Tocar el cielo con las manos
es el único anhelo,
la única recompensa
en esos días aciagos
en que el rumbo se pierde
y las horas no pasan,
en que la Luna es lava
que derrite la mirada
y quema, implacable, al sueño
sobre un altar de incertidumbre.
Esos días en que confundes
tu lugar, tus rostros,
tus voces, tus sueños...
Días en que no importa
el reflejo del ocaso
sobre el mar en calma,
ni de dónde vienes
o a dónde te marchas;
donde el cuerpo sobre el lecho
diluye el valor y las ganas.
Tocar un cielo que no existe
con la sombra de mis manos;
dibujar, al menos, con el reflejo
lo que añoran mis ojos
y sonreírle complacido
a lo que aún no se ha inventado,
es un sueño, mi sueño;
la batalla cruel y constante
entre lo ausente impalpable
y lo presente que mata.