Los zapatos

Seguro que la próxima vez que Ayrton vaya a engañar a alguien se lo piensa dos veces jaja,le dieron de su propia medicina,me gusto la historia,un abrazo enorme y estrellas!!
 
Quien a hierro mata, a hierro muere jajajaa.... lástima que casos así no se en más a menudo.
Un relato entretenido y didáctico, dulci. Un besote.
 
Profundo e interesante mensaje amigo Eladio,
una moraleja clara y directa:
"Ojo por ojo,diente por diente"

Mil aplausos y un mar de estrellas Eladio
Abrazos
 
cazador casado mi estimado dulcinista me gusta mucho tu relato,es bueno pero si me lo permites te sugeriria agregarle mas descripción al entorno donde se desarrolla la trama...(calles de piedra,el sonido de los cascos de los caballos al pasar los carruajes,el rostro de los demas transeuntes,la vestimenta los sombreros,todo lo que ilustra la imaginacion del lector...)con humildad y felicitandote...luis diaz.
 
arthur-lepizig.jpg
arthur-lepizig.jpg


Ayrton Bailey era lo que podríamos llamar un inconsciente. Dueño de un temperamento impulsivo, para él no existía el futuro, ni temía a esos problemas económicos que amargan la vida a algunas personas. A sus veinticinco años podía vanagloriarse de haber dilapidado la fortuna heredada de una de las hermanas de su madre. Gran amante de la buena vida, nadie podía decir que lo había visto trabajar. Entre sus amigos tenía fama de calavera y embustero. Si su madre hubiese visto las zapatos con los que se paseaba por la ciudad, le hubiese dado, sin ninguna duda, un ataque de histeria, pues la buena mujer, desde la muerte de su marido, padecía de los nervios, y pertenecía a esa clase de personas para las que aparentar es tan importante como ser. Para una mujer de comportamiento intachable durante toda su vida, era difícil soportar a un hijo así.
La verdad es que pasearse por la ciudad con unos zapatos rotos no es lo más apropiado para el clima frío y lluvioso de la región el la que vivía.
Un viernes, probablemente el más lluvioso de la década, se encontraba parado frente al escaparate de una zapatería, resguardado de la lluvia por un paraguas, con tan solo diez libras en el bolsillo del pantalón. Esas diez libras eran su única fortuna hasta que consiguiera embaucar a alguno de sus amigos o a algún transeúnte cándido. A su lado, se paró Abigail Griffin, casi de su misma edad y llegado a la ciudad esa misma mañana.
-Puede usted resguardarse bajo mi paraguas mientras decide si entra en la tienda o no- dijo Ayrton.
-No suelo comprar en esta clase de tiendas. Aquí los zapatos no son de buena calidad- contestó Abigail poniéndose bajo el paraguas.
-Lo mismo opino yo. Está bien claro que esta tienda no es de fiar-contestó Ayrton.
-No me cabe la menor duda de que usted ha recibido una educación exquisita-habló Abigail.
-Estrictas institutrices me educaron hasta que tuve edad para ir a uno de los mejores colegios de Inglaterra. Mis padres no descuidaron esa faceta de mi vida, conocedores de que la buena educación es la puerta del éxito-contestó Ayrton.
-Siempre he pensado que quien ha sido educado en la rectitud desprende una luz especial, y esa luz la veo en usted-dijo Abigail.
-Creo que está usted en lo cierto, aunque estará de acuerdo conmigo en que es posible que ciertos imponderables puedan lograr que una persona de la mejor familia parezca que se ha criado en el arroyo-dijo Ayrton.
-Por supuesto, nadie está libre de los caprichos del azar-contestó Abigail.
-Para ilustrar las tropelías del azar, nada mejor que mi propio caso. Despojado de todo mi dinero por un familiar, que abusando de mi candidez, me ha dejado sin nada, con tan solo diez libras en el bolsillo del pantalón. Esa es mi única riqueza hasta que mi padre llegue de viaje y pueda socorrerme-dijo Ayrton.
-La verdad es que su caso es doloroso-dijo Abigail-.Este año parece que no quiere dejar de llover. Y se quedó mirando fijamente los zapatos de Ayrton.
-Más que penoso es humillante. Imagínese a una persona de mi educación y posición paseando bajo la lluvia con estos zapatos. Si me gasto las diez libras en unos nuevos no podré comer, y no sé el tiempo que mi padre tardará en llegar-dijo Ayrton.
-No se preocupe por los zapatos. Yo podría dejarle el dinero, y cuando su padre vuelva, me lo devuelve. Las personas educadas y de buena familia debemos ayudarnos entre nosotros-dijo Abigail dándole un golpe en la espalda.
Se estrecharon la mano. Seguía lloviendo. Ayrton pensó en lo que se iva a reir cuando se lo contase a sus amigos; tanto o más que cuando consiguió que una mujer le comprase un bastón con una artimaña parecida.
-Vayamos a mi casa a por dinero. Compraremos los zapatos en la mejor tienda de la ciudad. Cogeremos un coche, así evitaremos que sus pies se humedezcan más-dijo Abigail.
Pararon un coche de caballos y se subieron a él.
-Le voy a pedir un favor-le dijo Abigail a su acompañante-déjeme sus diez libras para pagarle al cochero. Yo no tengo suelto y quizás el buen hombre no tenga cambio. Después le devolveré su dinero.
Ayrton sacó su billete de diez libras y se lo dio.
Al pasar por Regent Street Abigail ordenó al cochero que parara. Se bajó del coche como alma que lleva el diablo y entró en una zapatería. Al cabo de un rato volvió calzando un par de zapatos nuevos.
-Sientan bien unos zapatos comprados con el dinero de un embaucador-le dijo a Ayrton, que había esperado su vuelta dentro del coche.
Ayrton estaba mudo, incapáz de articular palabra. Le habían dado de su propia medicina, y eso además de doloroso era humillante.
-Los dos somos unos embaucadores mentirosos. Pero yo además soy inteligente-dijo Abigail.
-Mi amigo le pagará-le dijo al cochero.
-Han sobrado cinco chelines de la compra de los zapatos-le dijo a Ayrton.
Le entregó los cinco chelines y se marchó paseando bajo la lluvia con sus zapatos nuevos.

Eladio Parreño Elías

24-Julio-2011


Qué divertido. Gracias por este encantador relato. Me ha recordado un poco a Dickens. Es buenísimo.
Una brazo y un beso.
 
Como todo lo tuyo, este magnífico relato lleva su moraleja..."para uno que madrugó, otro que no durmió" Al pobre tipo le dieron una cucharada de su propia medicina.
Muy bien logrado amigo!!
Te dejo mi abrazo.
 
arthur-lepizig.jpg
arthur-lepizig.jpg


Ayrton Bailey era lo que podríamos llamar un inconsciente. Dueño de un temperamento impulsivo, para él no existía el futuro, ni temía a esos problemas económicos que amargan la vida a algunas personas. A sus veinticinco años podía vanagloriarse de haber dilapidado la fortuna heredada de una de las hermanas de su madre. Gran amante de la buena vida, nadie podía decir que lo había visto trabajar. Entre sus amigos tenía fama de calavera y embustero. Si su madre hubiese visto las zapatos con los que se paseaba por la ciudad, le hubiese dado, sin ninguna duda, un ataque de histeria, pues la buena mujer, desde la muerte de su marido, padecía de los nervios, y pertenecía a esa clase de personas para las que aparentar es tan importante como ser. Para una mujer de comportamiento intachable durante toda su vida, era difícil soportar a un hijo así.
La verdad es que pasearse por la ciudad con unos zapatos rotos no es lo más apropiado para el clima frío y lluvioso de la región el la que vivía.
Un viernes, probablemente el más lluvioso de la década, se encontraba parado frente al escaparate de una zapatería, resguardado de la lluvia por un paraguas, con tan solo diez libras en el bolsillo del pantalón. Esas diez libras eran su única fortuna hasta que consiguiera embaucar a alguno de sus amigos o a algún transeúnte cándido. A su lado, se paró Abigail Griffin, casi de su misma edad y llegado a la ciudad esa misma mañana.
-Puede usted resguardarse bajo mi paraguas mientras decide si entra en la tienda o no- dijo Ayrton.
-No suelo comprar en esta clase de tiendas. Aquí los zapatos no son de buena calidad- contestó Abigail poniéndose bajo el paraguas.
-Lo mismo opino yo. Está bien claro que esta tienda no es de fiar-contestó Ayrton.
-No me cabe la menor duda de que usted ha recibido una educación exquisita-habló Abigail.
-Estrictas institutrices me educaron hasta que tuve edad para ir a uno de los mejores colegios de Inglaterra. Mis padres no descuidaron esa faceta de mi vida, conocedores de que la buena educación es la puerta del éxito-contestó Ayrton.
-Siempre he pensado que quien ha sido educado en la rectitud desprende una luz especial, y esa luz la veo en usted-dijo Abigail.
-Creo que está usted en lo cierto, aunque estará de acuerdo conmigo en que es posible que ciertos imponderables puedan lograr que una persona de la mejor familia parezca que se ha criado en el arroyo-dijo Ayrton.
-Por supuesto, nadie está libre de los caprichos del azar-contestó Abigail.
-Para ilustrar las tropelías del azar, nada mejor que mi propio caso. Despojado de todo mi dinero por un familiar, que abusando de mi candidez, me ha dejado sin nada, con tan solo diez libras en el bolsillo del pantalón. Esa es mi única riqueza hasta que mi padre llegue de viaje y pueda socorrerme-dijo Ayrton.
-La verdad es que su caso es doloroso-dijo Abigail-.Este año parece que no quiere dejar de llover. Y se quedó mirando fijamente los zapatos de Ayrton.
-Más que penoso es humillante. Imagínese a una persona de mi educación y posición paseando bajo la lluvia con estos zapatos. Si me gasto las diez libras en unos nuevos no podré comer, y no sé el tiempo que mi padre tardará en llegar-dijo Ayrton.
-No se preocupe por los zapatos. Yo podría dejarle el dinero, y cuando su padre vuelva, me lo devuelve. Las personas educadas y de buena familia debemos ayudarnos entre nosotros-dijo Abigail dándole un golpe en la espalda.
Se estrecharon la mano. Seguía lloviendo. Ayrton pensó en lo que se iva a reir cuando se lo contase a sus amigos; tanto o más que cuando consiguió que una mujer le comprase un bastón con una artimaña parecida.
-Vayamos a mi casa a por dinero. Compraremos los zapatos en la mejor tienda de la ciudad. Cogeremos un coche, así evitaremos que sus pies se humedezcan más-dijo Abigail.
Pararon un coche de caballos y se subieron a él.
-Le voy a pedir un favor-le dijo Abigail a su acompañante-déjeme sus diez libras para pagarle al cochero. Yo no tengo suelto y quizás el buen hombre no tenga cambio. Después le devolveré su dinero.
Ayrton sacó su billete de diez libras y se lo dio.
Al pasar por Regent Street Abigail ordenó al cochero que parara. Se bajó del coche como alma que lleva el diablo y entró en una zapatería. Al cabo de un rato volvió calzando un par de zapatos nuevos.
-Sientan bien unos zapatos comprados con el dinero de un embaucador-le dijo a Ayrton, que había esperado su vuelta dentro del coche.
Ayrton estaba mudo, incapáz de articular palabra. Le habían dado de su propia medicina, y eso además de doloroso era humillante.
-Los dos somos unos embaucadores mentirosos. Pero yo además soy inteligente-dijo Abigail.
-Mi amigo le pagará-le dijo al cochero.
-Han sobrado cinco chelines de la compra de los zapatos-le dijo a Ayrton.
Le entregó los cinco chelines y se marchó paseando bajo la lluvia con sus zapatos nuevos.

Eladio Parreño Elías

24-Julio-2011


aaayyyyyyss Que fuerte!!! pero que merecido se lo tenia, eso pasa cuando alguien es mas listo, jjaja de risa y de ejemplo, rep y mis cariños mi gran amigo Eladio, me quedo siempre que te leo sin aire pero con una historia sorpendete y encantadora, saludos y mis cariños ijole no me dejaron darte rep
 
Buenas noches dulcinista :)

Hacía ya tiempo que no podía conectar tranquilamente y pararme a leer alguna de tus magistrales historias. Esta historia tuya me ha vuelto a entretener, fascinar y sin lugar a dudas, me ha vuelto a demostrar que tienes un gran estilo creando personajes y como siempre te he dicho: "sabes crear ambientes". Es, sin lugar a dudas, una bonita historia con su moraleja incluida. Además, su extensión es la idónea, y te engancha al momento. Muchas gracias por estos minutos de divertimento :) Te mando estrellas! Saludos!
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba