Aquí también difiero en tu manera de escandir la palabra 'aureola', hermano ─para mí tetrasílaba─ tal como la asumí en mi soneto «La quimera del corazón», cuya primera estrofa es:
Brilla la luna inmensa, su areola
baña con sus reflejos nuestro lecho.
La noche es en el mástil de mi pecho
negro pendón que en la quietud tremola. [...]
Gerardo Diego, en su romance «Ella», también escande la palabra 'aureola' como tetrasílaba:
¿No la conocéis? Entonces
imaginadla, soñadla.
¿Quién será capaz de hacer
el retrato de la amada?,
Yo sólo podría hablaros
vagamente de su lánguida
figura, de su aureola
triste, profunda y romántica.
Lo mismo hace Evaristo Ribera Chevremont en su hermoso soneto titulado 'Espuma', de su obra «Inefable Orilla». Lo transcribo completo para tu disfrute:
De lo ligero de la madrugada;
de lo sutil en lo fugaz ─neblina,
vapor o nube─ queda en el mar fina,
fluyente y tremulante pincelada.
De lo que el mar en su extensión afina
─perla en matización, concha irisada─,
queda un halo brillante en la oleada.
Halo que en pulcra irradiación culmina.
Los pétalos del lirio da la tierra
al mar, y el mar los tiene. El mar encierra
gracias, y gracias a sus gracias suma.
Y va mostrando, cuando la aureola
de la belleza ciñe, en mar y ola,
el blancor indecible de la espuma.
La lista sería mucho más larga; pero, por supuesto, eso no significa que sea la manera correcta. Si fuera así, ¿en dónde dejaríamos los enormes versos de J.L. Borges y de Unamuno?
A mi ciudad de patios cóncavos como cántaros
y de calles que surcan las leguas como un vuelo,
a mi ciudad de esquinas con aureola de ocaso
y arrabales azules, hechos de firmamento [...]
(J.L. Borges, «Versos de catorce»)
Pobre alma triste que caminas sola
perdida del desierto en las arenas,
llevando a cuestas solitarias penas
oscuras, que no brillan con la aureola [...]
(Miguel de Unamuno, «Soledad»)
De modo que es un asunto apasionante este de la resolución de encuentros vocálicos en función de la métrica del verso. Siempre existirán las licencias métricas, pero en la mayoría de los casos será nuestra propia manera de pronunciar las palabras lo que determinará la variante prosódica a elegir. ¿No lo crees?
Respecto al soneto en sí, veo que estás muy inspirado en estos días, cosa que me alegra inmensamente. Plasmas, en esta oportunidad, un par de encabalgamientos inusuales en tu práctica poética (5 y 12), logrando una gran fluidez sintáctica que se nota especialmente en los cuartetos, en donde la claridad es tanta que ni siquiera hacen falta los signos de puntuación. Referente al fondo, y buscando comprender lo que me parece un final espeluznante y misterioso... ¿Cuál es la presa de los fantasmas que habitan en ese otro mundo bajo la superficie?