Desde mi batiente
I
Despierta el día, el sol entra en mi estancia
marchándose de a poco la penumbra
mientras percibo un hilo de fragancia
de la floresta bella que relumbra
bajo un añil y sol en armonía
que atrapa y cautiva como acostumbra.
Abro el batiente recibiendo al día
y puedo ver la plaza y los rincones
y al mercader en su monotonía
citar a la presencia con sus sones
amenos y rimados a viandantes
y oyentes acodados en balcones;
coplillas que me vienen de las de antes
cuando acudían todos a la plaza
y todos con sus ojos expectantes
sin detenerse a observar sus trazas,
cotilleaban cuanto proponía
de buena gana en medio de la plaza.
II
Miro en silencio y veo poesía,
todo el entorno mi corazón mece,
los ruiseñores con su algarabía...
un campo de colores que enriquece
y atrapa el iris desde la ventana
con un aroma dulce que estremece
mi alma y que un suave céfiro desgrana
sobre las casas y empedradas calles
del pueblo que despierta en la mañana.
III
Desde el batiente siento hablar al valle,
oigo a los verdes álamos del río
rumorear, tenderse por las calles
al ritmo de la brisa en su albedrío
mientras el día pasa y languidece
entre destellos de oro del estío
y un malva que el crepúsculo me ofrece
diciendo que la tarde va muriendo,
que todo su esplendor desaparece
y el pueblo poco a poco va adquiriendo
ese matiz sombrío, mortecino
que el sol en su partida, va pariendo.
IV
Y viene a mí un bálsamo divino,
en armonía con la soledad,
con un fulgor de plata, blanquecino
mandando en el sitial de la deidad.
Descansa el pueblo y todo continúa
entre fragancias y tranquilidad
y ella, la luna, llega y se insinúa
en medio de cortinas y silente
mostrando su candor que perpetúa
ufana sobre el agua de la fuente
mientras la miro desde mi batiente.
Luis