pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Qué tristeza!
Los pequeños peces rojos y el negrichuelo de ojos saltones parecían gravemente compungidos. No por novicio me creía incapaz de mantener con vida a aquellos inquilinos, tampoco por estulticia ni por falta de conocimientos acuáticos. No en balde, en otra vida podría haber sido una carpa o un lucio de los procelosos ríos de mi patria, tal vez en el alto Ebro, en el Miño o en el Duero. Pero, lejos de la ficción, aquellos pequeños escamados se me estaban muriendo. ¡Qué fatalidad!
Agarré por las asideras el volante de mi inobservancia, es decir, la guía de teléfonos. Una simple llamada al vendedor, al amigo Fran, al de la gorra con el tucán, y tendría la solución en mi mano en sólo un par de minutos, tanto así como que los pequeños corpezuelos de los karassius se esparramarían por la misma si no procedía de inmediato a solucionar con la máxima diligencia aquel envite de la naturaleza.
Mientras mis ojos se volvían a sumergir en las brillantes aguas del nuevo acuario, tamizadas por el filtro casi insonoro y abaneadas por las plásticas copas y corolas de color rojo vivaz de las abundantes plantitas acuáticas, mis ojos echaron a danzar por entre los botes verdes de aprovisionamiento que hacían guardia día y noche frente al grueso vidrio del habitáculo marino.
La verdad era que mi amigo Fran se estaba demorando ya un poquito en atrapar su inalámbrico, posiblemente desde debajo de alguna ratonera o incluso oculta entre los fardos de pelo esquilados a cualquiera de los golden retriever y caniches que proliferaban por el barrio. Sin duda, Fran era un hombre muy ocupado.
Esperando y con el corazón en pausa, rememoré todos los pasos del buen aficionado a los acuarios; el bio-filter, con sus agentes bacterianos limpiador de excrementos y demás inmundicias del agua, el alimento específico para los peces rojos y el delicado Carassius auratus de ojillos telescópicos, el algicida, el bote de vitaminas, el anticloro, el multicure para infecciones parasitarias y, ya por último, el regulador del Ph del agua.
- ¡Coge el teléfono, Fran!, ¡coño, cógelo ya o se me mueren los delfines!
Al fin se descolgó el teléfono al otro lado de la línea. La voz de Fran parecía la del técnico de lavadoras, dispuesto a acudir con una factura proforma en una mano y un cronómetro en la otra.
- Dime, chaval. Que ahora estoy un poco liado, le estaba tajando las uñas a las ninfas.
- Vale, Fran, sólo es un minuto, que sé que eres un monstruo de los acuarios y seguro que yo estoy haciendo algo mal. Es que... se me están decayendo los pececitos, ¿sabes? No sé qué les pasa, parece que se me van a morir en cualquier momento...
- Pero, una cosita, ¿les pusiste el anticloro? ¿el algicida? ¿las vitaminas? ¿el alimento seco? ¿le añadiste al acuario la decoración arenosa del fondo? ¿y el mural de colorido aspecto marino lo pegaste en el cristal posterior?
- ¡Que sí, que sí, que no es eso! No hay tiempo que perder. ¡Que se me mueren!
- Espera, amigo... hay que seguir el protocolo. ¿Les pusiste también la luz de rayos uva? ¿la decoración marina a base de plantas acuáticas? ¿piedras suficientes para que tengan donde esconderse? ¿controlaste y corregiste el Ph del agua?
- Ya te dije que está todo eso mirado y controlado. Tengo más de 8 botes verdes todos abiertos junto al acuario. ¡Joder! Parece un ejército de momias ahí mirando para los pescados... pero lo más bonito es que el karassius telescópico anda rebuscando por el fondo como si no pudiera ya aletear parriba, como si no tuviera fuerzas, y el otro... ¡me da una penita verlo! ¡Que se me quedan en el sitio a las cuarenta y ocho horas! ¿qué hago? ¡Dime!
El amigo Fran aspiró una bocanada al otro lado del hilo. Estaría pensando. O fumando. O las dos cosas. Tal vez las cenizas caerían irremisiblemente al fondo del acuario comunitario en su pequeña tienda. Pero los peces de Fran eran resistentes a todo. Estaban acostumbrados a eso, y a mucho más.
- Amigo, ya sé lo que te falta. Y tienes toda la razón... me olvidé de advertirte cuando compraste el acuario. ¿No recuerdas que te hablé de que no todo viene en los libros?
- Ahora caigo, Fran, algo me dijiste, pero fue cuando me cayó la bolsita de los peces al suelo y no zanjamos aquella conversación.
- Ya, claro. Pues, ¡aprisita! Toma nota y haz todo lo que te voy a decir... Si no lo haces y rapidito, mañana no hace falta que vayas a hacer la compra, que podrás comer pez chico de la ría a la plancha. ¡Apunta...!
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Diez minutos después, los peces parecían haber envejecido meses. Pero ya tenía la solución entre manos. Había estado tan lejos de mí como distante quedaba la cocina.
- Te falta recrear, amigo, las condiciones normales de los peces en el río - me había dicho con una risa estentórea el astuto vendedor - ¡Las condiciones normales de los peces en el río! Por instinto atávico, los peces exigen cada día más particularidades. Son... joder, son... ¡como esponjas! - había dicho con una risa demoníaca - ¡como esponjas!
Me cuadré delante del acuario y la bombilla de bajo consumo desnuda de plafón proyectó mi larga sombra sobre aquella jaula de cristal y sus agonizantes moradores. Me sonreí.
En la mano derecha, atenazaba una lata aplastada de coca-cola, en la izquierda una botella de lejía casi vacía, y... sin tapón, claro.
Pensativo, traté de recordar como penúltima medida dónde había puesto el cenicero.
Y quedaba una última cuestión. ¿Dónde podría encontrar antes de la noche una compresa sucia y unos tampones usados?
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