Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
No sé si contártelo. Es muy serio. Me has de prometer que no se lo contarás a nadie. Es que…¡no!, no te lo digo. Bueno, quiero que lo sepas. Es un secreto. ¿Prometido? Prometido.
Es la mañana de un día de febrero, normal, como los otros días. Ha nevado un poco esta noche, pero en el suelo no hay más que una fina capa en la que la nieve se confunde con la helada. Salgo como cada día a dar un paseo por el parque. Las orillas del estanque están heladas y el hielo es lo suficientemente grueso como para mantener a unas cuantas palomas que se acercan a beber. Los árboles, desnudos de hojas, lucen unas ramas esqueléticas y vacías; apena verlos así, como muertos, sin señales de vida. El cielo está despejado y un sol de membrillo luce como una farola lejana, con luz metálica y fría. Según voy caminando, la escarcha y la nieve helada van crujiendo bajo mis zapatos.
Al acercarme al primer banco del paseo pequeño, sobre una esquina hay unas gafas con montura de cartón y cristales de color amarillo. Me recuerdan las gafas con las que jugaba cuando era niño; no resisto la tentación de ponérmelas y, al instante, un nuevo parque se abre ante mis ojos. Hay algo más de nieve que la que recordaba haber visto, casi me cubre el zapato. Sobre la nieve hay multitud de huellas, de pies pequeños, de aves… Donde estaba el sauce hay ahora un árbol grande, de largas ramas que tocan el suelo. Unos seres diminutos visten de hojas esas ramas, unas hojas verdes de envés plateado que refulgen a la luz del sol, un sol que luce ahora más luminoso y más cálido.
- Creo que así quedará bien para esta primavera – dice uno de esos pequeños.
De pronto una hoja se le resbala de entre las manos y cae casi a mis pies.
- ¿Me alcanzas esa hoja que se me ha caído, por favor?-
- ¿Es a mí?- Pregunto incrédulo.
- Pues claro, ¿acaso hay alguien más? – me dice con una sonrisa.
Naturalmente recojo la hoja y se la doy. Allí me entero que son elfos del Reino de Oberón, que están preparando los vestidos de primavera de los árboles del parque. Entonces, contemplo el castaño central y en sus ramas, casi flotando en el aire, se mueven las hadas, marcando las distancias a las que saldrán los brotes que darán lugar a sus flores dentro de unas semanas. Lo hacen con gran suavidad y el árbol se balancea como si le estuviesen haciendo cosquillas y las hadas se ríen con gran algazara. En las encinas que están junto a la rosaleda, otras hadas se encargan de repasar con las urracas los nidos que dejaron el año pasado; tienen que estar a punto para cuando vengan los nuevos pollos de esta primavera. Junto al boj esférico, ese verde que parece una bola que está en medio del jardín, un gnomo con un raposo de color canela, se esfuerza en limpiar la nieve arremolinada cerca del comedero de los gorriones, para que éstos lleguen bien y puedan alimentarse. Un enano con unas enormes tijeras, recorta el aligustre que rodea el parque y lo deja perfecto, sin una rama fuera de sitio, como el corte de pelo hecho por el mejor peluquero. Una bruja blanca, las brujas blancas son las que tienen magia y un corazón bondadoso, acompañada de su lechuza, enseña el canto del enamoramiento a los pájaros jóvenes que nacieron hace unos meses y tendrán que echarse novia esta primavera.
Nunca había visto así el parque, ni siquiera lo había imaginado. Era como una fiesta que se llenaba de vida, de color, de calor y de música. Es muy agradable, casi como un sueño. Es más me pellizco para comprobar que no estoy dormido y todo esto lo estoy soñando.
Un gnomo regordete y de cara simpática se me acerca corriendo.
- ¿Son tuyas esas gafas? Es que he dejado las mías en un banco y ahora no las encuentro-Me dice sin darme tiempo a contestar.
- No. No son mías las encontré en ese banco de ahí – Le respondo.
- ¿Me las devuelves?- me dijo al tiempo que extendía su mano.
- Por supuesto. Tómalas.-
Las cogió de mi mano y desapareció. Y con él toda la magia del parque. Ya no la veía, pero ¿sabes? Está ahí. La siento de algún modo, sé que están en el parque, que preparan la primavera que llegará en unas semanas y de nuevo se repetirá el milagro de cada año. Y me siento feliz. Pero… no se lo cuentes a nadie ¿eh? Lo has prometido.
Es la mañana de un día de febrero, normal, como los otros días. Ha nevado un poco esta noche, pero en el suelo no hay más que una fina capa en la que la nieve se confunde con la helada. Salgo como cada día a dar un paseo por el parque. Las orillas del estanque están heladas y el hielo es lo suficientemente grueso como para mantener a unas cuantas palomas que se acercan a beber. Los árboles, desnudos de hojas, lucen unas ramas esqueléticas y vacías; apena verlos así, como muertos, sin señales de vida. El cielo está despejado y un sol de membrillo luce como una farola lejana, con luz metálica y fría. Según voy caminando, la escarcha y la nieve helada van crujiendo bajo mis zapatos.
Al acercarme al primer banco del paseo pequeño, sobre una esquina hay unas gafas con montura de cartón y cristales de color amarillo. Me recuerdan las gafas con las que jugaba cuando era niño; no resisto la tentación de ponérmelas y, al instante, un nuevo parque se abre ante mis ojos. Hay algo más de nieve que la que recordaba haber visto, casi me cubre el zapato. Sobre la nieve hay multitud de huellas, de pies pequeños, de aves… Donde estaba el sauce hay ahora un árbol grande, de largas ramas que tocan el suelo. Unos seres diminutos visten de hojas esas ramas, unas hojas verdes de envés plateado que refulgen a la luz del sol, un sol que luce ahora más luminoso y más cálido.
- Creo que así quedará bien para esta primavera – dice uno de esos pequeños.
De pronto una hoja se le resbala de entre las manos y cae casi a mis pies.
- ¿Me alcanzas esa hoja que se me ha caído, por favor?-
- ¿Es a mí?- Pregunto incrédulo.
- Pues claro, ¿acaso hay alguien más? – me dice con una sonrisa.
Naturalmente recojo la hoja y se la doy. Allí me entero que son elfos del Reino de Oberón, que están preparando los vestidos de primavera de los árboles del parque. Entonces, contemplo el castaño central y en sus ramas, casi flotando en el aire, se mueven las hadas, marcando las distancias a las que saldrán los brotes que darán lugar a sus flores dentro de unas semanas. Lo hacen con gran suavidad y el árbol se balancea como si le estuviesen haciendo cosquillas y las hadas se ríen con gran algazara. En las encinas que están junto a la rosaleda, otras hadas se encargan de repasar con las urracas los nidos que dejaron el año pasado; tienen que estar a punto para cuando vengan los nuevos pollos de esta primavera. Junto al boj esférico, ese verde que parece una bola que está en medio del jardín, un gnomo con un raposo de color canela, se esfuerza en limpiar la nieve arremolinada cerca del comedero de los gorriones, para que éstos lleguen bien y puedan alimentarse. Un enano con unas enormes tijeras, recorta el aligustre que rodea el parque y lo deja perfecto, sin una rama fuera de sitio, como el corte de pelo hecho por el mejor peluquero. Una bruja blanca, las brujas blancas son las que tienen magia y un corazón bondadoso, acompañada de su lechuza, enseña el canto del enamoramiento a los pájaros jóvenes que nacieron hace unos meses y tendrán que echarse novia esta primavera.
Nunca había visto así el parque, ni siquiera lo había imaginado. Era como una fiesta que se llenaba de vida, de color, de calor y de música. Es muy agradable, casi como un sueño. Es más me pellizco para comprobar que no estoy dormido y todo esto lo estoy soñando.
Un gnomo regordete y de cara simpática se me acerca corriendo.
- ¿Son tuyas esas gafas? Es que he dejado las mías en un banco y ahora no las encuentro-Me dice sin darme tiempo a contestar.
- No. No son mías las encontré en ese banco de ahí – Le respondo.
- ¿Me las devuelves?- me dijo al tiempo que extendía su mano.
- Por supuesto. Tómalas.-
Las cogió de mi mano y desapareció. Y con él toda la magia del parque. Ya no la veía, pero ¿sabes? Está ahí. La siento de algún modo, sé que están en el parque, que preparan la primavera que llegará en unas semanas y de nuevo se repetirá el milagro de cada año. Y me siento feliz. Pero… no se lo cuentes a nadie ¿eh? Lo has prometido.