esthergranados
Poeta adicto al portal
Y así, tontamente, acabé pegándome un tiro. Tenía tan a mano la pistola de papá...
Cada tarde veía como la sacaba del cajón donde la guardaba bajo llave, la ponía sobre la mesa, acariciaba la tela aterciopelada que la cubría, la desenvolvía con mimo, la miraba con admiración, y la limpiaba despacio, cuidadosamente, con esmero, disfrutando con deleite de ese extraño ritual.
A veces me decía que me acercara y me apuntaba con el revólver. En un gesto de fingida crueldad, pegaba el cañón a mi frente e imitaba el sonido de un disparo. Yo me dejaba caer al suelo inmediatamente representando una escena macabra que, sin embargo, a mi me parecía divertida.
Así que el día que mi padre olvidó el arma sobre la mesa de su despacho, corrí hacia ella, la empuñé temblando de emoción y pegué la pistola a mi sien.
Me gustaba sentir el frío del metal sobre la piel.
Noté una fuerte sacudida cuando apreté el gatillo. Papá abrió la puerta de una patada y solo alcancé a ver su cara de desesperación cuando se agachó sobre mi cuerpo.
Cada tarde veía como la sacaba del cajón donde la guardaba bajo llave, la ponía sobre la mesa, acariciaba la tela aterciopelada que la cubría, la desenvolvía con mimo, la miraba con admiración, y la limpiaba despacio, cuidadosamente, con esmero, disfrutando con deleite de ese extraño ritual.
A veces me decía que me acercara y me apuntaba con el revólver. En un gesto de fingida crueldad, pegaba el cañón a mi frente e imitaba el sonido de un disparo. Yo me dejaba caer al suelo inmediatamente representando una escena macabra que, sin embargo, a mi me parecía divertida.
Así que el día que mi padre olvidó el arma sobre la mesa de su despacho, corrí hacia ella, la empuñé temblando de emoción y pegué la pistola a mi sien.
Me gustaba sentir el frío del metal sobre la piel.
Noté una fuerte sacudida cuando apreté el gatillo. Papá abrió la puerta de una patada y solo alcancé a ver su cara de desesperación cuando se agachó sobre mi cuerpo.