Era una tarde fría cuando llegué. El cielo azul se recortaba entre nubes grises y blancas con una brisa sonada en el monte que traía en su alma ese olor a tierra mojada que despierta el sentido y fluye libremente por las venas y que cuando cierras los ojos, sientes como te acaricia el alma.
El crepúsculo resbalaba lentamente por la colina, su tono grisáceo y rosado, no hacía más que llamar a la nostalgia que se acercaba sin hacer ruido por los pinares lejanos y me iba abriendo el corazón mientras el tiempo glosaba mansamente la melodía perenne de la tarde.
La sombra crecía y se deslizaba melosa entre matorrales. El cielo echaba las cortinas y empezaba a componer su sinfonía en tono mayor para dejar caer su regia balada de agua invitando con su rudeza a marchar de la oreada cima.
El río pasaba brusco entre los sauces para perderse en el verde oscuro de la tarde y a ambos lados del cauce, los árboles macizos de ramajes sonoros, parecían resignarse inclinados ante la amargura inefable del monte.
El cielo derramaba su tristeza y me recordaba el primero y el último de aquellos besos que irritaban nuestros labios en noches desenfrenadas o aquellas miradas cómplices que solo los enamorados saben de su intensidad aun estando rodeados de gente y que solo se sienten uno.
Aquellos acordes del Ángelus, no hacían más que recordarme lo que sentía, era como el crepitar de unas brasas que todavía mantiene entre sus cenizas el calor que guardan los sentimientos más puros. Tal vez, llovía para llorar o quizás para limpiar de pena esta alma encapotada por el exceso de recuerdos que la hacen inmune a la capacidad de sentir de nuevo.
Vivía el paisaje una quietud augusta y salvaje, había dejado de llover, un viento cargado de aromas inefables, con alma de invierno en una tarde de primavera, se empeñaba en abrazarme.
En medio de la agreste soledad, un gorjeo ensordecedor atravesaba la floresta fundiéndose en bella armonía con el enigmático viento en tanto yo trataba de divisar de dónde provenía ese canto. ¿Dónde estaba el dulce cantor? ¿No lo veía? No, no lo veía pero su canto siguió volando de rama en rama hasta que el tímido sol se perdía por las cumbres claras.
Pasaron las ocho y las nueve, la última hora del crepúsculo dejaba abierta la puerta a la sombra, diríase que el silencio empezaba a deambular por el soñoliento monte.
A medida que me iba marchando, el cielo abría lentamente sus cortinas, poco a poco florecían las estrellas y mis pasos iban perdiéndose en la oscuridad uno tras otro mientras la luna dejaba caer su blancura en las aguas del río.
En la lejanía, la nostalgia ya soñaba con la noche.
Luis
El crepúsculo resbalaba lentamente por la colina, su tono grisáceo y rosado, no hacía más que llamar a la nostalgia que se acercaba sin hacer ruido por los pinares lejanos y me iba abriendo el corazón mientras el tiempo glosaba mansamente la melodía perenne de la tarde.
La sombra crecía y se deslizaba melosa entre matorrales. El cielo echaba las cortinas y empezaba a componer su sinfonía en tono mayor para dejar caer su regia balada de agua invitando con su rudeza a marchar de la oreada cima.
El río pasaba brusco entre los sauces para perderse en el verde oscuro de la tarde y a ambos lados del cauce, los árboles macizos de ramajes sonoros, parecían resignarse inclinados ante la amargura inefable del monte.
El cielo derramaba su tristeza y me recordaba el primero y el último de aquellos besos que irritaban nuestros labios en noches desenfrenadas o aquellas miradas cómplices que solo los enamorados saben de su intensidad aun estando rodeados de gente y que solo se sienten uno.
Aquellos acordes del Ángelus, no hacían más que recordarme lo que sentía, era como el crepitar de unas brasas que todavía mantiene entre sus cenizas el calor que guardan los sentimientos más puros. Tal vez, llovía para llorar o quizás para limpiar de pena esta alma encapotada por el exceso de recuerdos que la hacen inmune a la capacidad de sentir de nuevo.
Vivía el paisaje una quietud augusta y salvaje, había dejado de llover, un viento cargado de aromas inefables, con alma de invierno en una tarde de primavera, se empeñaba en abrazarme.
En medio de la agreste soledad, un gorjeo ensordecedor atravesaba la floresta fundiéndose en bella armonía con el enigmático viento en tanto yo trataba de divisar de dónde provenía ese canto. ¿Dónde estaba el dulce cantor? ¿No lo veía? No, no lo veía pero su canto siguió volando de rama en rama hasta que el tímido sol se perdía por las cumbres claras.
Pasaron las ocho y las nueve, la última hora del crepúsculo dejaba abierta la puerta a la sombra, diríase que el silencio empezaba a deambular por el soñoliento monte.
A medida que me iba marchando, el cielo abría lentamente sus cortinas, poco a poco florecían las estrellas y mis pasos iban perdiéndose en la oscuridad uno tras otro mientras la luna dejaba caer su blancura en las aguas del río.
En la lejanía, la nostalgia ya soñaba con la noche.
Luis
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