Cecilya
Cecy
El estudio de Juan huele a libros, es un cuarto cálido, rectangular y mal ventilado, a propósito. Pensado así para que el aire rumoroso de la plaza frente a su departamento no lo profane con la realidad.
Es un recinto de abstracción, de inciensos, de esencias saturadas de frutos y maderas, impregnado del inconfundible perfume del papel sepia de la biblioteca que ocupa la pared perpendicular a la ventana. Una ventana antigua, con postigones de hierro que está casi oculta por una cortina bordó de textura densa, cuya penumbra le da protagonismo al sereno halo de la lámpara Tiffany sobre el escritorio ubicado frente al sofá.
Es una habitación bohemia, divinamente adictiva, extraña, fuera del mundo, diseñada para un encierro voluntario de aromas intensos.
Y Blanca aprueba, sonríe, curva los labios de una manera hipnótica. Le gusta mucho el lugar, se le nota en los ojos suavemente ahumados por una discreta sombra azul.
La contemplación de los libros acomodados en los estantes de cedro le causa placer y los roza con tacto sutil, hasta que sus pasos buscan el sofá, mientras afuera el cielo se va apagando en nubarrones que intimidan.
Blanca estira las piernas sobre la amplitud del sillón. Está contenta, relajada.
Sus botas sobre la alfombra con arabescos morados reposan escondidas debajo de la mesita legumbrera que Juan compró en la feria de los artesanos del bulevar, solo porque a ella le encanta la estética de los colores de los granos repartidos debajo del vidrio.
Lleva unas medias de algodón cortas y suaves con lunares rojos en un fondo negro, que a él le provocan sensaciones más peligrosas que tiernas.
Ella le pide permiso para espiar las evaluaciones de sus alumnos y Juan se lo concede, como le concede todo.
Y mientras le acerca un capuchino con una porción de torta mil hojas comprada en La Nacional, le sigue contando esas historias que ella dice que por favor necesita oír.
De su niñez, de sus espacios hallados entre la vereda, el fútbol de jardín y la pileta de lona del patio con baldosas anaranjadas, de esas tardes longevas y calurosas de verano bajo el parral, o del tronco del paraíso que siempre le recibía la espalda, abrazándolo con su sombra cómplice.
El relato se transporta a las páginas de un viejo cuaderno que tenía más dibujos que escritos, pero en el que ya despuntaba la vocación del profesor. Tenía que ser con las letras. Su vida y las letras ya eran una unidad indivisible.
Blanca vuelve a preguntarle si él es estricto para corregir, si los años lo volvieron un poquitín ogro, si lo incomodan, la gramática en desorden o los acentos en fuga.
Y es entonces Juan el que no pide permiso para besarla y el diálogo se interrumpe.
Le exige, risueña, que retomen la conversación y a él le cuesta darle un respiro porque es sencillamente exquisita, una delicia hasta de nombre.
Su boca sabe a azúcar, a dulce de leche con notas de cacao y café.
Blanca, Blanca suya, Blanca luz, pronuncia y suena como un mantra.
El mundo es agradable en el contexto de su espíritu que la hospeda, y por supuesto que se lo hace saber con palabras de cuaderno, con verbo de tinta, con un lenguaje que ella conoce y requiere, y para que nunca jamás se le olvide.
Pone a girar en un vinilo por el que pagó con gusto una fortuna, la canción de Serú Girán, que lo interpreta perfectamente.
Es magnífica. Es magia pura e incuestionable. Blanca también.
Y la cantan en un dueto sin ensayo previo, ella afinada, él con algunos olvidos de la letra, pero no se detiene, porque ese canto invocación consigue que el egrégor de la plenitud se manifieste y descienda, como descienden las primeras gotas de la tarde que acontece detrás de las cortinas oscuras.
Después del viaje musical, Juan intenta volver, hace el esfuerzo por reanudar el hilo de la charla, y explica con sus mejores modos de docente, que solo creció y maduró, que el chico de la vereda leyó mucho más, que se equivocó, que acertó, que aprendió, que se pulió bastante, y que cambió el cuaderno y la lapicera por una notebook que debe renovar en cualquier momento, pero que no lo hizo aún, porque le da lástima reemplazar a una vieja amiga y compañera de tareas a la que frecuentemente le falla el teclado.
Blanca lo llama “nostálgico vintage”, “su” nostálgico vintage, afirmando que justamente por eso está hecho para ella, brindándole así la excusa perfecta para encontrarse de nuevo con su boca.
Ruge un trueno y se descorre un telón de agua, de tormenta de abril detrás de los vidrios teñidos de vapor, al mismo tiempo que la dama juega a rendirse y otro temporal se desata dentro del cuarto exótico, del mundo creado, del mundo agradable que para ellos siempre lo será, en tanto decidan estar juntos.
Nota: copyright 2021, relato breve de temática romántico-descriptiva cuya única finalidad es entretener.
Es un recinto de abstracción, de inciensos, de esencias saturadas de frutos y maderas, impregnado del inconfundible perfume del papel sepia de la biblioteca que ocupa la pared perpendicular a la ventana. Una ventana antigua, con postigones de hierro que está casi oculta por una cortina bordó de textura densa, cuya penumbra le da protagonismo al sereno halo de la lámpara Tiffany sobre el escritorio ubicado frente al sofá.
Es una habitación bohemia, divinamente adictiva, extraña, fuera del mundo, diseñada para un encierro voluntario de aromas intensos.
Y Blanca aprueba, sonríe, curva los labios de una manera hipnótica. Le gusta mucho el lugar, se le nota en los ojos suavemente ahumados por una discreta sombra azul.
La contemplación de los libros acomodados en los estantes de cedro le causa placer y los roza con tacto sutil, hasta que sus pasos buscan el sofá, mientras afuera el cielo se va apagando en nubarrones que intimidan.
Blanca estira las piernas sobre la amplitud del sillón. Está contenta, relajada.
Sus botas sobre la alfombra con arabescos morados reposan escondidas debajo de la mesita legumbrera que Juan compró en la feria de los artesanos del bulevar, solo porque a ella le encanta la estética de los colores de los granos repartidos debajo del vidrio.
Lleva unas medias de algodón cortas y suaves con lunares rojos en un fondo negro, que a él le provocan sensaciones más peligrosas que tiernas.
Ella le pide permiso para espiar las evaluaciones de sus alumnos y Juan se lo concede, como le concede todo.
Y mientras le acerca un capuchino con una porción de torta mil hojas comprada en La Nacional, le sigue contando esas historias que ella dice que por favor necesita oír.
De su niñez, de sus espacios hallados entre la vereda, el fútbol de jardín y la pileta de lona del patio con baldosas anaranjadas, de esas tardes longevas y calurosas de verano bajo el parral, o del tronco del paraíso que siempre le recibía la espalda, abrazándolo con su sombra cómplice.
El relato se transporta a las páginas de un viejo cuaderno que tenía más dibujos que escritos, pero en el que ya despuntaba la vocación del profesor. Tenía que ser con las letras. Su vida y las letras ya eran una unidad indivisible.
Blanca vuelve a preguntarle si él es estricto para corregir, si los años lo volvieron un poquitín ogro, si lo incomodan, la gramática en desorden o los acentos en fuga.
Y es entonces Juan el que no pide permiso para besarla y el diálogo se interrumpe.
Le exige, risueña, que retomen la conversación y a él le cuesta darle un respiro porque es sencillamente exquisita, una delicia hasta de nombre.
Su boca sabe a azúcar, a dulce de leche con notas de cacao y café.
Blanca, Blanca suya, Blanca luz, pronuncia y suena como un mantra.
El mundo es agradable en el contexto de su espíritu que la hospeda, y por supuesto que se lo hace saber con palabras de cuaderno, con verbo de tinta, con un lenguaje que ella conoce y requiere, y para que nunca jamás se le olvide.
Pone a girar en un vinilo por el que pagó con gusto una fortuna, la canción de Serú Girán, que lo interpreta perfectamente.
Es magnífica. Es magia pura e incuestionable. Blanca también.
Y la cantan en un dueto sin ensayo previo, ella afinada, él con algunos olvidos de la letra, pero no se detiene, porque ese canto invocación consigue que el egrégor de la plenitud se manifieste y descienda, como descienden las primeras gotas de la tarde que acontece detrás de las cortinas oscuras.
Después del viaje musical, Juan intenta volver, hace el esfuerzo por reanudar el hilo de la charla, y explica con sus mejores modos de docente, que solo creció y maduró, que el chico de la vereda leyó mucho más, que se equivocó, que acertó, que aprendió, que se pulió bastante, y que cambió el cuaderno y la lapicera por una notebook que debe renovar en cualquier momento, pero que no lo hizo aún, porque le da lástima reemplazar a una vieja amiga y compañera de tareas a la que frecuentemente le falla el teclado.
Blanca lo llama “nostálgico vintage”, “su” nostálgico vintage, afirmando que justamente por eso está hecho para ella, brindándole así la excusa perfecta para encontrarse de nuevo con su boca.
Ruge un trueno y se descorre un telón de agua, de tormenta de abril detrás de los vidrios teñidos de vapor, al mismo tiempo que la dama juega a rendirse y otro temporal se desata dentro del cuarto exótico, del mundo creado, del mundo agradable que para ellos siempre lo será, en tanto decidan estar juntos.
Nota: copyright 2021, relato breve de temática romántico-descriptiva cuya única finalidad es entretener.
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