde un niño llora en su cuna de luna, otra luna que muere.