Aquel cielo de ceniza
ponía gris el paisaje
dejando hablar al silencio
en la tristeza del valle.
No se oían alegrías
ni se veían amantes
paseando de la mano
o parándose a besarse
al sol tibio del invierno,
ni buscar para sentarse
a los abuelos viejitos
y charlar junto al estanque.
El río se iba durmiendo
arropado por el sauce
y su canción era triste
bajo aquel cielo flotante.
Las aves cuchicheaban
ovilladas y la tarde
caía lánguidamente
fría y sola y sin cantares.
El pueblo había quedado
espectral tras mis cristales
y en la cortina brumosa,
la negrura de los árboles.
¿Quién habría de pasar
mientras veía en la tarde
caminar la espesa bruma
para acostarse en las calles?
A mi alma le llegaban
voces tristes y a mi sangre
un llanto de soledad
ahogándome cada instante.
Y eché los visillos por
si este corazón sin nadie,
decidiera con la bruma
desvanecerse en las calles.
Luis