Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Soy un rayo deshidratado, sin luz,
luz que como agua del luminoso amanecer,
bebí alguna vez.
Soy un rayo de sombras hambrientas,
arrastrando hebras de plata y un ejército de cometas glaciales.
Soy de un aspecto plomizo cercano al espectral vociferante
que domina la eterna noche.
Si, las sombras narran su historia en el eco
que se oculta en la remota lejanía.
Lo sé, las escucho...
No te dirijas nunca hacia allá, no,
porque ese es mi reino, donde me verás
con la máscara de la melancolía bien puesta,
cubriendo mi rostro triste, escondiendo
el fulgor de un crepúsculo sangrante,
el hervor de un sueño abatido, tan lindo, tan bello que pudo ser…
Viajo solo buscando la luz de tus ojos soñolientos, casi despiertos,
con la inevitable duda de caer al túnel del sueño eterno.
Cuando levantas tus pesados párpados dejas entrever una corriente de centellas,
refulgencia que gira como un torbellino de potencias solares,
como un mágico abismo de luz, umbral de distancias de un futuro encantador.
Tu fuego contra la densa bruma
de la oscura tiniebla endiablada que se la traga todita,
a la noche, a la cortina de pardos siniestros.
Aquellos ojos despiertos ungidos con el alfa de toda sustancia de vida.
Cuando tus ojos vuelven a cerrar el flujo de su delirante llama de oro derretido
tan digno de la supremacía celestial,
destellas la muerte misma, el fin de las cosas,
sentencias el grito del final con el sello del omega.
Quiero atestiguar el momento en que las estrellas mueren y renacen,
pero no quiero contemplar el día en que desaparezcan totalmente
como yo, como todo, porque así sucederá.
Ya he visto el principio y el fin en tus ojos,
morí y resucite al mirarlos.
Fui sangre de volcán, fui río de diamantes helados.
¿Qué queda ya?
el fin del fin.
La nada, el vacío, un nuevo inicio sin nosotros
que solo fuimos ángeles de papel fabricados en un sueño cósmico,
en un poema de infinito.
luz que como agua del luminoso amanecer,
bebí alguna vez.
Soy un rayo de sombras hambrientas,
arrastrando hebras de plata y un ejército de cometas glaciales.
Soy de un aspecto plomizo cercano al espectral vociferante
que domina la eterna noche.
Si, las sombras narran su historia en el eco
que se oculta en la remota lejanía.
Lo sé, las escucho...
No te dirijas nunca hacia allá, no,
porque ese es mi reino, donde me verás
con la máscara de la melancolía bien puesta,
cubriendo mi rostro triste, escondiendo
el fulgor de un crepúsculo sangrante,
el hervor de un sueño abatido, tan lindo, tan bello que pudo ser…
Viajo solo buscando la luz de tus ojos soñolientos, casi despiertos,
con la inevitable duda de caer al túnel del sueño eterno.
Cuando levantas tus pesados párpados dejas entrever una corriente de centellas,
refulgencia que gira como un torbellino de potencias solares,
como un mágico abismo de luz, umbral de distancias de un futuro encantador.
Tu fuego contra la densa bruma
de la oscura tiniebla endiablada que se la traga todita,
a la noche, a la cortina de pardos siniestros.
Aquellos ojos despiertos ungidos con el alfa de toda sustancia de vida.
Cuando tus ojos vuelven a cerrar el flujo de su delirante llama de oro derretido
tan digno de la supremacía celestial,
destellas la muerte misma, el fin de las cosas,
sentencias el grito del final con el sello del omega.
Quiero atestiguar el momento en que las estrellas mueren y renacen,
pero no quiero contemplar el día en que desaparezcan totalmente
como yo, como todo, porque así sucederá.
Ya he visto el principio y el fin en tus ojos,
morí y resucite al mirarlos.
Fui sangre de volcán, fui río de diamantes helados.
¿Qué queda ya?
el fin del fin.
La nada, el vacío, un nuevo inicio sin nosotros
que solo fuimos ángeles de papel fabricados en un sueño cósmico,
en un poema de infinito.
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