Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
-Voy a contarte un cuento, pero me tienes que ayudar.
-¿Yo?, si solo soy un niño.
-Y qué mejor que serlo para inventar. Tienes que saber que este cuento tiene que ver con la luna.
-¿Y con las estrellas?
-También. ¿Tú has estado en la luna alguna vez?
-No sé.
-No importa. Este cuento es entre tú y yo. ¿Empiezo?
-Vale.
-Érase una vez un niño que aterrizó en la Tierra; desnudo, despistado, casi mudo… y digo casi porque llorar es como hablar, pero en otro idioma.
-Yo ya no lloro.
-Tuvo suerte porque, al poner un pie en este mundo, descubrió que era un jardín: primero de toallas, después de sábanas, luego de césped y musgo. Fue creciendo, poco a poco, contando los dedos de una mano…
-Yo ya tengo más de una mano.
-Más tarde utilizó las dos manos para sumar sus cumpleaños mientras todos soplaban sobre una tarta y aplaudían.
-Mañana es mi cumpleaños.
-No sé.
-Sí
-Bueno, el caso es que: No dejaba de crecer, y aprendió que la luna no era una estrella y que las estrellas no se podían tocar con las manos. Pero imaginó que entre la luna y las estrellas existía un camino en forma de arco iris visible por la noche y…
-Eso lo he imaginado yo.
-...Y cuando los mayores le decían que tenía que irse a dormir, se montaba en uno de sus arcos y viajaba.
-¿Tú también has viajado por esos colores?
-Sí, hace mucho, pero no lo recuerdo. Tú me ayudarás a recordar.
-Vale.
-En ese camino encontraba su primer peluche, hablaba con su amigo imaginario y se escabullía de los problemas…
-¿Qué es escabullía?
-Es como escaparse sin que nadie se dé cuenta. En este caso “nadie” son los problemas o la gente mayor. Los mayores creen que los niños no tienen problemas; pero los problemas pequeños en gente pequeña son de la misma altura que los problemas grandes en gente grande.
-Es verdad.
-¿Tú crees?
-Sí, pero yo tengo un problema más grande porque me enamoré de la señorita.
-¿De la profesora?
-Sí, es muy grande. Pero no se lo digas a nadie.
-No lo diré. Volvamos al cuento: También lo acompañaba en sus viajes su maestra de escuela. Lo cogía de la mano y le enseñaba a distinguir las tonalidades del azul al amarillo, del rojo al rosa, del gris al blanco… y del verde. También le enseñaba a contar con los amigos, a distinguir miradas, a sumar las buenas y restarle cuatro.
-¿Cuatro qué?
-Cuatro miradas de esas que no vale la pena ver. Se podría decir que en sus sueños mandaba él, y no era necesario estar dormido.
-¿Si estás despierto cuando piensas en esas cosas es como estar soñando?
-Por supuesto. Además, si eres, o estás despierto, puedes manejar mejor el sueño.
-La verdad es que yo ya no pienso mucho en la luna y las estrellas y esas cosas. En mis sueños muchas veces voy en bicicleta y no es de noche, y no estoy dormido.
-Cuando creció unos cuantos dedos más, imaginó otros caminos, cambió el arcoíris por una bicicleta y jugó con su sombra por parajes secretos, recorriendo senderos y atravesando ríos. Por el día el sol era testigo, por la noche seguían siendo la luna y las estrellas sus confidentes.
-¿Sabes?, mi amigo Juan Carlos ya tiene una bicicleta, y va muy deprisa. No me la deja porque dice que yo no sé ir en bicicleta.
-¿Y sabes?
-No.
-¿Sigo?
-Sí.
-En alguna de sus aventuras le acompañaba su mejor amigo; le cedía un hueco en su pensamiento y compartía los peligros que iba imaginando sin miedo, porque los peligros aparecían y desaparecían cuando él quería.
-Yo no tengo miedo. Algunas veces hemos bajado al viejo molino, los dos, y nos hemos metido por las cuevas del agua… No se lo digas a la mama.
-No se lo diré. ¿No tienes sueño aun?
-No.
-Si se veían acorralados, podían hacer que sus bicicletas volaran y los devolvieran al mundo real; con una mesa, dos sillas y un par de tazas de chocolate.
-Ayer nos preparó la mama chocolate a la vuelta del colegio. ¡Qué bueno estaba! Y para mañana ha preparado una tarta. Recuerda que mañana es mi cumpleaños.
-Sí, lo dijiste hace un rato.
-…Y vendrá Juan Carlos, unos amigos y la señorita.
-Pues tendrás que pensar en dormirte. Mañana va a ser un gran día.
-Pero, ¿y el cuento?
-¿Cuando lo terminemos te dormirás?
-Sí.
-El niño siguió creciendo, pronto dejó de contar sus años con dos manos y, como no tenía tres, empezó a contarlos mentalmente.
Una noche, jugando con sus sueños, se durmió y en la oscuridad de la noche conoció el miedo. Cuando quiso darse cuenta se vio perdido en la cara oculta de la luna y, como no estaba despierto, no supo hacia dónde dirigirse. Fue entonces cuando el sol le hizo un guiño, iluminando la oscuridad lunar, y él recordó que en otro tiempo las estrellas conocían los caminos de vuelta a la Tierra, que la luna era su amiga y que ese rayo de luz sería suficiente. En aquel preciso momento dio un salto y se subió en un arco de colores y allí encontró a su amigo imaginario, a su primer peluche, a su maestra de escuela y a su mejor amigo.
Despertó entonces y comprobó, lleno de felicidad, que le envolvían unas sábanas que olían a flores y que por la ventana le esperaba un sol. Se asomó y comprobó que era el mismo sol que le había devuelto a casa y que iluminaba un jardín de césped y musgo…
-¿Fue una pesadilla?
- Sí. Una pequeña de esas que nos pillan desprevenidos, pero que le ayudó a dormir tranquilo muchas, muchas, noches al enseñarle que siempre hay a dónde volver y un lugar en donde nos esperan.
-Ahhhhh…
-Al día siguiente, apoyada en un árbol del jardín, había una bicicleta nueva.
Buenas noches.
-¿Yo?, si solo soy un niño.
-Y qué mejor que serlo para inventar. Tienes que saber que este cuento tiene que ver con la luna.
-¿Y con las estrellas?
-También. ¿Tú has estado en la luna alguna vez?
-No sé.
-No importa. Este cuento es entre tú y yo. ¿Empiezo?
-Vale.
-Érase una vez un niño que aterrizó en la Tierra; desnudo, despistado, casi mudo… y digo casi porque llorar es como hablar, pero en otro idioma.
-Yo ya no lloro.
-Tuvo suerte porque, al poner un pie en este mundo, descubrió que era un jardín: primero de toallas, después de sábanas, luego de césped y musgo. Fue creciendo, poco a poco, contando los dedos de una mano…
-Yo ya tengo más de una mano.
-Más tarde utilizó las dos manos para sumar sus cumpleaños mientras todos soplaban sobre una tarta y aplaudían.
-Mañana es mi cumpleaños.
-No sé.
-Sí
-Bueno, el caso es que: No dejaba de crecer, y aprendió que la luna no era una estrella y que las estrellas no se podían tocar con las manos. Pero imaginó que entre la luna y las estrellas existía un camino en forma de arco iris visible por la noche y…
-Eso lo he imaginado yo.
-...Y cuando los mayores le decían que tenía que irse a dormir, se montaba en uno de sus arcos y viajaba.
-¿Tú también has viajado por esos colores?
-Sí, hace mucho, pero no lo recuerdo. Tú me ayudarás a recordar.
-Vale.
-En ese camino encontraba su primer peluche, hablaba con su amigo imaginario y se escabullía de los problemas…
-¿Qué es escabullía?
-Es como escaparse sin que nadie se dé cuenta. En este caso “nadie” son los problemas o la gente mayor. Los mayores creen que los niños no tienen problemas; pero los problemas pequeños en gente pequeña son de la misma altura que los problemas grandes en gente grande.
-Es verdad.
-¿Tú crees?
-Sí, pero yo tengo un problema más grande porque me enamoré de la señorita.
-¿De la profesora?
-Sí, es muy grande. Pero no se lo digas a nadie.
-No lo diré. Volvamos al cuento: También lo acompañaba en sus viajes su maestra de escuela. Lo cogía de la mano y le enseñaba a distinguir las tonalidades del azul al amarillo, del rojo al rosa, del gris al blanco… y del verde. También le enseñaba a contar con los amigos, a distinguir miradas, a sumar las buenas y restarle cuatro.
-¿Cuatro qué?
-Cuatro miradas de esas que no vale la pena ver. Se podría decir que en sus sueños mandaba él, y no era necesario estar dormido.
-¿Si estás despierto cuando piensas en esas cosas es como estar soñando?
-Por supuesto. Además, si eres, o estás despierto, puedes manejar mejor el sueño.
-La verdad es que yo ya no pienso mucho en la luna y las estrellas y esas cosas. En mis sueños muchas veces voy en bicicleta y no es de noche, y no estoy dormido.
-Cuando creció unos cuantos dedos más, imaginó otros caminos, cambió el arcoíris por una bicicleta y jugó con su sombra por parajes secretos, recorriendo senderos y atravesando ríos. Por el día el sol era testigo, por la noche seguían siendo la luna y las estrellas sus confidentes.
-¿Sabes?, mi amigo Juan Carlos ya tiene una bicicleta, y va muy deprisa. No me la deja porque dice que yo no sé ir en bicicleta.
-¿Y sabes?
-No.
-¿Sigo?
-Sí.
-En alguna de sus aventuras le acompañaba su mejor amigo; le cedía un hueco en su pensamiento y compartía los peligros que iba imaginando sin miedo, porque los peligros aparecían y desaparecían cuando él quería.
-Yo no tengo miedo. Algunas veces hemos bajado al viejo molino, los dos, y nos hemos metido por las cuevas del agua… No se lo digas a la mama.
-No se lo diré. ¿No tienes sueño aun?
-No.
-Si se veían acorralados, podían hacer que sus bicicletas volaran y los devolvieran al mundo real; con una mesa, dos sillas y un par de tazas de chocolate.
-Ayer nos preparó la mama chocolate a la vuelta del colegio. ¡Qué bueno estaba! Y para mañana ha preparado una tarta. Recuerda que mañana es mi cumpleaños.
-Sí, lo dijiste hace un rato.
-…Y vendrá Juan Carlos, unos amigos y la señorita.
-Pues tendrás que pensar en dormirte. Mañana va a ser un gran día.
-Pero, ¿y el cuento?
-¿Cuando lo terminemos te dormirás?
-Sí.
-El niño siguió creciendo, pronto dejó de contar sus años con dos manos y, como no tenía tres, empezó a contarlos mentalmente.
Una noche, jugando con sus sueños, se durmió y en la oscuridad de la noche conoció el miedo. Cuando quiso darse cuenta se vio perdido en la cara oculta de la luna y, como no estaba despierto, no supo hacia dónde dirigirse. Fue entonces cuando el sol le hizo un guiño, iluminando la oscuridad lunar, y él recordó que en otro tiempo las estrellas conocían los caminos de vuelta a la Tierra, que la luna era su amiga y que ese rayo de luz sería suficiente. En aquel preciso momento dio un salto y se subió en un arco de colores y allí encontró a su amigo imaginario, a su primer peluche, a su maestra de escuela y a su mejor amigo.
Despertó entonces y comprobó, lleno de felicidad, que le envolvían unas sábanas que olían a flores y que por la ventana le esperaba un sol. Se asomó y comprobó que era el mismo sol que le había devuelto a casa y que iluminaba un jardín de césped y musgo…
-¿Fue una pesadilla?
- Sí. Una pequeña de esas que nos pillan desprevenidos, pero que le ayudó a dormir tranquilo muchas, muchas, noches al enseñarle que siempre hay a dónde volver y un lugar en donde nos esperan.
-Ahhhhh…
-Al día siguiente, apoyada en un árbol del jardín, había una bicicleta nueva.
Buenas noches.