Ligia Calderón Romero
Poeta veterano en el portal
Carmina a la hora cero
Carmina era la hija de Eusebio, alta, morena de ojos claros y cabello castaño. Con apenas quince años. Cantaba en el coro de la iglesia, todos la conocían por su espíritu alegre, siempre presta a hacer el bien.
En sus horas de ocio soñaba un encuentro con el príncipe de acero, ¡claro! No todas soñamos con nuestro príncipe azul. Ella era distinta, esperaba paciente su especial encuentro y planificaba cada detalle hasta que un día salió sin decir a dónde, se hizo tarde y su padre preocupado acudió con sus amigos pero nadie la había visto.
Eusebio esperaba alguna noticia sentado en un taburete bajo la sombra del almendro iluminado por la luna llena.
A media noche llegó el comisario.
Le tengo malas noticias; dijo.
Un silencio se hizo de plomo y luego ante la mirada atónita de aquel hombre, replicó:
Le tengo malas noticias, su hija apareció en el auto del príncipe de acero, apodado así por sus macabros actos.
Otra vez el silencio y el interminable suplicio en la mirada de Eusebio.
Me temo que tendrá usted que acompañarme. El hombre está muerto.
Ligia Calderón Romero
© Heredia, Costa Rica,
7 de julio, 2012
Carmina era la hija de Eusebio, alta, morena de ojos claros y cabello castaño. Con apenas quince años. Cantaba en el coro de la iglesia, todos la conocían por su espíritu alegre, siempre presta a hacer el bien.
En sus horas de ocio soñaba un encuentro con el príncipe de acero, ¡claro! No todas soñamos con nuestro príncipe azul. Ella era distinta, esperaba paciente su especial encuentro y planificaba cada detalle hasta que un día salió sin decir a dónde, se hizo tarde y su padre preocupado acudió con sus amigos pero nadie la había visto.
Eusebio esperaba alguna noticia sentado en un taburete bajo la sombra del almendro iluminado por la luna llena.
A media noche llegó el comisario.
Le tengo malas noticias; dijo.
Un silencio se hizo de plomo y luego ante la mirada atónita de aquel hombre, replicó:
Le tengo malas noticias, su hija apareció en el auto del príncipe de acero, apodado así por sus macabros actos.
Otra vez el silencio y el interminable suplicio en la mirada de Eusebio.
Me temo que tendrá usted que acompañarme. El hombre está muerto.
Ligia Calderón Romero
© Heredia, Costa Rica,
7 de julio, 2012