Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Escribía yo en un foro muy pequeño,
participábamos, algo así como 15 máximo,
pero asiduos éramos 3,
el moderador, que iba una vez a la semana,
un español, pésimo escritor, y yo.
Ese foro había tenido mejores días,
pero había venido a menos.
El moderador era muy buen poeta,
si yo escribía un haikú, él, en lugar de comentario,
escribía otro.
Si escribía un soneto, igual.
Una vez escribí un libre
en el que me quejaba de mi suerte
y terminaba diciendo
que ya tenía muy poco amor,
que para mí era como un perfume muy caro
que ya se me estaba acabando.
Entonces, ese si me lo contestó como comentario,
empezó a hablarme como si yo fuera su amante,
a acariciarme con sus palabras,
a enamorarme de tal modo, que,
oh, Dios,
quedé temblando.
Era como si yo fuera guitarra y él fuera
tocando sobre mí una melodía.
Una cálida corriente emergía a mis piernas,
se me erizaba la piel,
toda yo era turgencia.
Si hubiéramos estado próximos,
hubiera caído en sus brazos inmediatamente.
Pero empezó a recular,
a decir que también quería a fulano,
y a zutano, miembros del foro
y se zafó como mejor pudo.
Pero yo ya estaba herida.
La pulsión por escribir se me hizo tremenda.
Escribía poemas de amor intensos,
eróticos, suplicantes.
Perdí todo pudor.
Los sonetos me salían de golpe,
casi no había que ajustarles la métrica o el ritmo.
Tenía la esperanza de que los contestara.
Pero dejó de hacerlo.
Él publicaba sus poemas por otro lado.
Luego a veces lo hacía.
Me tenía en ascuas.
Pero, suerte perra.
Cerraron el foro.
Me quedé en el limbo,
sin foro, sin él
y enamorada.
participábamos, algo así como 15 máximo,
pero asiduos éramos 3,
el moderador, que iba una vez a la semana,
un español, pésimo escritor, y yo.
Ese foro había tenido mejores días,
pero había venido a menos.
El moderador era muy buen poeta,
si yo escribía un haikú, él, en lugar de comentario,
escribía otro.
Si escribía un soneto, igual.
Una vez escribí un libre
en el que me quejaba de mi suerte
y terminaba diciendo
que ya tenía muy poco amor,
que para mí era como un perfume muy caro
que ya se me estaba acabando.
Entonces, ese si me lo contestó como comentario,
empezó a hablarme como si yo fuera su amante,
a acariciarme con sus palabras,
a enamorarme de tal modo, que,
oh, Dios,
quedé temblando.
Era como si yo fuera guitarra y él fuera
tocando sobre mí una melodía.
Una cálida corriente emergía a mis piernas,
se me erizaba la piel,
toda yo era turgencia.
Si hubiéramos estado próximos,
hubiera caído en sus brazos inmediatamente.
Pero empezó a recular,
a decir que también quería a fulano,
y a zutano, miembros del foro
y se zafó como mejor pudo.
Pero yo ya estaba herida.
La pulsión por escribir se me hizo tremenda.
Escribía poemas de amor intensos,
eróticos, suplicantes.
Perdí todo pudor.
Los sonetos me salían de golpe,
casi no había que ajustarles la métrica o el ritmo.
Tenía la esperanza de que los contestara.
Pero dejó de hacerlo.
Él publicaba sus poemas por otro lado.
Luego a veces lo hacía.
Me tenía en ascuas.
Pero, suerte perra.
Cerraron el foro.
Me quedé en el limbo,
sin foro, sin él
y enamorada.
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