Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tembló levemente la hoja.
Se sujetó a la rama
mientras sus compañeras
caían alfombrando el sendero.
Vestían de oro viejo el camino
y mullían los pasos del caminante.
Una nueva ráfaga consiguió soltarla.
Navegando vientos,
meciéndose en el aire,
terminó por depositarse
en el viejo banco.
Se estremeció con el frío de la escarcha,
pequeñas espículas de hielo
revestían los travesaños de madera.
Agradeció el banco la tenue caricia
y se alegró de la nueva presencia.
Extrañaba el canto de alondras
y oropéndolas, sus saltos
sobre el respaldo, los revoloteos,
la algarabía de los parloteos incomprensibles
de los pájaros en la mañana.
Tampoco acudían los ancianos
que cada día en el verano
se sentaban a cambiar impresiones,
a recordar otros tiempos...
Una lluvia fina lavó los maderos del banco
y arrastró al suelo a nuestra hoja.
Un regatillo, recién formado,
la llevó consigo, sendero abajo.
De pronto, el banco, se sintió solo.
Se sujetó a la rama
mientras sus compañeras
caían alfombrando el sendero.
Vestían de oro viejo el camino
y mullían los pasos del caminante.
Una nueva ráfaga consiguió soltarla.
Navegando vientos,
meciéndose en el aire,
terminó por depositarse
en el viejo banco.
Se estremeció con el frío de la escarcha,
pequeñas espículas de hielo
revestían los travesaños de madera.
Agradeció el banco la tenue caricia
y se alegró de la nueva presencia.
Extrañaba el canto de alondras
y oropéndolas, sus saltos
sobre el respaldo, los revoloteos,
la algarabía de los parloteos incomprensibles
de los pájaros en la mañana.
Tampoco acudían los ancianos
que cada día en el verano
se sentaban a cambiar impresiones,
a recordar otros tiempos...
Una lluvia fina lavó los maderos del banco
y arrastró al suelo a nuestra hoja.
Un regatillo, recién formado,
la llevó consigo, sendero abajo.
De pronto, el banco, se sintió solo.
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