Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Árbol, entrégame el fuego
de los anillos interiores de tu temor
que no te hacen retroceder durante el incendio.
Enséñame cómo debo desprenderme
de la corteza de mis manos,
arrancar mis nódulos profundos que hendieron las rocas,
desnudarme de mi follaje que es mi palabra,
de cada hoja que fue un beso al aire.
Debo arder porque me he mentido,
porque mi sombra es humana,
porque no soy árbol.
Debo arder hasta quedar en ascua,
en el centro incandescente,
en el corazón de la llama de ser hombre.
No pretendo que encuentren mis cenizas
y piensen que hubo una hoguera
si solo es una señal de humo a la que nadie responde.
Es el frío de estar sitiado en el bosque de mis murmullos,
cayendo siempre a la raíz de mis ojos
sin poder encontrar mi mirada.
Árbol que te fugas en la arquitectura de los siglos,
indiferente a tu majestuosidad
desde que la ocultabas en la minúscula semilla;
árbol que no temes a la altura
de tu copa y de tus pájaros:
dame la humildad de ser fuerte al reconocerme frágil,
de bendecir mi innata semejanza a la tierra,
de vestirme con la piel de mis iguales.
De atesorar mi sitio momentáneo,
la estación de mi libertad que es el ámbito de mis sueños.
De no precisar del espejo para saber quién soy.
De amarte por árbol.
De amarme por persona porque al fin aprendí a amar.
de los anillos interiores de tu temor
que no te hacen retroceder durante el incendio.
Enséñame cómo debo desprenderme
de la corteza de mis manos,
arrancar mis nódulos profundos que hendieron las rocas,
desnudarme de mi follaje que es mi palabra,
de cada hoja que fue un beso al aire.
Debo arder porque me he mentido,
porque mi sombra es humana,
porque no soy árbol.
Debo arder hasta quedar en ascua,
en el centro incandescente,
en el corazón de la llama de ser hombre.
No pretendo que encuentren mis cenizas
y piensen que hubo una hoguera
si solo es una señal de humo a la que nadie responde.
Es el frío de estar sitiado en el bosque de mis murmullos,
cayendo siempre a la raíz de mis ojos
sin poder encontrar mi mirada.
Árbol que te fugas en la arquitectura de los siglos,
indiferente a tu majestuosidad
desde que la ocultabas en la minúscula semilla;
árbol que no temes a la altura
de tu copa y de tus pájaros:
dame la humildad de ser fuerte al reconocerme frágil,
de bendecir mi innata semejanza a la tierra,
de vestirme con la piel de mis iguales.
De atesorar mi sitio momentáneo,
la estación de mi libertad que es el ámbito de mis sueños.
De no precisar del espejo para saber quién soy.
De amarte por árbol.
De amarme por persona porque al fin aprendí a amar.
30 de enero de 2021
Última edición: