kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
DESPEDIDA
¿Qué tal te va, mamá? Dime, ¿se adunan
en el azul de tu cristal las aves?
¿Juegan a ser derviches y te acunan
las brisas del origen? ¿Son süaves
las ondas de ese mar que nos vacía?
¿Te llegan los recuerdos de las naves
que embarco hacia tu cielo cada día?
Quiero que sepas que en sus paños guardo
la luminosa sal de mi bahía.
Quiero que sepas que si a veces tardo
en decirte lo mucho que te quiero
es por el fuego fatuo en el que ardo.
Ardo en la pira del «quizá» del «pero»,
del «por qué yo» del «por qué tú». La llama
que forja las preguntas y su acero.
Y maldigo el silencio y se derrama
una sombra en tu sábana bendita
que tiembla sobre el yermo de mi cama.
Y cada noche mi orfandad me cita:
me hace saber que tu infinito cabe
en el desgarro blanco que me habita.
Me hace saber que ya no tengo llave
que pueda abrir la puerta a tu palabra
ni un arco que sostenga nuestra clave.
Y clamo al cielo de un abracadabra
para que prenda luz en tus vidrieras
y el templo de tu pulso se reabra.
Y el cielo calla mientras las quimeras
se esfuman en el eco de tu voz:
y ya no estoy en mí ni en mis afueras.
¡Pero siento mi ser! ¡Su hambre feroz!,
¡su conato!, ¡su gong!; muérdago puro
que reguila en el oro de mi hoz.
Llegará el día, de eso estoy seguro,
en que vuelva a estallar tu luz perdida
en el tendal de mi horizonte oscuro.
Y de nuevo sentir la sacudida
de un mundo que me toma por testigo
y juega con mi lágrima encendida.
Con estos versos, madre, me despido.
Prometo revivirme en la belleza
y navegar en paz sin ti contigo
hacia ese mar… en el que todo empieza.
Madrid, 25 de julio de 2025
Andreas
¿Qué tal te va, mamá? Dime, ¿se adunan
en el azul de tu cristal las aves?
¿Juegan a ser derviches y te acunan
las brisas del origen? ¿Son süaves
las ondas de ese mar que nos vacía?
¿Te llegan los recuerdos de las naves
que embarco hacia tu cielo cada día?
Quiero que sepas que en sus paños guardo
la luminosa sal de mi bahía.
Quiero que sepas que si a veces tardo
en decirte lo mucho que te quiero
es por el fuego fatuo en el que ardo.
Ardo en la pira del «quizá» del «pero»,
del «por qué yo» del «por qué tú». La llama
que forja las preguntas y su acero.
Y maldigo el silencio y se derrama
una sombra en tu sábana bendita
que tiembla sobre el yermo de mi cama.
Y cada noche mi orfandad me cita:
me hace saber que tu infinito cabe
en el desgarro blanco que me habita.
Me hace saber que ya no tengo llave
que pueda abrir la puerta a tu palabra
ni un arco que sostenga nuestra clave.
Y clamo al cielo de un abracadabra
para que prenda luz en tus vidrieras
y el templo de tu pulso se reabra.
Y el cielo calla mientras las quimeras
se esfuman en el eco de tu voz:
y ya no estoy en mí ni en mis afueras.
¡Pero siento mi ser! ¡Su hambre feroz!,
¡su conato!, ¡su gong!; muérdago puro
que reguila en el oro de mi hoz.
Llegará el día, de eso estoy seguro,
en que vuelva a estallar tu luz perdida
en el tendal de mi horizonte oscuro.
Y de nuevo sentir la sacudida
de un mundo que me toma por testigo
y juega con mi lágrima encendida.
Con estos versos, madre, me despido.
Prometo revivirme en la belleza
y navegar en paz sin ti contigo
hacia ese mar… en el que todo empieza.
Madrid, 25 de julio de 2025
Andreas
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