Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Nota: Es posible que esta función no esté disponible en algunos navegadores.
![]()
Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado en el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.
Eladio Parreño Elías
20-Septiembre-2011
::
::![]()
Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado en el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.
Eladio Parreño Elías
20-Septiembre-2011
MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.
✦ Hazte MecenasSin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español