Hay días como ayer, en que mi yo
reniega de si mismo y su empatía,
y le lanza a su esencia un ultimátum,
porque no puede más con la tristeza.
Te podría decir que la ternura
no es mi traje de fiesta del domingo,
es la tierra en que vivo, mi morada,
que rebosa los límites de amar.
La calma que precede a la pasión,
que recoge las lágrimas del otro;
es el beso en los ojos entornados,
la mano que acaricia los cabellos.
La ternura se filtra en las rendijas
de las celdas oscuras del agravio;
es como el soplo de una brisa leve
que al roce con los labios sabe a miel.
Y todo esto, mi amor, para decir:
-Que ya no sé qué hacer con la ternura
que despiertas en mí cuando la niegas.
¿Acaso puede el sol negar su luz?-
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