Me embriago nombrándote
en mi voz, despertando al aire
lejos, en los suburbios gastados
de otro tiempo, de otros mares.
Como tener las pupilas
sedientas de amor, amándote.
No pienso en lo eterno,
o lo infinito cuando tus manos,
son depositarias de mis dichas,
tu boca recita su plegaria
a la distancia, aunque a uno le quede
la fantasía del amor.
Aun así, el anhelo se desliza
por mi espalda, por mis piernas,
tus letras me envuelven cálidamente,
arden como sol de primavera.
Promesas de amaneceres, que amanecer
se aprietan a mi rostro, y con el tuyo
ausente, solo me quedan tus ojos
angosto camino en el que te espero.
Entonces me abrazas a tu sosiego
tus labios artesanos moldean besos,
tentadores, inolvidables, olas blancas,
suaves, que me roban la voz y me
llevan a tus caderas, encadenándome
a la aurora hasta volver a tus labios,
de donde no hay posible retorno.
Siempre hay un final incierto, una
ilusión que se desabotona del mundo,
un eco desempolvando un nuevo paisaje,
un regreso a la mudez, al corazón gastado,
pero no hoy, no ahora que has venido.
Ana Mercedes Villalobos
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