Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
No sabes que tan fuerte brilla la luz en tu sonrisa.
Yo si lo sé, porque la he visto cuando duermo, y esta fulgura
entre nubes tejidas de apacibles sueños coloridos,
resplandeciendo como lo hace un grito de esperanza,
prolongándose por los ecos del infinito.
Como lo hace el lobo fantasma, corriendo
a través del invierno fastuoso y pasivo,
invierno que anestesia con su belleza escarchada,
cual gigante dormido entre melodías
que se difuminan en intensa melancolía,
aquella que hace que el alma vea con ojos espirituales.
No sabes que tan fuerte estalla el sol dentro de mis ojos
cuando estoy feliz, siento la gloria moviéndose invisible,
como fuego, como poder, como santidad que no merezco,
vistiéndome por momentos de una blancura que no soy digno.
Después palidezco y vuelve mi mundo gris.
Siento en mi, que todo se desmorona desde dentro hacia fuera,
brotando un espectro humeante que se desplaza,
intoxicando todo de una profunda oscuridad.
Nadie vio danzar al arcoíris en mis ojos tristes.
Nadie vio el dolor que se derramaba como miel amarga
por las curvas fracturadas de mi esqueleto.
Nadie intuyo el vuelo de tu alma abandonando esta realidad.
Nadie jamás vio mi lucha contra la noche sangrienta
que no paraba de extenderse, dispare una flecha de luz, matándole.
Nadie nunca jamás vio la luz manifestándose como alas de paz
que me envolvían y me bañaban de cálido consuelo,
disipando toda mi tristeza.
Nadie, absolutamente nadie, miró como un Ángel me tocó el hombro
dándome ánimos para seguir en este arduo sendero llamado vida.
Nadie miró que sonreí, sonreí como tú, tan brillante,
por un segundo que parecía eterno.
Te busque en las figuras de nubes, y solo encontré tus alas,
y una canción que fluía con el sello de tu dulce voz.
Tome tus alas, y volé, y volé, hasta hoy, no ha existido un retorno.
Porque nadie nunca jamás vio mi partida, y nadie verá mi regreso.
Yo si lo sé, porque la he visto cuando duermo, y esta fulgura
entre nubes tejidas de apacibles sueños coloridos,
resplandeciendo como lo hace un grito de esperanza,
prolongándose por los ecos del infinito.
Como lo hace el lobo fantasma, corriendo
a través del invierno fastuoso y pasivo,
invierno que anestesia con su belleza escarchada,
cual gigante dormido entre melodías
que se difuminan en intensa melancolía,
aquella que hace que el alma vea con ojos espirituales.
No sabes que tan fuerte estalla el sol dentro de mis ojos
cuando estoy feliz, siento la gloria moviéndose invisible,
como fuego, como poder, como santidad que no merezco,
vistiéndome por momentos de una blancura que no soy digno.
Después palidezco y vuelve mi mundo gris.
Siento en mi, que todo se desmorona desde dentro hacia fuera,
brotando un espectro humeante que se desplaza,
intoxicando todo de una profunda oscuridad.
Nadie vio danzar al arcoíris en mis ojos tristes.
Nadie vio el dolor que se derramaba como miel amarga
por las curvas fracturadas de mi esqueleto.
Nadie intuyo el vuelo de tu alma abandonando esta realidad.
Nadie jamás vio mi lucha contra la noche sangrienta
que no paraba de extenderse, dispare una flecha de luz, matándole.
Nadie nunca jamás vio la luz manifestándose como alas de paz
que me envolvían y me bañaban de cálido consuelo,
disipando toda mi tristeza.
Nadie, absolutamente nadie, miró como un Ángel me tocó el hombro
dándome ánimos para seguir en este arduo sendero llamado vida.
Nadie miró que sonreí, sonreí como tú, tan brillante,
por un segundo que parecía eterno.
Te busque en las figuras de nubes, y solo encontré tus alas,
y una canción que fluía con el sello de tu dulce voz.
Tome tus alas, y volé, y volé, hasta hoy, no ha existido un retorno.
Porque nadie nunca jamás vio mi partida, y nadie verá mi regreso.
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