Este es un ejemplo de versificación por cláusulas.
Todo el poema puede reducirse a la sucesión de tres cláusulas por verso.
La cláusula es del tipo OOÓO, es decir, cuaternaria.
En el tercer verso no puede haber diptongo triple, por lo tanto no podría ser un endecasílabo en ningún caso.
Para que haya triptongo es necesario que la vocal más abierta ocupe la posición central.
Entre fui y la palabra siguiente, que empieza por 'e', no puede haber triptongo, que sí lo habría si empezara por 'u'.
Si no fuera por la rima, que indica la frontera del verso, el poema sonaría igual distribuido de distinto modo, por ejemplo:
Los papeles con las huellas
de mi paso son cenizas
de ese tiempo desvalido
en que fui entretejiendo
mi fracaso
con las luces
otoñales de haber sido.
Se desprenden
las figuras del ocaso
como hojas
de ese sueño que fue aullido
anotado en pentagrama
siempre escaso,
pobre río
que transcurre hacia el olvido.
Las palabras
que los lápices capturan
como señas
de la tibia inteligencia
no rescatan el pasado que se hunde.
Esas fórmulas
que vuelan y se apuran
al incendio
por forjarse en nueva ciencia
son basura en que la perla
se confunde.
Y si luego le quitas las rimas, te sale un poema falsamente libre con mucho rimo. Estupendo soneto. Un saludo
Dos aspectos técnicos interesantes me trae tu comentario, querido Luis. El más novedoso es este asunto de la posibilidad de disponer un poema en diversas formas, cambiando su organización en versos. Al discutir Miguel Ángel Márquez (filólogo que tiene la simpática costumbre de tomar a los toros por las astas) (
http://www.uhu.es/miguel.marquez/wa_files/versiculo.pdf) cuál es la diferencia entre un poema en alejandrinos y el mismo texto organizado en heptasílabos, dado que pareciera que la pausa entre hemistiquios es, a los efectos métricos, equivalente a la pausa entre versos, nos dice (apelando a una noción musical) que además del ritmo, existe el
tempo. Si la métrica determina en buena medida el ritmo, la subdivisión en versos determina el tempo. Apelando a la semántica, el texto organizado en alejandrinos tiene una gravedad que le es ajena a la ligereza de los heptasílabos. Es un concepto sutil, sin duda, pero resulta atendible, ¿qué opinas?
El caso de los dodecasílabos ternarios me parece más complejo, sin embargo, porque creo que muchas veces, si la sintaxis ayuda, la unidad entre un octosílabo y un quebrado que le sigue es más estrecha que la que hay habitualmente entre versos distintos (caso paradigmático de esto, a mi juicio, es lo que pasa en las Coplas de Manrique). Es cierto, como bien dices, que en el caso de mis versos la geometría está sostenida también por la rima. Sutil asunto, en fin, este de la diversidad en la disposición en versos.
Respecto al hiato del tercer verso, antes que discutirlo en particular aportando mis propios ejemplos (que los hay en uno u otro sentido) prefiero remitirme a algunas consideraciones un poco más generales: este asunto de las sinalefas y hiatos ha sido tratado, sobre todo en el siglo XIX (Benot, Robles Dégano), por algunos lingüistas con un curioso apetito de lo absoluto: su objetivo fundamental parece haber sido establecer reglas de validez universal, deducidas de curiosos razonamientos apelando a la fonética que, en esa época, estaba en pañales. Benot, de una admirable cientificidad, advierte que sus deducciones se dan de patadas con la práctica poética de siglos, y opta por formular una regla basada en esta práctica (el famoso caso de las sinalefas en encuentros de vocales entre distintas palabras de tipo óo). Hablando de Boscán, Menéndez Pelayo comenta que este escribía en un tiempo en que aún no había un consenso definitivo entre los poetas acerca de este tema. ¿Existe ese consenso? No parece haber sido, en todo caso, escrito, aunque miles de versos dan testimonio abundante de él. Por supuesto que este consenso es fruto, si lo hay, del oído de los poetas, y no del análisis fonético. A mi criterio, habiendo leído bastante sobre el asunto, este consenso en buena parte de los casos aún no encuentra su explicación analítica. Es decir que el fenómeno es de una complejidad tal que no pudo aún ser abordado de manera exhaustiva por el análisis lingüístico. Por eso me he remitido, en mis escritos sobre el tema, a un enfoque estadístico.
Acerca de la clasificación de las vocales por su abertura, una cosa tengo clara; se dividen en tres grupos: el de la «a», el de «o,e», el de «i,u». Pretender a su vez ordenar internamente cada uno de estos grupos me parece un exceso, fruto de ese apetito de lo absoluto que comentaba. Debe tenerse en cuenta que cada vocal representa al mapa de sus alófonos, lo que hace la cosa más delicada.
Si se trata de describir, a partir de la observación, ese consenso del que hablaba, me inclino a creer que hay diversos resultados: hay sinalefas forzosas (las que hay entre vocales no acentuadas, por ejemplo), hay hiatos forzosos (el del último acento del verso, salvo que una elisión pueda justificar la sinalefa), pero también hay sinalefas «flojas», e incluso diptongos «flojos» (de estos últimos por ejemplo el de «ruina»). ¿Qué es, en la práctica, una sinalefa floja? Una sinalefa que puede ser rota por la dicción, por el énfasis. Muchas de las sinalefas de tipo oó, muy frecuentes en la práctica poética, son de este tipo: si el acento es rítimico y por lo tanto enfático, la sinalefa se rompe con facilidad. Esto tiene cierta explicación: el acento se manifiesta por diversos parámetros físicos, uno es la intensidad y otro la cantidad (duración). Cuando el énfasis hace que el acento se manifieste en duración (al final de un grupo fónico, en general) las vocales se separan. Pero sería soberbia de mi parte deducir de estos hechos físicos reglas generales.
Yendo a lo particular ahora: los dodecasílabos ternarios me resultan versos naturales, la versificación por claúsulas le viene bien a mi oído, y si bien los reviso en su métrica una vez compuestos, las correcciones son infrecuentes. Mucho menos naturales, en este sentido, me resultan los endecasílabos: mi oído aún no los domina suficientemente. En mi revisión de ese tercer verso vi que había un hiato dudoso, pero lo dejé a mi oído. Luego Elhi y Pablo lo cuestionaron (he encontrado varios ejemplos, además de los que Elhi pone de Borges, que abonan su opinión. Borges es un caso especial, su criterio parece haber sido «en la duda, sinalefa»), busqué una alternativa, reescribí el verso y así, reescrito, estuvo un par de días. Finalmente opté por volver a mi versión original. Me remito para explicar esto a otro criterio que no he mencionado: el de la benevolencia. En el análisis métrico de la poesía me he acostumbrado a ser benevolente, a tener en cuenta la diversidad de pronunciaciones y de influencias que pueden afectar la métrica, a admitir por ejemplo que Góngora haga diéresis en «violeta», etcétera. Pocas veces apelo a esta benevolencia con mis propios versos, pero no me parece injusto hacerlo: mi oído también está afectado por el mar de la lengua y sus olas. Prefiero la nitidez en la métrica, quizás por vicio profesional, pero este vicio debo combatirlo: extrapolar el rigor de las matemáticas a la poesía no me parece sano, por decirlo suavemente.
Bueno, como ves, una vez más he tomado un comentario como pretexto para confesarme, disculpa si me he excedido.
abrazo
Jorge