joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
El vetusto caserón en las afueras del poblado albergaba en el interior un sin fin de historias imaginadas por los pobladores. La ocupante, una mujer sesentona, era casi una ermitaña. Muy pocas veces era vista en el caserío. Nunca le conocieron compañero ni familiar alguno. Muchos niños invadidos de curiosidad llegaban a las cercanías de la casa a husmear las actividades de la doña y eran recibidos con aromas de tabaco entremezclados con amoníaco y otras esencias. La gran mayoría coincidía en que practicaba el arte de la hechicería.
Rumiando con la soledad y la tristeza, Doña Elodia veía pasar los días. Añoraba los momentos felices de la lejana juventud. Evocaba con pasión los instantes compartidos. Pocos pero repletos de intensidad. Una extraña sonrisa adornaba el rostro al rememorar. En una tarde de Julio, decidió realizar una limpieza en un destartalado escaparate. Con sorpresa impresionante, encontró un antiguo folleto titulado: “Hechizos”. Dejó la tarea a medias y con avidez comenzó a leer cada sección. Una hoja llamó la atención y centró la mirada en el encabezado: La Mentira. Leyó con pausa y en la misma medida, el rostro se fue llenando de alegría. Era la solución al problema de pesadumbre.
La escritura advertía sobre el efecto adverso al incumplir. Se podía disfrutar de la eterna juventud con la única condición de no decir jamás la verdad. Caso contrario, el hechizo se desvanecía y el encantado volvía al estado inicial. Enterada Doña Elodia, decidió correr los riesgos inherentes. Con pericia empezó a preparar la receta de la última y única oportunidad.
Unas piernas bien torneadas hicieron que hombres y mujeres voltearan. Unos de admiración. Otras de envidia. El revuelo y el cuchicheo hicieron notoriedad, sobre todo en la rama masculina. Pedro el sastre, más atrevido, la abordó:
-¡Buenas tardes!. Eres lo más bello que han visto mis ojos. ¿Puedo acompañarte hasta el paraíso?-
Ella, con un mohín positivo, aceptó.
-¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? ¿Dónde vives?-
Con un dejo de picardía, respondió:
-Mi nombre es Vicky. Vengo de tierras muy lejanas y voy a vivir en la casona afuera del pueblo-
-¿Con Doña Elodia, la bruja?-
-¡No! Ella está de viaje y voy a cuidar la casa en forma indefinida-
-¡Oye que bueno!-
A cada pregunta, una arana. A cada inquietud, una mentira. A cada encuesta, un embuste y todo marchaba bien. En su diario iban quedando evidencias de los acontecimientos. Lo cuidaba con mucho celo. Día a día, las páginas se bañaban en tinta y grafito. El tiempo avanzaba y la joven y hermosa mujer disfrutaba la variedad de romances. Algunos al mismo tiempo. Ocupó el corazón de Luis, Alberto, Juan, José, Roberto, Pedro. Para cada enamorado, tenía una respuesta acomodaticia y convincente. Siempre quedaba bien parada. El amor, bien lejos de su pecho. De todos obtenía provecho amoroso y económico.
Una mañana fresca llegó al poblado, con una maleta repleta de cortes, un árabe joven y bien parecido. De forma inevitable quedó prendado de Vicky. Con el pretexto de una venta, la visitó en la casona. Fue larga la perorata.
Pasados quince días, el comerciante regresó al poblado. En la mente giraba una obsesiva idea. Quería y deseaba darle una mordida a la fruta divina y madura. Al mismo tiempo, Vicky barajaba la opción de ser dueña de un nuevo vestuario sin mucho costo.
Para lograr el objetivo trazado, el joven extranjero trajo como señuelo, un hermoso conjunto de ropa íntima. Valía la pena la inversión. A la hora del encuentro, la dama dio la bienvenida con exagerado coqueteo. El árabe dio marcha al paso siguiente.
-¡Hola preciosa! Traje este regalo bara ti. Sólo hay una condición-
De mucho agrado y con una gran sonrisa, Vicky lo recibió. Agradeció el gesto y preguntó:
-¿Y cuál es la condición, mi amorcito?-
-¡Quiero ver como te queda!-
Sin un asomo de recato, la joven aceptó contoneándose en demasía.
-Está bien. Espera aquí. Ya regreso-
Sin percatarse, por un descuido dejó el diario en la mesa de centro. Al estar solo, el hombre lo miró y tuvo curiosidad. Lo abrió y sus ojos se desmesuraron. Pasados los minutos, sintió unos pasos lentos y arrastrados. Más grande fue la sorpresa. El obsequio que había traído le quedaba grande a Doña Elodia.
Rumiando con la soledad y la tristeza, Doña Elodia veía pasar los días. Añoraba los momentos felices de la lejana juventud. Evocaba con pasión los instantes compartidos. Pocos pero repletos de intensidad. Una extraña sonrisa adornaba el rostro al rememorar. En una tarde de Julio, decidió realizar una limpieza en un destartalado escaparate. Con sorpresa impresionante, encontró un antiguo folleto titulado: “Hechizos”. Dejó la tarea a medias y con avidez comenzó a leer cada sección. Una hoja llamó la atención y centró la mirada en el encabezado: La Mentira. Leyó con pausa y en la misma medida, el rostro se fue llenando de alegría. Era la solución al problema de pesadumbre.
La escritura advertía sobre el efecto adverso al incumplir. Se podía disfrutar de la eterna juventud con la única condición de no decir jamás la verdad. Caso contrario, el hechizo se desvanecía y el encantado volvía al estado inicial. Enterada Doña Elodia, decidió correr los riesgos inherentes. Con pericia empezó a preparar la receta de la última y única oportunidad.
Unas piernas bien torneadas hicieron que hombres y mujeres voltearan. Unos de admiración. Otras de envidia. El revuelo y el cuchicheo hicieron notoriedad, sobre todo en la rama masculina. Pedro el sastre, más atrevido, la abordó:
-¡Buenas tardes!. Eres lo más bello que han visto mis ojos. ¿Puedo acompañarte hasta el paraíso?-
Ella, con un mohín positivo, aceptó.
-¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? ¿Dónde vives?-
Con un dejo de picardía, respondió:
-Mi nombre es Vicky. Vengo de tierras muy lejanas y voy a vivir en la casona afuera del pueblo-
-¿Con Doña Elodia, la bruja?-
-¡No! Ella está de viaje y voy a cuidar la casa en forma indefinida-
-¡Oye que bueno!-
A cada pregunta, una arana. A cada inquietud, una mentira. A cada encuesta, un embuste y todo marchaba bien. En su diario iban quedando evidencias de los acontecimientos. Lo cuidaba con mucho celo. Día a día, las páginas se bañaban en tinta y grafito. El tiempo avanzaba y la joven y hermosa mujer disfrutaba la variedad de romances. Algunos al mismo tiempo. Ocupó el corazón de Luis, Alberto, Juan, José, Roberto, Pedro. Para cada enamorado, tenía una respuesta acomodaticia y convincente. Siempre quedaba bien parada. El amor, bien lejos de su pecho. De todos obtenía provecho amoroso y económico.
Una mañana fresca llegó al poblado, con una maleta repleta de cortes, un árabe joven y bien parecido. De forma inevitable quedó prendado de Vicky. Con el pretexto de una venta, la visitó en la casona. Fue larga la perorata.
Pasados quince días, el comerciante regresó al poblado. En la mente giraba una obsesiva idea. Quería y deseaba darle una mordida a la fruta divina y madura. Al mismo tiempo, Vicky barajaba la opción de ser dueña de un nuevo vestuario sin mucho costo.
Para lograr el objetivo trazado, el joven extranjero trajo como señuelo, un hermoso conjunto de ropa íntima. Valía la pena la inversión. A la hora del encuentro, la dama dio la bienvenida con exagerado coqueteo. El árabe dio marcha al paso siguiente.
-¡Hola preciosa! Traje este regalo bara ti. Sólo hay una condición-
De mucho agrado y con una gran sonrisa, Vicky lo recibió. Agradeció el gesto y preguntó:
-¿Y cuál es la condición, mi amorcito?-
-¡Quiero ver como te queda!-
Sin un asomo de recato, la joven aceptó contoneándose en demasía.
-Está bien. Espera aquí. Ya regreso-
Sin percatarse, por un descuido dejó el diario en la mesa de centro. Al estar solo, el hombre lo miró y tuvo curiosidad. Lo abrió y sus ojos se desmesuraron. Pasados los minutos, sintió unos pasos lentos y arrastrados. Más grande fue la sorpresa. El obsequio que había traído le quedaba grande a Doña Elodia.
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