Dertodesking
Poeta recién llegado
LIBRO I
Nimia inmolación: primera parte
Oh, la penitencia canta del mesías,
santa inspiración, que mueves mi cantar
hacia la grandeza. Canta de un ilustre
hombre, que por darnos vida sempiterna
vino y en el madero sendas aflicciones
hubo de sentir. Acude, tan enhiesta
desde el Paraíso; mi alma con tu mano
toca con oficio, y sobre mi cabeza
tu hálito suspira, de arte abarrotado.
¡Oh, iluminación! ¡Acude, y mi Virgilio
sé en mi romeraje, infusa cuan te veo!
Triste es el momento que hoy a rememorar
vengo acometido, pues ya Jesucristo
sobre el crucifijo se halla padeciendo.
Antes el malvado, Judas, lo vendió:
treinta tetradracmas era su valía.
Luego con seiscientos hombres a prenderlo
vino, y a Judaea viles lo llevaron.
Como alrededor de algunos interfectos
la horda matadora se hace petulante,
tal se comportó la hueste en el proceso
cruel, al redentor guantazos propiciando.
Cuando satisfecha la ira de la turba
se hizo, a Jesucristo aquella laureola
dieron de punzante planta en su cabeza.
Ante el pretorial llevaron al Mesías,
donde Judaea toda a Barrabás
dio la libertad, y al Santo Primogénito
a una pesadumbre horrible condenó.
Tal mi creación comienza, ya que Cristo
sobre el crucifijo se halla padeciendo.
Ácida su bilis, negra su enturbiada
sangre que tranquila sobre sus luceros
cruda ya desciende. Aquellos a su Pueblo
miran entornados, como suplicando
de él misericordia. Pero de Judea
todo el populacho alegre manifiesta:
«Este extraño, débil rey que en crimen rige,
pues con esos malos justo está en el centro,
sea nuestro ejemplo, sea nuestra norma».
Busca al magistrado la horda israelita.
Como un usurero que hace innumerable
oro por las penas de otros insensatos,
que ante su tienda llegan sollozando,
tal temperamento muestran los judíos
cuando al pretoriado marchan jubilosos.
Ya ante el pretorial dialogan con Pilato,
juez que al redentor mandó a crucificar:
«Oh, Pilato, gran pretor, que a Cristo allí
cruel mandaste —dicen —pero mucho ha sido.
Suéltalo hoy por que haga vida larga a cambio
de estas, nuestras, que hoy ofrecemos a él, indignos».
Habla el de Tiberio, calmo, con su cetro
sobre la cabeza; argéntos sus halcones:
«Donde de los cráneos
ese promontorio
fueron tres felones
bien ajusticiados,
no por la morada
toga que mi fuerza
marca de prefecto,
sino por costumbre
vuestra: liberar
a uno, por mandar
a otro al crucifijo;
tal lo decidisteis».
Dice la mesnada, pues, al de Tiberio:
«Tal lo quiso nuestra tribu antaño, pero
mucho tiempo de eso, como sabes, ya hace»
Poncio del curul se mueve, y su bastón
duro al pavimento lleva; con sus ojos
fiero a los judíos mira y vitupera:
«¡Cuán encastillados
sois, que a los patriarcas
de etnia israelita
vuestras reprochables
faltas atribuís!
Pues tan responsables
eran los primeros
como los que luego
— que ante mi curul
veo— les siguieron.
¡Idos al abismo
prestos, renegados
cuan os presentáis!».
Gimen los judíos, que ante la invectiva
bajan sus cabezas. Uno dialogar
trata con Pilato, empero temeroso:
«La orden de ese líder nuestro, el gran Caifás,
nuestro pueblo sigue bajo pena de horca;
pues si obrara cual quisiera, el pueblo a Cristo
bien iría a aquel, del mundo Gran fulgor».
Ríe el de Tiberio; trona el pretorial
bajo su ludibrio. Como por las dunas
llega el reverbero y fuerza de un rugido,
que hondo sobresalto sobre la sabana
toda determina, tal supremacía
tiene el de Tiberio sobre los judíos.
«Miedo a fenecer
creo que tenéis».
Gachas las cabezas, hablan los elíadas:
«No, mas miedo a en balde ser en la horca muertos
siente el mundo todo, y tú también verías
tal destino en nuestra piel... si en ella fueras
cual nosotros. Pero bien protege un cetro
tu alma rica, y pobres no te somos útiles».
«Pero con Jesús
crueles procedisteis».
Gachos se mantienen todos, sin alzar
la haz; tras un minuto rompen el silencio
y entre gimoteos lloran a Pilato:
«Ante aquel rabí un terror del alma entró
raudo y hablar nos fue imposible. ¡La horca el cuello
ata en vil sisal, y el aire roba de él,
ducha en malos artes! Antes, la hoz nos siege
cruel, en cama enfermos. ¡Tal odiamos a ella!»
Cae el de Tiberio sobre su curul:
«¿Menos os espantan
esos crucifijos
que ellos en sus cuerpos
cargan? ¡Insensatos!
¡Falsos los lamentos!
Mofa del juzgado
bien ejerceréis
cuando el promontorio
de hombres en maderos
se hinche, y a un arbolado
pardo se asemeje».
Nimia inmolación: primera parte
Oh, la penitencia canta del mesías,
santa inspiración, que mueves mi cantar
hacia la grandeza. Canta de un ilustre
hombre, que por darnos vida sempiterna
vino y en el madero sendas aflicciones
hubo de sentir. Acude, tan enhiesta
desde el Paraíso; mi alma con tu mano
toca con oficio, y sobre mi cabeza
tu hálito suspira, de arte abarrotado.
¡Oh, iluminación! ¡Acude, y mi Virgilio
sé en mi romeraje, infusa cuan te veo!
Triste es el momento que hoy a rememorar
vengo acometido, pues ya Jesucristo
sobre el crucifijo se halla padeciendo.
Antes el malvado, Judas, lo vendió:
treinta tetradracmas era su valía.
Luego con seiscientos hombres a prenderlo
vino, y a Judaea viles lo llevaron.
Como alrededor de algunos interfectos
la horda matadora se hace petulante,
tal se comportó la hueste en el proceso
cruel, al redentor guantazos propiciando.
Cuando satisfecha la ira de la turba
se hizo, a Jesucristo aquella laureola
dieron de punzante planta en su cabeza.
Ante el pretorial llevaron al Mesías,
donde Judaea toda a Barrabás
dio la libertad, y al Santo Primogénito
a una pesadumbre horrible condenó.
Tal mi creación comienza, ya que Cristo
sobre el crucifijo se halla padeciendo.
Ácida su bilis, negra su enturbiada
sangre que tranquila sobre sus luceros
cruda ya desciende. Aquellos a su Pueblo
miran entornados, como suplicando
de él misericordia. Pero de Judea
todo el populacho alegre manifiesta:
«Este extraño, débil rey que en crimen rige,
pues con esos malos justo está en el centro,
sea nuestro ejemplo, sea nuestra norma».
Busca al magistrado la horda israelita.
Como un usurero que hace innumerable
oro por las penas de otros insensatos,
que ante su tienda llegan sollozando,
tal temperamento muestran los judíos
cuando al pretoriado marchan jubilosos.
Ya ante el pretorial dialogan con Pilato,
juez que al redentor mandó a crucificar:
«Oh, Pilato, gran pretor, que a Cristo allí
cruel mandaste —dicen —pero mucho ha sido.
Suéltalo hoy por que haga vida larga a cambio
de estas, nuestras, que hoy ofrecemos a él, indignos».
Habla el de Tiberio, calmo, con su cetro
sobre la cabeza; argéntos sus halcones:
«Donde de los cráneos
ese promontorio
fueron tres felones
bien ajusticiados,
no por la morada
toga que mi fuerza
marca de prefecto,
sino por costumbre
vuestra: liberar
a uno, por mandar
a otro al crucifijo;
tal lo decidisteis».
Dice la mesnada, pues, al de Tiberio:
«Tal lo quiso nuestra tribu antaño, pero
mucho tiempo de eso, como sabes, ya hace»
Poncio del curul se mueve, y su bastón
duro al pavimento lleva; con sus ojos
fiero a los judíos mira y vitupera:
«¡Cuán encastillados
sois, que a los patriarcas
de etnia israelita
vuestras reprochables
faltas atribuís!
Pues tan responsables
eran los primeros
como los que luego
— que ante mi curul
veo— les siguieron.
¡Idos al abismo
prestos, renegados
cuan os presentáis!».
Gimen los judíos, que ante la invectiva
bajan sus cabezas. Uno dialogar
trata con Pilato, empero temeroso:
«La orden de ese líder nuestro, el gran Caifás,
nuestro pueblo sigue bajo pena de horca;
pues si obrara cual quisiera, el pueblo a Cristo
bien iría a aquel, del mundo Gran fulgor».
Ríe el de Tiberio; trona el pretorial
bajo su ludibrio. Como por las dunas
llega el reverbero y fuerza de un rugido,
que hondo sobresalto sobre la sabana
toda determina, tal supremacía
tiene el de Tiberio sobre los judíos.
«Miedo a fenecer
creo que tenéis».
Gachas las cabezas, hablan los elíadas:
«No, mas miedo a en balde ser en la horca muertos
siente el mundo todo, y tú también verías
tal destino en nuestra piel... si en ella fueras
cual nosotros. Pero bien protege un cetro
tu alma rica, y pobres no te somos útiles».
«Pero con Jesús
crueles procedisteis».
Gachos se mantienen todos, sin alzar
la haz; tras un minuto rompen el silencio
y entre gimoteos lloran a Pilato:
«Ante aquel rabí un terror del alma entró
raudo y hablar nos fue imposible. ¡La horca el cuello
ata en vil sisal, y el aire roba de él,
ducha en malos artes! Antes, la hoz nos siege
cruel, en cama enfermos. ¡Tal odiamos a ella!»
Cae el de Tiberio sobre su curul:
«¿Menos os espantan
esos crucifijos
que ellos en sus cuerpos
cargan? ¡Insensatos!
¡Falsos los lamentos!
Mofa del juzgado
bien ejerceréis
cuando el promontorio
de hombres en maderos
se hinche, y a un arbolado
pardo se asemeje».
ACLARACIONES SOBRE LA MÉTRICA
-versos descriptivos: combinación de dos hexasílabos peonios en un dodecasílabo (1,5,7,11)
-la voz del pueblo: dodecasílabos troqueos (1,3,5,7,9,11)
-la voz de Pilato: hexasílabos peonios (1,5)
-versos descriptivos: combinación de dos hexasílabos peonios en un dodecasílabo (1,5,7,11)
-la voz del pueblo: dodecasílabos troqueos (1,3,5,7,9,11)
-la voz de Pilato: hexasílabos peonios (1,5)
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