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La aparicion

Woow, amigo mío, tus relatos me apasionan, eres realmente brillante .. He estado ausente en este portal, pero me alegra tanto volver a leer tus maravillosas líneas, me encantó volver a sentir la intriga y el misterio que envuelven siempre tus escritos .. Gracias por tu invitación !!
Te dejo un abrazo de corazón !
Pues te doy la bienvenida amiga, y suerte y energías para poder leer muchas de las cosas que aquí se publican. Un beso.
 
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Después, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermedades no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque aparecería ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué habláis cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía a gusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.

Eladio Parreño Elías

25-Marzo-1989






Muy entretenido de leer tu relato,
de esa aparición que llegó y se fue,
lei sin parar hasta el final, muy bueno ese suspense,
me ha gustado mucho, un placer haber pasado, un beso:::hug:::
 
!Guaaaao! !Excelente prosa!
Gracias por compartirla conmigo. En ella veo personizada la soledad. Interpreto que el personaje que veía el naturalista era su propio espíritu, es decir, su propio yo. Al encontrarse de nuevo con su antiguo amigo, soledad poco a poco fue desapareciendo de su vida y empezó a vivir denuevo. La moraleja que le veo es que la compañía y la amistad sincera de un viejo amigo siempre es oportuna.

Besos y abrazos de poetas para ti.
Gracias amiga Guilla por tu comentario. Tener cerca a los amigos siempre es agradable, y si no tenemos ninguno, pues nos lo inventamos. Un beso.
 
Increíble!! Muy bueno!! y me recordó un poco a una película que vi y me encantó,llamada el retrato de Dorian Gray.Un abrazo grande!!
 
Un relato muy interesante, hace reflexionar sobre la soledad y puede ser posible que exista ese doble de nosotros mismos que nos visita y nos hace compañía cuando no estamos dispuestos o no nos es posible entablar una relación real. Como el final de tu relato lo ideal es que desaparezca cuando ya no lo necesitamos. Un placer pasar. Abrazos y estrellas.
 
Exelente historia mi amigo... una muy buena leccion de amistad y necesidad de otros... Nadie puede solo con su pena o sus miedos... Un amigo siempre será necesario aun cuando hayan pasado los años...

Te felicito por tu cuento y de pie te Aplaudo!!!

Estrellas, reputación y un buen café
Gracias amiga por todo. Un beso.
 
El poder de la mente hace milagros cuando de escapar de la soledad se trata,aunque sea visionando un personaje que sólo existe en nuestra imaginación,un "yo" que nos ayuda a evadirnos de la realidad más dolorosa.
Magnífico relato de donde extraigo una importante lección sobre el valor de una buena amistad.
Un placer pasar por tu interesante relato,
un abrazo querido poeta.
 
Un relato interesante sobre la amistad, la soledad, los tiempos de luto, la cura de las heridas, la vida...
Después de algunas lecturas en el portal sigo con esta idea de que la vida es tan corta y si no hacemos lo que amamos...podremos terminar siendo seres grises y sin luz.

Como decía una canción de Cabral "sólo aquel que ha vivido , tiene derecho a morir".

Un abrazo dulcinista y estrellas para ti
 
wowow amigo tu historia me ha parecido genial
tus relatos son tan maravillosos y bien escritos
tienes una imaginación increíble y sabes transformar bien
esa imaginación en letras
bravo!!!!
estrellas!!! para ti!!!
y un hermoso día!!!

Oz Mireles
 
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Habitaba yo una pensión en la calle Cervantes. El calor tropical de aquel verano me obligaba a tener la ventana abierta durante todo el día; frente a ella una mesa rectangular me servía de escritorio. La ventana daba a una calle estrecha, antigua, empedrada con adoquines. Aquella mañana un coche paró frente a la ventana; era un auto negro, antiguo, achatado, de chapa dura y brillante. De su interior bajó un hombre vestido de blanco; sus zapatos sonaban en el pavimento de la calle con un sonido acompasado, fino. Lo perdí de vista al desaparecer de mi ángulo de visión. Poco después llamaron a la puerta. Abrí y ante mí apareció aquel hombre vestido de blanco. Era alto y de ademanes finos; su cara era alargada, como todo el cuerpo; sus ojos azules y penetrantes y sus gestos serenos, propios de un hombre seguro de sí mismo.
-El señor Julio Maldonado desea verle- dijo-, y dándose cuenta de mi perplejidad, agregó: le ruega que haga el honor de acompañarme a su casa, allí se lo explicará todo.
Bajamos las escaleras y montamos en el coche. Conocía a Julio Maldonado desde nuestra estancia en la universidad. Fuimos buenos amigos en aquella fecha, pero después nuestros caminos se separaron; yo no había terminado la carrera y él había abandonado también los estudios al casarse y ponerse a trabajar como escribiente en la oficina de su padre. Atravesamos toda la ciudad para llegar a una calle populosa y enloquecida por el tráfico; aparcamos y entramos en el número cuarenta y dos. En la entrada pude leer en una placa dorada: Julio Maldonado, médico naturista. Subiendo una escalera de mármol llegamos a la casa; era enorme, con muchas piezas dispuestas a ambos lados de un extenso y largo pasillo; en una de ellas me esperaba Julio.
-Déjenos solos- le ordenó al mensajero.
Nos quedamos los dos solos en la habitación. Me esperaba sentado en un sillón de cuero, con un libro entre las manos y las gafas señalando la página en que había abandonado la lectura. Me senté a su lado en otro sillón idéntico al suyo.
-Supongo que le habrá extrañado mi sorprendente llamada- dijo.
-Sí, un poco- contesté.
-Le he llamado-dijo- porque lo que tengo que contarle es tan extraño que tan solo un espíritu como el suyo sería capaz de comprenderlo.
Noté que me trataba como a un desconocido, sin duda un poco indeciso, ya que si bien habíamos sido buenos amigos en otros tiempos, hacía aproximadamente veinticinco años que no nos veíamos.
-Podemos tutearnos, después de todo, la amistad nunca se pierde del todo- dije.
-Bien- contestó, y esbozó una especie de sonrisa amarga y triste.
-Veo que has prosperado desde nuestro último encuentro- le dije.
-Sí, tú, en cambio, creo que vives en la miseria- contestó.
-Es cierto, pero dedico mis días a algo que me hace feliz- dije.
Después de un pequeño silencio, continuó hablando: te contaré toda la historia tal y como la recuerdo, algunos sucesos se me han borrado, y otros, aunque los recuerdo perfectamente, no puedo asegurar que sean ciertos, pues he llegado a tal punto de confusión, que mezclo lo real con lo ficticio, los sucesos que realmente me han sucedido con los que he soñado. Me casé, y esto me obligó a dejar los estudios para ponerme a trabajar en la oficina de mi padre. Al principio, todo marchó bien, de todas partes nos llovían los trabajos; gracias a eso pude comprar esta casa. Después, al morir el viejo, los trabajos que nos encomendaban se hicieron cada vez menos copiosos, hasta tal punto, que llegó el momento en que tan solo hubo trabajo para uno de nosotros, y éramos tres hermanos. Así que con el poco dinero que me quedaba después de la compra de la casa, decidí continuar mis estudios de botánica. Me dediqué a ello con todas mis energías, procurando gastar tan solo lo indispensable, pues mi mujer esperaba para entonces a nuestro primer hijo. A pesar de todos mis esfuerzos vivíamos casi en la miseria. Mi mujer y el niño murieron en el parto. Para poder subsistir, ya que el dinero se me estaba acabando, me anuncié en un periódico de gran tirada como médico naturista, gracias a mis conocimientos de botánica. Todos los días tenía algunos paciente cuyas enfermedades no eran demasiado difíciles de tratar: alguna afección nerviosa, asma o dolores en las articulaciones que yo mejoraba recetándoles algunos preparados a base de hierbas. Después de la muerte de mi mujer y del niño, pasé bastante tiempo sin poder conciliar el sueño; me miraba al espejo y veía una cara demacrada, unos ojos hundidos y unos párpados hinchados. Todos mis miembros temblaban por el agotamiento. Una noche tomé una infusión de belladona. Enseguida me venció el sueño. Aquella noche soñé lo siguiente: vi un espejo enorme, cuadrado, de unos diez metros; lo atravesé como quien atraviesa una puerta abierta. Ignoro si soñé algo más, de todas formas, eso es lo único que recuerdo.Desde aquella noche, un hombre que tiene mis mismos rasgos, que no me atrevo a decir que soy yo porque aparecería ante ti como un loco, me visita bastante a menudo.Sé que no es algo irreal, lo veo, he tocado su cuerpo y hasta hablo con él.
-Al principio esta especie de juego me pareció entretenido, pero ha terminado por aterrorizarme. Busco en mi mente una explicación lógica, pero no la hay, o al menos yo no sé encontrarla. Por eso le he llamado- dijo .
El asunto había terminado por interesarme.
-Hay algo que me gustaría saber-dije.
-Pregunta lo que quieras- contestó él.
-¿De qué habláis cuando ese hombre te visita?- pregunté.
-Hablamos mucho de nuestros sueños, él sueña muchas veces con espadas y yo sueño últimamente con torres que se derrumban; nos contamos nuestros sueños y después intentamos interpretarlos, o bien hacemos muecas ante este espejo-, y señaló uno cuyo marco era dorado,-o bailamos enloquecidamente, y otras veces nos emborrachamos hasta caer rendidos al suelo y nos dormimos; cuando despierto, siempre ha desaparecido- contestó.
-¿Has probado a decirle que se vaya?- pregunté.
-Más de una vez he pensado en esa posibilidad, pero siempre la he desechahado, pues pienso que no sería muy correcto de mi parte tratar así alguien que me ofrece su compañía sin pedirme nada a cambio- contestó.
Julio esperaba mis palabras, pero yo no sabía qué decirle.
-No creo que sea un sujeto peligroso. Además, viendo tu aspecto se diría que su compañía te hace feliz- mentí.
-Es verdad que antes me sentía a gusto con él, pero ha terminado por preocuparme su compañía al no conocer nada de él- contestó.
Un reloj de péndulo dio en alguna de las habitaciones la una de la tarde.
-Bajemos a tomar unas cervezas, te hará bien- lo invité.
-Pero ¿y si viene y se marcha al no encontrarme aquí?- preguntó un poco preocupado.
-Pues ya vendrá otro día- le contesté cogiéndolo por el brazo derecho para obligarlo a salir.
Desde aquel día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes. Yo le ayudo a recolectar hierbas y él me acompaña al teatro, al cine o a las librerías en busca de algún libro o revista.
Otra mañana lo vi descender del coche negro y acercarse con paso firme y resuelto al portal donde estaba situada la pensión en la que yo vivía. Cuando terminó de subir las escaleras, yo le esperaba con la puerta abierta.
-Tengo una noticia que darte-dijo.
-Te escucho- contesté.
-Al principio no me di cuenta-habló-, pero el sujeto que me visitaba poco a poco se ha ido marchitando, terminando por reprocharme mis continuas salidas. Su cara, hasta entonces lozana había terminado por parecer un cadáver y su cuerpo se había vuelto lánguido. Últimamente sus visitas eran cada vez menos frecuentes. Hoy hace tres días que no me visita, y lo máximo que hasta ahora había estado sin hacerlo era un día.
-Ahora lo comprendo-dije-, ha estado a tu lado mientras lo has necesitado, te has alimentado de él y él se ha alimentado de ti; cuando no le has hecho caso, ha languidecido poco a poco, y con toda seguridad haya muerto allí en sus regiones de origen.

Eladio Parreño Elías

25-Marzo-1989





vaya profundidad y grandes imágenes nos dejas, besos
 
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