Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Me he tornado un solitario.
Los días han ido pasando
y, casi sin darme cuenta,
se fue todo lo que me importaba.
La cama en que dormía,
allí donde yo ponía voces
a las historias que leía,
Hoy permanece hecha,
inmóvil, limpia y fría.
Me llena el espacio que me rodea.
El mar de otoño, gris,
que peina canas de espuma
en afanes del viento.
Tengo el tiempo ido,
el que llevo dentro
y siempre será mío.
Las horas, los años vividos
que empapan las lluvias
de este noviembre sombrío.
Las nubes dibujan cielos
de luz y sombras.
Los bancos del paseo
añoran las personas
que hace poco los ocupaban,
ávidos de sombra.
Y ahora que la sombra llega,
se acompaña de silencio
que ni siquiera rompe
el chorro de agua en la fuente.
Me he tornado un solitario:
lector de historias
a las que nadie atiende.
Alguien que no añora los abrazos,
pero espera impaciente
que florezcan los brezos y los alerces.
Los días han ido pasando
y, casi sin darme cuenta,
se fue todo lo que me importaba.
La cama en que dormía,
allí donde yo ponía voces
a las historias que leía,
Hoy permanece hecha,
inmóvil, limpia y fría.
Me llena el espacio que me rodea.
El mar de otoño, gris,
que peina canas de espuma
en afanes del viento.
Tengo el tiempo ido,
el que llevo dentro
y siempre será mío.
Las horas, los años vividos
que empapan las lluvias
de este noviembre sombrío.
Las nubes dibujan cielos
de luz y sombras.
Los bancos del paseo
añoran las personas
que hace poco los ocupaban,
ávidos de sombra.
Y ahora que la sombra llega,
se acompaña de silencio
que ni siquiera rompe
el chorro de agua en la fuente.
Me he tornado un solitario:
lector de historias
a las que nadie atiende.
Alguien que no añora los abrazos,
pero espera impaciente
que florezcan los brezos y los alerces.