LA ESCULTURA.
Le erigió un altar en mitad de un desierto de voces, acaparó la arena que sus pies acariciaban cabalgando las dunas de su cintura. De saliva y labios amasó su fisonomía como escultor de lo propio y de lo ajeno; le dibujó un semblante, le borró la tristeza que simulaban los postreros trazos y la colocó en el centro de su vista cansada.
Sus plegarias rozaron la escultural presencia, se instalaron entre las tonalidades y el idílico marco que aceptó contenerlas; rezó sin voz, gritó de oído y escuchó los ecos de su creación. Buscó la soledad como única confidente, como testigo ciego de un espejismo tan real como incomprendido.
Fue la obra maestra de aquel alumno aventajado; de aquel alumno que hoy es esclavo de su propia creación.